Las palabras que deberían decirse pero se callan porque no serán entendidas o serán malinterpretadas o levantarán argumentos interminables o podrán ser usadas en tu contra o caerán en un vacío innombrable y triste. Las esperanzas que tenían forma y tiempo, textura y color, pero que aunque no avergüenzan y son lo último que se pierde igual no cristalizan. Los libros leídos que conforman un intrincado universo interno y que sirven únicamente para sentir con mayor intensidad el dolor de las cosas, la inutilidad de los grandes principios y la pobreza de los proyectos. El conocimiento que no ocupa lugar pero que en realidad transita por las neuronas y la conciencia a veces como liberación y a veces como castigo intangible.

La soledad que hay días que es buena y hay noches que es mala, que se aprende a la fuerza o se elige porque no es raro que a veces solo es mejor y otras veces no es raro que acompañado las cosas funcionen bien por algunas horas o algunos días. El viaje que abre puertas magníficas a otros mundos y que de repente se reduce a la incómoda estrechez de un avión o a la mala ventilación de un colectivo a las tres de la mañana. El poema o más bien la prosa poética que solía escalar todas las alturas y recogía en sí todas las emociones del ser y que de pronto deviene ceniza, eco petrificado, estéril crónica de la vida que pasó y uno apenas se dio cuenta y cuando quiso arrebatarla se había convertido en pasado tenaz, insoportable mirage.

El cuerpo. Antes, magnífico vehículo para acudir a todas las cosas, brújula precisa para emprender el vertiginoso viaje de la vida, activo compañero de deseos y experiencias singulares. Ahora, modesto reflejo de las cosas que fueron y nunca más serán, gastado reservorio de imágenes, aromas, texturas y sonidos ausentes, receptáculo ahora intolerante a lo que antes fue sagrado placer y hartazgo.

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Tanto aprendido, tanto visto, tanto viajado, tanto leído. La cotidianidad que a fuerza de rutinas y trajines predecibles reduce todo a algo no más interesante que el diario del domingo, la película de las once, el café con leche y las medialunas, la pereza para iniciar el día y la cada vez más acuciante pregunta: “¿Cuánto quedará…?”

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