“Los resultados de la prueba más reciente del Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos (PISA por sus siglas en inglés) de 2012, que evaluó a jóvenes de 15 años en 65 países del mundo, de los cuales ocho eran nacionales latinoamericanas, revelaron que casi la mitad de los estudiantes en Latinoamérica tiene un nivel bajo de desempeño en lectura (45,8%) y ciencia (49,8%). En lectura, un nivel tan bajo de rendimiento indica que un estudiante no puede identificar la idea principal de un texto o inferir información que no está directamente localizada en él.” (Construyendo una Educación de Calidad, Comisión para la Educación de Calidad para Todos, Fundación Santillana, 2016).
No poder identificar la idea principal de un texto o inferir información que no esté contenida en él revela la incapacidad de pensar críticamente (analizar, interpretar y evaluar información). Hemos mencionado ya varias veces en este espacio que las personas que no pueden ejecutar estas destrezas del pensamiento son más susceptibles de ser manejadas y manipuladas por aquellos que sí las tienen.
Lo que podemos anticipar a la luz de los resultados de estudios como los mencionados arriba es la proliferación progresiva de una generación útil a los propósitos de conglomerados políticos, corporaciones y empresas, medios de comunicación y gestores culturales; es decir, están a merced de la gente que determina el curso de los acontecimientos.
Quizá la desesperanza mayor es que parece imposible revertir esta tendencia negativa. La masificación brutal de las redes sociales y el mundo virtual no hacen otra cosa que incrementar la pereza intelectual. La reducción del lenguaje y la transmisión de contenidos abreviados hasta la inverosimilitud seguirán destruyendo el filo crítico de la mente, abriendo más y más las puertas a los manipuladores y los controladores.
Como en casi todos los temas de interés público, el mundo cristiano evangélico forma parte del problema en lugar de proporcionar ideas y proyectos que mejoren las posibilidades críticas de la generación presente. La sobresimplificación de los grandes temas de la vida y el reduccionismo de la realidad al discurso dominical y a las consignas de su propia cultura no constituyen ni lejanamente una respuesta a los dilemas del mundo actual.
Fervientemente invocamos aquí el ejercicio del pensamiento. Adiestrar a las generaciones presentes y futuras en la lectura, el discernimiento, el ejercicio intelectual y la sabiduría para comprender los problemas y aportar ideas y soluciones es una tarea magnífica pero todavía pendiente.

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