Un fantasma recorre los pasillos de establecimientos e instituciones. Una palabra lateral, un pensamiento impronunciado. Una protesta muda o amordazada. Un anuncio urgente sobre los temas pendientes y los caminos de este mundo, las demandas de la política, la educación, la economía y la cultura. Para esa esperanza ardiente, para ese deseo de pensar el mundo en que vivimos, abrimos estos párrafos periódicos que vienen a recoger ese impulso estático, esa mudez congelada que ya hace tiempo busca libertad.
¿Quién habla del dolor diseminado a lo largo y ancho de nuestro continente? ¿De la vida constelada de turbaciones para los que hablan el idioma de la tierra nuestra? ¿De las desigualdades del sistema y de la inicua ingeniería del despojo?
¿Quién habla de los pasillos oscuros por los que transitan los que no saben leer, los que no saben manejar una computadora o conectarse a internet, de los que esperan días mejores, que iluminen un poco -al menos un poco- su tránsito doliente por la vida?
¿Quién habla de las criaturas humanas y de su inmensa diversidad, de las pequeñas crónicas de los indocumentados y del rostro maligno de la violencia?
¿Quién habla de las tareas pendientes de la educación que falta, del arte y la cultura que ignoran los dirigentes? ¿Quién habla de las cosas que no están incluidas en las agendas de los grandes congresos, de las solemnes convenciones, de los eventos internacionales y de la reunión de presbiterios, concilios y ministerios?
¿Quién habla de aquellas cosas que no recogen las trasnacionales de las noticias y las cadenas de los medios internacionales de comunicación?
Incluso más…. ¿Quién habla de atardeceres encendidos, de las luces de la ciudad, de los senderos del campo, de las cosas por las cuales todavía vale la pena emocionarse hasta las lágrimas?
¿Quién habla del rostro de las mujeres, de los jóvenes, de los niños, de los viejos, de los marginados y discriminados que no caben en el modelo, de los que no tienen voz porque no tienen educación formal, no tienen dinero, no tienen poder? Nadie, me parece. ¿No habría que golpear la mesa, ocupar espacios y reclamar?

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Francamente creo que nada cambiará. Está todo muy bonito en los templos como para desordenarlo con temas tan grises. No es hora de malas palabras.

Pero esta puerta se ha abierto y la vamos a seguir transitando, a ver qué pasa…

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