La cultura popular rinde homenaje a esos espíritus resueltos que luchan hasta morir por lo que creen y piensan. Libros, películas, canciones y documentales ensalzan a quienes no renunciaron. Sus historias se relatan en seminarios y talleres motivacionales y adornan encendidas predicaciones sobre la perseverancia.
He pasado la mayor parte de mi vida comunicando una idea que me ha parecido fundamental y urgente: la conciencia y la responsabilidad social de los cristianos evangélicos. Se lee que el rey David murió después de haber “servido a su generación”; no a su familia, a su sinagoga o a su particular grupo de interés, sino al conjunto de la sociedad. Esa es la matriz de mi pensamiento. Hay otros asuntos, como mi vocación de escritor de prosa poética, pero eso es un tema personal de importancia menor.
Vivo en una época en la cual, como nunca antes, la iglesia cristiana dispone de inmensos medios y recursos para ejercer influencia y producir cambios en la cultura. Al mismo tiempo, esta es la época en la cual como nunca antes en la historia se ha sentido tan poco su presencia y su acción en la sociedad civil. No hay que confundirse: no se trata de una cierta tendencia estacional; es una realidad que ya abarca cientos de años.
Contra este telón de fondo mi esfuerzo de décadas para ayudar a despertar conciencias y convocar a la acción ha resultado minúsculo, agotador y frecuentemente frustrante. Si me hubiera dedicado a temas más estimulantes como la música, aconsejar matrimonios, preparar líderes de ministerios o contribuir al crecimiento “espiritual” de la audiencia, tal vez tendría un poco de mejor salud y hubiera cosechado algunos resultados un poco más consoladores.
Por lo tanto, cada cierto tiempo me siento seducido por el olvido, por la atracción del vacío; renunciar a esta extraña idea del pensamiento y la acción de los cristianos en la sociedad y descansar de la ansiedad que trae aparejada consigo.
Ya vi que exiliarme a Chiloé a cultivar papas no logró encantarme. Pero puede que haya otros lugares menos alejados y suficientemente agradables como para olvidarse. Si tienen algunas ideas, me las pueden pasar… si quieren.

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