Ocurre que a veces, en ciertas noches bastante claras, me roban la luna; pero siempre, de algún modo, me las arreglo para volver a encontrarla. Aunque en ocasiones no es que me la roban: solamente me la esconden para impacientarme ciertos energúmenos que saben lo imprescindible que me es cuando se aproxima el plenilunio.
El mes de abril no me lo han robado nunca como según sus propias palabras le sucedió a Joaquín Sabina; aunque, a decir verdad, ese mes no me interesa mucho. Mi preocupación principal se ha centrado siempre en noviembre por variadas razones: es el mes de mi cumpleaños, es plena primavera y es un período de importantes memorias, algunas de ellas particularmente tristes.
Siempre me ha llamado la atención la expresión Me robaron el corazón. Tal vez se deba a que nunca me ha acontecido semejante cosa, incluso en las instancias más intensas de mi harto descolorida historia personal. Debe ser, sin duda por lo que oigo y lo que leo, una situación bastante desagradable y no sólo para el adecuado funcionamiento de la circulación sanguínea.
Cuando tenía unos diez años y después de un largo momento de miedo, adrenalina y extremas precauciones, me robé un lápiz BIC transparente de pasta azul de entre unas piezas de género de la tienda del señor Manzur en San Bernardo. Un par de décadas después, cuando me adoctrinaban para ser un portavoz mundial de buenas noticias, como aplicación práctica del capítulo denominado Conciencia Limpia me sentí movido a ir a restituirlo. Pero cuando llegué a la calle Eyzaguirre me enteré con desazón que la tienda había desaparecido hacía una buena cantidad de años.
Cierto día, no hace muchos años, caminaba por el paseo Ahumada, embelesado con un teléfono celular que me había comprado en un outlet de Miami. Parecía una perla negra con una pantalla que se deslizaba para acceder al teclado numérico. De pronto un muchacho de unos veinte años lo arrebató de mis manos con un movimiento veloz y certero. Nunca olvido que por unas centésimas de segundo nuestras miradas se encontraron y no sé por qué tuve la impresión de haber sentido el miedo en sus ojos. Lo vi perderse en medio de la gente y por cierto ni por un instante se me ocurrió perseguirlo. Nunca más tuve un teléfono tan lindo.
Por lo que se ve, ese asunto de robar realmente es problemático…

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