Quizá una de las cosas que más resiento en mi vida entre los creyentes es aquella de percibir lo que no se ve en su palabra y en su acción pública, aquello que se detecta – con un poco de trabajo inteligente – entrelíneas.

La resiento porque me trae siempre disgustos. Hay personas que me han dicho muchas veces por qué no dejo de martirizarme con cosas que nunca van a cambiar, o por qué me enfoco en el mundo de los creyentes cuando podría hacer aportes mucho mejor recibidos en otros ámbitos, o que si acaso estoy buscando la iglesia perfecta y, por cierto, que esa es la razón de por qué estas palabras siempre quedan en algún rincón simpático de este sitio, lejos de devocionales, consejos de autoayuda psicológica y financiera y de los grandes trovadores y conferencistas que electrizan a la multitud en los eventos masivos.

Y, no sé. No voy a endilgarles las razones de por qué sigo por estos rumbos. Así que aquí les dejo más cuestiones para pensar:

Algunos de los grandes medios de comunicación fueron profundamente impresionados por la inmensa demostración pública que los creyentes llevaron a cabo en las principales ciudades para pronunciarse en contra de una ley de legalización del aborto en el país donde vivo. Por supuesto, un loable y digno esfuerzo. Pero quisiera levantar algunas incómodas preguntas:

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¿Por qué nuestro pueblo no realiza manifestaciones de esa magnitud para protestar contra la corrupción y la maldad en las esferas del poder? ¿Para protestar enérgicamente contra el asesinato de mujeres que sigue siendo una de las causas principales de muerte violenta en éste y otros países? ¿Para señalar directamente en la cara de los grandes poderes económicos la pobreza insultante que se manifiesta sólo a algunos kilómetros de sus lujosas mansiones y fastuosas celebraciones?

¿Por qué sus profesionales, técnicos y trabajadores especializados que asisten todos los domingos al culto no son movilizados para proponer y llevar a cabo proyectos orientados a mejorar aspectos sustanciales de la salud, de la educación, de los asentamientos urbanos, de la infraestructura, de la cultura, de la acción social?

¿Por qué sus cada vez más numerosos medios de comunicación no se convierten en pronunciación, denuncia, instancias de diálogo, canales de pacificación y consulta que permitan reducir la elevada temperatura del humor social?

No lo sé. Tal vez están demasiado ocupados en la evangelización y la consiguiente edificación de los creyentes…

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