El conocimiento de la verdad libera. Esta declaración, tan antigua como la humanidad misma, fue reiterada por Jesús en una de sus controvertidas intervenciones frente al orden establecido (léase la dirigencia religiosa y el poder político imperante). Por supuesto, quien se regocija con esta afirmación tan fuerte como la vida misma es siempre el pueblo. Porque es el pueblo el que sufre la manipulación que el poder hace de la verdad. El poder necesita tener personas cautivas en su relato para perpetuarse en él.

Desafortunadamente, el relato de la institución religiosa confina el efecto de esta libertad recordada por el Maestro al reducido ámbito de la vida moral de los individuos: libertad del pecado y de la muerte eterna, digamos. Pero el significado de la libertad no se agota en el “blanqueamiento de la conducta personal”. Tiene – debe tener – aplicación en el ámbito de la sociedad. Debe afectar a la persona, pero también al entorno de la persona y a la cultura circundante.

Si la verdad liberadora es sólo verdad liberadora para el individuo y no para la sociedad, un enorme agregado de individuos “libres” significa muy poco para el mundo. La realidad de los hechos muestra que la sola suma de personas redimidas no ha transformado ni ha afectado el orden social de una manera significativa. Por eso es imprescindible esta reflexión sobre el efecto liberador que debe tener la verdad en el tejido y la trama de la sociedad.

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El pensamiento crítico – esa habilidad de discernir, analizar y criticar contenidos; la comprensión del medio – esa habilidad de proyectar el pensamiento crítico al mundo que nos rodea, y la conciencia responsable – esa habilidad de actuar en el mundo según lo que aconsejan el pensamiento y la comprensión del medio, estos tres son algunos de los instrumentos que sirven para que la verdad se traduzca en libertad, individual y socialmente.

Cuánta verdad verdadera (si se me permite la expresión) puede afectar las esferas del gobierno, la ley, la economía, la educación, el arte, el entretenimiento, la familia, las relaciones internacionales, entre otras, es algo que sigue todavía por verse. En estas esferas, simplemente no alcanza el discurso religioso o la evangelización mediática. El presente estado de cosas es aleccionador en la demostración de este hecho.

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