“La fugitiva sustancia del tiempo…”

(Ficciones, Jorge Luis Borges)

Mira si hay teorías acerca del tiempo: si existe o no, si es lineal o circular, si somos nosotros los que pasamos frente a un imaginario telón de fondo o el tiempo pasa dentro de nosotros y nos transforma en arrugas, achaques y demencias, si se puede regresar al pasado o visitar el futuro, si es sustancia o pura abstracción. Tal vez por eso Borges lo describe como fugitiva sustancia, algo que no podemos asir, que nos evade continuamente al igual que la mentada felicidad.

Lo único que a mí me queda claro es que me ha ido transformando en achaques, arrugas, demencias, recuerdos de sonidos, texturas, aromas. Como un viejo alquimista, ha mezclado en mi almanaque imágenes, canciones, poemas, libros, éxtasis y sudores, viajes y lugares, palabras escritas, habladas y audiovisualizadas, conversaciones, gritos, lágrimas y esperanzas desesperadas, iras y contiendas, reclamos, amarguras y alegrías diversas, sabores y colores.

Pero nada de eso existe ya. Pasó, no está más. Es sólo la impresión de que alguna vez, en algún lugar, fue sustancia auténtica, presente concreto. No queda más que la mecánica del cuerpo, la matemática de los años y el agotamiento feroz. Y por cierto la memoria a la que uno recurre cada tanto para ver, como en el cine, lo que fue. A veces la gente dice que recuerda para revivir algún momento pero se engañan: revivir sería volverlo a la vida y eso no ocurre jamás. Lo único vivo es el minuto presente, implacable en su realidad y al minuto siguiente sustancia fugada. El tiempo es la huida constante del presente, del ahora que se desmaterializa y queda sólo como un ejercicio de las neuronas en alguna parte de la cabeza.

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Mi papá, que en los últimos seis años de su vida permaneció postrado y privado del habla por un severo accidente vascular, solía cantar “Firmes y Adelante” fuerte y claro y nadie se explicaba cómo si había perdido el habla. Me explicaron que hay una parte de la mente que maneja lo afectivo y que no está asociada a los mecanismos que gobiernan el habla. Así que mi viejo podía cantar el himno pero no el que es, no el mismo que cantaban los hermanos y hermanas que lo iban a visitar para hacerle el “servicio” de los enfermos. Cantaba un himno que había huido hacía años.

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