El historiador inglés Paul Johnson cuenta en su libro Tiempos Modernos que Lenin pasaba clandestinamente libros desde Alemania a Rusia en el doble fondo de su maletín de viaje. Esos libros, entre los que seguramente se encontraban textos de Hegel y de Marx, nutrieron la mente y luego la voluntad de un pequeño grupo de personas que en su momento llevaron adelante una de las revoluciones más dramáticas y extensas de la historia contemporánea. No me propongo reflexionar sobre aquel acontecimiento; ni el espacio ni mis capacidades dan lugar para eso.

Me interesa una vez más puntualizar la dramática necesidad de conocer el pensamiento que dio y que sigue dando forma a nuestro tiempo. A menos que uno esté al tanto del contenido intelectual de la época, poco o nada se podrá hacer para comprender y eventualmente causar alguna influencia en la cultura.

La comunidad de creyentes presume en su discurso de una suerte de destino manifiesto para alcanzar el mundo e impactar la cultura. Sin embargo, la ausencia de un contingente con la formación y el entendimiento para abordar una tarea de esa magnitud ha causado que aquellos grandilocuentes objetivos suenen estériles y, en el peor de los casos, ridículos. No se desafía una cultura sólo con “entusiasmo, organización y trabajo.” Se requiere la capacidad intelectual y estratégica de un grupo de conductores que domine la filosofía y el verdadero espíritu de la época.

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Ese valioso conocimiento se encuentra principalmente en los libros – aún.

Durante muchos años, con la ayuda de mis estudiantes, conduje estudios privados para determinar cuánta gente creyente había leído al menos una vez, de modo completo y comprensivo, la Biblia, el libro que se supone capacita a la gente para la “Gran” tarea. Con muy pocas excepciones, quienes podían responder afirmativamente esa pregunta nunca pasó de ser el 4% de los encuestados.

No es de extrañar que, carentes incluso del conocimiento de su propio libro, la comunidad de creyentes tenga tan poca presencia e impacto en lugares realmente significativos de la cultura.

Su entendimiento, alejado casi para siempre de los libros que orientan sobre el mundo real, no alcanza más que para animar la cultura interna de las instituciones religiosas y ser el emotivo sustento de los discursos, las imágenes y la música.

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