El ómnibus se detiene en la terminal de un diminuto pueblo en medio del desierto. Deben ser las tres o cuatro de la noche. Igual, la hora no me interesa mucho. “Treinta minutos de detención” anuncia el auxiliar. Al bajar me despabila un aire helado y seco. Algunos pasajeros ateridos se acercan a la barra del kiosko en busca de un café. Yo prefiero caminar hacia la oscuridad que está ahí no más, a unos pocos metros.

El cielo se me viene encima con su negro silencio. Me alejo un poco más. Arriba, un mudo concierto de estrellas, tantas como nunca vi. Abajo, una oquedad inasible, ilimitada.  Adentro, una pena sin rostro, la odiosa letanía de las preguntas sin respuesta. Qué armonía feroz.

Tengo que pensar. Tengo que encontrar algún sendero, una huella aunque mínima, perceptible, un indicio. No hay mapas para los defenestrados. Los agresores son llevados a las puertas de la fortaleza y lanzados al desierto (al cabo que ni quería quedarme en la fortaleza). Que las fieras se hagan cargo. No hay piedad para la disensión. No hay lugar para las maquinaciones de esos traficantes de los sentidos que seducen a la Inmensa Mayoría.

Me fijo de pronto que allá lejos, pero bien lejos, titilan unas luces. Un pueblito tal vez, un caserío. Unas pocas gentes que resisten la hostilidad de este territorio lunar. Encontraron cómo vivir y qué hacer en esta soledad inaudita. ¿Le encontraron el tesoro a la soledad? ¿Arañaron la tierra y descubrieron terrones de vida, poca pero suficiente? Quiero ir y preguntarles cómo se vive así, qué segunda oportunidad es posible en este páramo, qué sentido tiene insistirle al desierto…

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Tal vez la soledad no sea imposible. Quizá no sea tan fiera después de todo. Quién sabe si con el tiempo le brinde a uno alguna caricia solidaria, algún arrullo cómplice cuando aprieta el frío. Capaz no sea más que la tarifa que se paga por no tener horarios y no rendir reportes de lugar y quehacer. Tengo que pensar en eso un poco más. Pero no esta noche. Estoy un poco cansado. Mañana lo haré. Me alivia pensar que no tengo que resolver todo ahora.

Volvemos al ómnibus y a la negra noche de la ruta. Antes de dormirme, se me ocurre pensar que el desierto de noche debe ser lo más parecido al lado oscuro de la luna… 

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