“Pero si con la edad nos da por repetir ciertas historias no es por demencia senil, sino porque algunas historias no paran de ocurrir en nosotros hasta el final de la vida” reza el epígrafe de Chico Buarque que encabeza el libro Cenizas de Carnaval. Es sobre esta reincidencia, sobre la locura y la obsesión que se construye el libro de cuentos de Mariana Travacio.

(Nathalie Jarast, reseña en el diario La Nación)

Le relato a mi hermano una historia relacionada con mis hijas cuando eran adolescentes. Me mira un momento en silencio y me dice, “Perdona que te lo diga pero me has contado ese cuento tres veces y siempre ha sido cuando nos juntamos a almorzar.” Este episodio ocurrió en realidad hace unos veinticinco años por lo que la cosa se ha agravado, qué quieren que les diga. 

Me alivian las palabras de Chico Buarque, poeta, cantante y compositor brasileño, teniendo en cuenta que es diez años mayor que yo. Gabriel García Marquez en su autobiografía Vivir para contarla nos sugiere, “La vida no es la que uno vivió, sino la que recuerda y cómo la recuerda.” Así que no sólo nos repetimos; también los recuerdos se van transformando. Conservan su esencia pero agregamos u omitimos detalles que nos parecen  refinar el recuerdo.

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Creo que a ciertas historias las vamos queriendo más porque sentimos que nos transformaron, nos abrieron la cabeza para entender que la vida no era lo que parecía o porque ilustraban lo que era vivir a este lado de las cosas. Momentos en que aprendimos a creer en algo o en que dejamos de creer.

Así que la historia que he mencionado aquí tres o cuatro veces acerca de la luz del sol en los helechos después de la lluvia en la cuesta de Los Añiques pudo haber sucedido de un modo distinto a como la recuerdo. Incluso puede ser que vi ese efecto en otro lugar pero me quedé pegado en ese paisaje de las montañas del sur de Chile. Lo que encuentro auténtico es el milagro de la luz en las pequeñitas gotas de la lluvia caída en la madrugada. ¿Por qué lo recuerdo siempre? Tal vez porque la mañana luminosa después de una noche de tormenta era correlato de esos años angustiosamente adolescentes.

Recordar es volver a pasar por el corazón, sólo que el recuerdo se ha modificado. Y el corazón también.

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