Cruzo en un bus la ciudad hacia el centro. Es la parte que no figura en las páginas del servicio de turismo ni en los folletos de las agencias de viajes. Es el lado oscuro, el de la violencia, el abuso, el tráfico disimulado de drogas, el robo, las calles por las que no se puede caminar de noche, los barrios donde ni la policía quiere entrar. Las poblaciones donde se amontonan las familias, los pasajes estrechos, los mil artilugios para sortear la pobreza.
Leo que el proyecto político no alcanza. Las promesas de la campaña que no se cumplieron. La gran fachada del servicio público se derrumba con la denuncia de los dineros que cobraron los señores de todo el espectro político. Los arreglos corporativos de la gran empresa para multiplicar sus beneficios a costa de los usuarios. El fin de las confianzas, la caída de los ídolos, la triste verdad de las familias, los mil peligros del dinero, las fronteras perforadas, la injusticia de los magistrados, los bonos ocultos de la colaboración clandestina.
En irónico contraste escucho hablar a gentes que conozco toda la vida acerca del poder y la potencia del mensaje. La vida gloriosa de quienes creen. La extraordinaria administración de las capacidades y talentos provistos a los seguidores. Los fabulosos planes de crecimiento de la obra: edificios, medios de comunicación, obras sociales. La inmensa felicidad de las asambleas. La irreductible separación de todo lo que represente el mundo circundante. La promesa del plus ultra merecido e inextinguible. Pero de algún modo eso tampoco alcanza…
Leí la historia de un grupo de cristianos que fue parte del parlamento de cierto país y cómo a través de un trabajo concertado y persistente contribuyeron a la abolición de la esclavitud y al mejoramiento de las condiciones de vida de los más vulnerables de la sociedad. Y me pregunto dónde se dejó de entender la fortaleza del cristianismo no sólo para transformar vidas individuales sino también para reducir, en buena parte al menos, el dolor que atraviesa el organismo social.
Se puede sindicar a muchos sectores de la sociedad como los responsables de la condición en que mucha gente vive en nuestros países. Pero a los creyentes cristianos en particular se les debe atribuir una deuda enorme, no por la presencia del mal sino por la ausencia del bien que debía salir de ellos hacia el mundo.

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