“¡Vean! Ustedes no consiguen nada. El mundo se va tras él”, dice malhumorado el magistrado respecto de un hacedor de milagros que alborota a la multitud.Días después aquel agitador muere ejecutado y el episodio, ocurrido hace milenios, no es más que una anécdota en los anales de la religión.

A alguna mente sensible podría ofenderle que el autor llame anécdota a un hecho relativo al personaje central del cristianismo. Pero si me sigue por unos minutos más en la lectura entenderá el contexto de este aparente atrevimiento y la pertinencia del adjetivo.

En aquellos días era un hecho notable que la multitud fuera movida por las intervenciones sobrenaturales de aquel maestro. La masa es generalmente un conglomerado manipulable y su nivel de análisis es cercano a cero cuando se encuentra reunida bajo el influjo de algún encanto colectivo. En el caso en comento aquel movimiento daba cuenta de algo que efectivamente podría cambiar el mundo para mejor; había allí prometedoras posibilidades para la gente.

Hoy, en virtud del crecimiento arrollador de toda suerte de tecnologías y aparatos para la información, la masa anónima y sin rostro que es la multitud se ha multiplicado hasta lo impensable; ya ni necesita estar en el mismo sitio como antes. Se agolpa aleatoriamente frente a las pantallas de sus aparatos cibernéticos sintonizando a escritorzuelos, melómanos aficionados, gurús de ocasión, mensajeros de fin de semana y sensacionales acontecimientos registrados en cámaras de celulares, curiosidades devenidas audiencia frenética un día y olvidadas la semana siguiente, si no antes.

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El acontecimiento, que antes movía a la multitud por su profundo impacto humano, por su enorme trascendencia social, hoy se ha convertido en algo similar a una violación masiva: ofende a la víctima pero satisface al espectador. Después, nada. Una nada absurda, moneda corriente que moviliza el voluble interés de la masa.

Una multitud así bastardea el significado de las cosas. Todo se allana, se pierde el necesario relieve de la realidad. Una chica es dejada inconsciente en el patio de la escuela por los golpes de una compañera; un par de estúpidos disfrazados de bebés simulan un diálogo grotesco. Ambos hechos circulan simultáneamente por la red y se convierten en exactamente lo mismo: espectáculo. Ya ni siquiera se puede llamar inmoral. Está más allá de toda posibilidad ética. Todo el significado, para la masa virtual, es ningún significado.

Una anécdota. Patética, pero anécdota al fin…

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