El poema urbano es – para mí al menos – más difícil de abordar. Es más probable que los verdes y marrones del campo y los espejos del agua instiguen a la palabra: cielos, soles y mares parecen más fáciles de cortejar. La ciudad es árida, ruidosa, impaciente, inmisericorde, brutal. Hay que encontrarle sus encantos de manera subrepticia, sin que se dé cuenta, hallar sus rincones bendecidos donde todavía es posible el ser. El resto del plano regulador es una selva feroz.
Uno de esos lugares posibles es el café. Ojalá silencioso, con Norah Jones bien bajito y sin televisores; libros y algunos espacios para quedarse “todos los ratos” como me dijo una vez una niñita en Osorno. Son pocos los lugares así. La mayoría te propina música tecno a todo volumen – sólo entendible para chicos imberbes – y televisores mudos que vomitan videos musicales, fútbol y recetas de cocina. Digo con toda responsabilidad que los aborrezco; son la evidencia de cuán destruida está la paz en las ciudades.
En el Amelie, el Esmeralda, el Rigoletto todavía es posible escribir, al menos hasta que entra alguna gente desubicada que se pone a hablar a gritos en sus horribles celulares.
En el libro que nunca publiqué – y que ya a estas alturas jamás voy a publicar – hallé el otro día algunos escritos urbanos. Les dejo un par de fragmentos:

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Tarde ya en la noche en el solitario bulevar, algunos muchachos hurguetean entre cajas vacías de cartón. Dos chicas sentadas en el piso, apoyadas en la cortina cerrada de la GranTienda, fuman y hacen bromas a los chicos. Una enorme suciedad de papeles, envoltorios, trozos de cinta, restos de helado, frutas y botellas de diverso origen despliegan un mudo y final testimonio de que otra Navidad ha pasado por el centro de la metrópoli…

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Humo intenso de las chimeneas, gris bosquejo cuadriculado, humedad del litoral oscuro de carbón y madera ancestral, es Coronel del sur, composición de lucha y tenaz resistencia al decreto de los señores.
Adentro de los muros se despliega la vida que en las calles languidece. Adentro de las casas se vive la historia que no cuentan los dictadores de la prensa parametrada.
Búsqueda sin tregua del tiempo mejor, la gente de Coronel apura su destino. Si no hay esperanza en el socavón del carbón mineral, si no hay esperanza en el agua profunda que despojan las pesqueras, se van a ir, se van a ir de sus calles antiguas, de sus veredas encharcadas, de sus cerros de verde y rojo, de árbol y arcilla.

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