No son todos.

Hay algunos que ingresan en mundos paralelos y preguntan, miran, cuestionan, aportan. Investigan, consultan, sienten, sufren y se alegran con la raza de los otros porque ven allí la marca de la trascendencia, la huella superior de la creación. Les desgarra el dolor del siglo, buscan caminos para mejorar los días, transfieren al mundo de los vivos la palabra viviente en forma de abrazo, servicio, asistencia.

No son todos.

Hay algunos que penetran los misterios de la filosofía, examinan las obras de arte, escuchan la música y descubren los mensajes implícitos, el reclamo de los seres, la angustia de la era. Leen los periódicos, van a ver las películas, asisten a un concierto o a una obra de teatro, hablan con los autores, dialogan con los disidentes.

No son todos.

Hay algunos que entienden los signos del tiempo y traducen a la gente los arcanos del pasado. Aprendieron lo que pasó, lo que pasa y lo que pasará y traducen los secretos al lenguaje de la inmensa mayoría. De tanto mirar los universos de al lado descubrieron lo que creen y por qué lo creen al tiempo que pueden explicar lo que no creen y por qué no lo creen y sus respuestas son comprensibles en el bar, en la oficina, en la gasolinera y si tuvieran una columna editorial en los diarios principales cualquiera los entendería.

No son todos.

Algunos tienen amigos en los márgenes del sistema, no le tienen miedo a los diferentes, no lanzan anatema contra los que no piensan como ellos, aprendieron el profundo lenguaje de la igualdad y la compasión. Tanto se acercan que si uno mira a la multitud no se reconocen como distintos, no tienen auras iluminadas sobre la cabeza ni rostros relucientes; se parecen a todos, hasta que hablan. Entonces todo un mundo de palabras vivas endulza la dura materia del dolor predominante.

No son todos.

Hay algunos que hablan lenguajes extraños, leen libros alternativos, se reúnen en sitios reservados con los dolientes marginados del sistema, los inconformistas y los angustiados. Escriben acerca de las cosas humanas y divinas sin retóricas rituales ni citas justificantes. No son asistentes consuetudinarios a las solemnes asambleas y no cumplen con los requisitos mínimos de la espiritualidad estándar por lo que suelen ser condenados a puertas cerradas en severos tribunales.

No son todos. Hay que decirlo.

Nobleza obliga.

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