El hermano Carlos quería disciplinar su cuerpo y ponerlo en servidumbre para crecer en santidad y pureza. Así que a la hora del postre decía: “¿Manzana querís, carne inmunda? ¡Pera te voy a dar!” Así me contaba mi padre acerca de las maneras en que el hermano Carlos vivía la fe.

Mirado desde lejos el asunto, pasados tantos años, tenemos que entender que el hermano Carlos no estaba entendiendo mal las cosas. En realidad él estaba en lo correcto: estaba siguiendo fielmente las normas y doctrinas que le enseñaban en la iglesia.

Una de ellas era la importancia de afligir la carne para no seguirla en sus deseos y así lograr niveles aceptables de santidad. Para esto, la institución se ha premunido de formas rituales tales como el ayuno, la abstinencia, el fervor de las plegarias y el apartamiento de estados sociales relacionados con la comida, la bebida, el baile y otras costumbres.

El tema del ascetismo cristiano no es nuevo. Los primeros cristianos fueron tentados, por así decir, por el influjo griego de las doctrinas filosóficas en curso que se esmeraban en superar lo material en pos de una cierta elevación interior que lo acercara a uno a la plenitud y a la verdad.

Estas doctrinas, dicho de una manera sumaria, proclamaban algo así como la inferioridad del cuerpo y de las cosas visibles en contraste con la belleza del mundo superior de las ideas. Y han penetrado profundamente la historia cristiana desde entonces.

El problema que encuentro con este rigor de la disciplina del cuerpo en pos de cierto nivel superior de espiritualidad es que hace converger todo el asunto en la persona misma y no en Dios.

El objeto de semejante disciplina es siempre uno: yo quiero estar en cierto nivel superior de vida. Es decir, todo es acerca de la persona. No es acerca de Dios.

Pero el gran tema del evangelio es que Dios nos amó de una manera tal que intenta mostrarnos cómo nosotros debemos amar al mundo. En un sentido muy real, el amor es el que nos salva porque nos pone en ruta de contacto inevitable con los otros seres humanos; nos saca de nuestra individualidad y nuestro egoísmo.

En el amor encontramos a Dios. En el amor encontramos la salvación. En el amor encontramos a los demás. En el amor somos sacados de nuestra interioridad.

De eso se trata todo. No se trata de nosotros ni de nuestra elevación espiritual.

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