Derrengada, a veces, la vida busca sosiego. Agitada por la urgencia de los días busca refugio en la memoria, en el silencio. Nos propone un descanso. Sugiere un alejamiento de la locura que es vivir en la ciudad aunque sea en el modesto rincón de la cocina. El campo, la montaña, el río, todo eso que uno ama está tan lejos; no geográficamente, sino de nuestra lista de asuntos por resolver.
Miro por la ventana el cúmulo de nubes oscuras que reflejan la última pronunciación del día, con jirones de cielo y tormenta indecisa. Tan pequeño y a veces tan insulso parece nuestro universo interior. Nuestras grandes ocupaciones presentes se diluyen en la enormidad del tiempo vivido. Fuimos tantas cosas, tuvimos tantos deseos, estuvimos en tantos lugares. Nos lloramos todo y reímos alocadamente. Leímos cientos de libros, escribimos miles de páginas, hablamos ante tantas personas.
Abarcábamos el mundo con nuestros proyectos, elegíamos los territorios que conquistaríamos en nuestra generación. Compramos heredades y construimos casas, salas de clases, bibliotecas, salones de conferencias. Ibamos a formar a los conquistadores del tiempo postrero. Nos reunimos en grandes asambleas internacionales para organizar el asalto final. Aprendimos otros idiomas porque todo el mundo nos convocaba. En resumen, éramos tan arrogantes. Nos creímos el cuento del conquistador cuando en realidad éramos cobardes y apenas nos alcanzaba para marcar la tarjeta y cumplir las ocho horas del laburo
Fuimos dejando heridas en los otros. Las promesas se disolvieron en el ácido de la impiedad. Los antiguos pactos los olvidamos y se ahogaron en un charco de indiferencia. Fuimos abandonando los viejos espacios y buscamos rincones donde pudiéramos soportar nuestra pobre realidad. Porque eso no más éramos. Seres inconclusos. Líderes con pies de barro. Quijotes ridículos y flacos.
El fuego nos fue probando y consumió la madera, la paja y la hojarasca. Lo precioso fue apenas una pepita insignificante. Dorian Gray pasó la factura, la vieja juventud regresó al lienzo y nosotros nos quedamos con el dolor, las arrugas y el cansancio. Sabíamos tantas cosas y pudimos vivir a la altura de tan pocas.
Tal vez recuperamos un poco de humildad. Pudimos vernos tal cual éramos y nos resignamos a bajar al llano y asumirnos pequeños. El propio cuerpo y nuestra misma historia nos lo dijeron sin ambages: esto es todo lo que somos, esto es todo lo que tenemos. Todo lo demás – con permiso del Predicador – es sólo vanidad de vanidades…

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