Cada cual llama barbarie a aquello que no es su costumbre

(Montaigne)

Lo que ignoramos, lo que es diferente a nosotros, lo que no corresponde a nuestras convicciones y cosmovisión lo llamamos malo, incorrecto, inapropiado, bárbaro, ridículo.

Eso, entre otros adjetivos; hay algunos peores. Lo desconocido perturba, asusta. Nos incomoda lo diverso. Lo extranjero.

Preferimos y privilegiamos lo que nos gusta, como sea que sea. Como ese señor que dijo: Este gobierno será una porquería pero es el mío.

Preferimos los limitados espacios de nuestro territorio porque nos es conocido. Desconfiamos de la distancia. Negamos otras posibilidades. Nos cerramos a lo otro.

Cuando uno nunca ha salido de su país, cree que sus costumbres, su comida, su lenguaje es lo mejor. Se conoce como etnocentrismo.

Lo peor es haber salido del país, haber visto otras culturas y todavía seguir creyendo que lo de uno es mejor. Se conoce como etnocentrismo recalcitrante.

(¿Cómo va a haber algo mejor que las marraquetas con palta, los porotos granados, el pastel de choclo, el curanto en olla?)

Pero sí. Lo hay. Sólo es diferente. Es ridículo decir que esta comida o esta música o esta vestimenta es mejor. Es diferente.

Ni qué decir de las razas. O de las religiones. Despreciarlas porque no son como las nuestras. Endilgarles la perdición eterna porque la única correcta es la nuestra.

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Viviendo en el extranjero solía yo decir, medio en broma, medio en serio: “Esto no pasa en Chile”. Pero sí pasaba. Y a veces peor. Era sólo cuestión de perspectiva. De criterio.

La arrogancia suprema es llamar bárbaro, inferior, peor a lo diferente. Eso supone que uno sabe absolutamente. Y para peor, creérselo.

Toda calificación es un juicio. Y todo juicio supone que a) uno sabe mejor y b) tiene el derecho de juzgar. Al menos reconozcámoslo aquí: eso es harto poco cristiano.

Por eso las discusiones religiosas, políticas, deportivas, filosóficas, raciales tienen tan poco fruto y tan incierto destino. El otro está equivocado. El otro está mal. Así es imposible.

Basta mirar la tira de comentarios debajo de un mensaje de Twitter o Facebook respecto de cualquiera de esos temas. ¿No asombra aún cuánto odio y estupidez se halla allí?

Quizá lo que nos entristece más respecto del futuro de todas las cosas es cómo el odio y la estupidez adquieren categoría política, credenciales filosóficas o popularidad cultural.

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