El alma.

En la película “21 gramos”, entre otros temas de intenso interés, se menciona la idea de que el alma pesa esos pocos gramos que se perderían del cuerpo al momento de que ésta vuela.

Desde antiguo la idea del alma atrae a cristianos y creyentes de otras religiones. No vamos a discutir aquí su existencia real porque es un tema de fe, no de evidencia material. Aparte que los estudios del Dr. Duncan MacDougall sobre el tema están lejos de ser concluyentes a la vista de la más elemental razón.

Lo que sí resulta de interés para mi continua curiosidad sobre las cosas que creen o no creen los cristianos es la afirmación de que el alma es la depositaria final y exclusiva de la salvación.

Lo grato de esta discusión es que no tengo que entrar en litigio con la evidencia bíblica que ellos reclaman al respecto sino con los efectos prácticos de tal creencia.

La consecuencia más dramática de creer que todo reside en el alma es el menosprecio por todo lo material. El cuerpo sería una cosa inferior, algo que habría que someter al flagelo de la disciplina en beneficio de cierta elevación espiritual del alma que lo haría a uno más “digno”.

Por otra parte, toda producción cultural que no provenga de cristianos es considerada de menos o de ninguna importancia. Política, relaciones internacionales, ciencia, literatura o arte no forma parte del interés del alma. Esta sólo se preocupa de lo de arriba y de la institución que la convoca, es decir, la iglesia.

Además la persona cuya alma está salvada no tiene interés en luchar por la transformación de la sociedad ni por la mejora de las condiciones de vida de la gente porque todo eso se configura dentro de lo profano por lo que no tiene relación con las cosas llamadas espirituales.

Finalmente, el alma salvada tiene como única y prioritaria mira su entrada final y triunfante a la eternidad. Es lo que algunos pensadores cristianos actuales llaman la “escatologización de la esperanza”: nada tiene interés presente excepto el momento climático del vuelo hacia la eternidad.

Así que la reflexión no se debería centrar tanto en la base bíblica de su existencia porque todo ello constituye un acto de fe. Lo que debería interesarnos es la aplicación de esta creencia en la vida cotidiana presente.

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