¿Será que al final del día será verdad eso de que no hay nada mejor que la realidad, como decía mi jefe aquel? Han pasado tantos años desde ese día en que, casi como pensando en voz alta, se expidió con estas palabras y siempre las recuerdo, aunque con sentimientos encontrados. Si la realidad es absolutamente lo mejor que hay, qué terrible para los enfermos de la cabeza, los poetas, los literatos, los músicos, los soñadores: han vivido sus vidas lejos de lo mejor.

Pero, ¿y si fuera así? Desde dentro de nosotros y por donde quiera que uno mire, en términos cuantitativos, la maldad gana siempre. Eso es la realidad. El egoísmo finalmente ordena nuestros pasos, incluso nuestros actos “altruistas”, tanto en lo personal como en lo colectivo. El interés rompe el saco. La calavera es ñata. En todas partes se cuecen habas. Hace tiempo que ya no creemos en el Viejito Pascuero (versión chilena de Papa Noel) ni en los reyes magos. Las películas románticas con final feliz son películas. Para decirlo en paráfrasis bíblica: Habiéndose multiplicado la maldad, la fe se nos enfrió hace rato. Conservamos nuestra fe personal, nuestra íntima esperanza del cielo y cositas así pero a la hora de ofrecernos a los otros, ya las ganas – y la mística – se nos acabó hace rato. Hace rato. Noten que hablo en primera persona plural para que no queden dudas.

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Según la óptica de mi antiguo jefe no hay nada mejor que estar convencido de lo concreto de la existencia y no andar soñando leseras. ¿Qué sentido tiene suponer otros mundos, otros escenarios, realidades alternativas cuando a cada momento la vida nos muestra su único lado – porque ya casi estamos convencidos de que no tiene otro? Seguro que lo que quería decir él era que los datos duros siempre son los mejores para ordenar la vida, tomar decisiones, establecer relaciones productivas, organizar o construir cualquier cosa. No era tan crudo tampoco…

Para hacer un puente hay que operar con información real sobre mecánica de suelos, cálculo de estructuras y otras matemáticas imprescindibles y no sobre lo que alguien soñó que podría ocurrir cuando el puente estuviera construido y familias que estaban alejadas por el mar o el río ahora podrían abrazarse y compartir más seguido la fortuna de la comunión. Efectivamente, más vale la realidad para hacer el puente.

Lo demás parece ser ni más ni menos mentiras del maestro Goyo

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