Apropiarse del dolor, reconocerlo como inherente a la cruda experiencia de vivir. Aprender a negociar los términos de la existencia porque la verdadera vida no tiene ropajes ni caretas: impone sin derecho a réplica sus condiciones leoninas y sus juicios inapelables. Caminar sin mapas por la dura superficie de la realidad sin la seguridad de mantras, documentos o posibles misericordias. Negar la hiel y el vinagre para abrazar con una suerte de ridículo honor el oficio de la muerte, única promesa segura a este lado de la frontera.

Los sueños no eran más que sueños. Los diligentes dibujos de la mente se desgastaron en el escritorio, se deshicieron en un vendaval de lágrimas inútiles. La esperanza, pobre ingenua, resiste aún, cada vez más desnuda, cada día más desarmada.

Reconocer la vieja, la escueta sabiduría que encierra el “nunca digas nunca, nunca digas siempre”. Los viejos pactos, los compromisos de entonces fueron aniquilados por el reproche, se incendiaron en el fuego de los celos, fueron ejecutados por los ajustes de cuentas. Se ahogaron en un mar de querellas y derechos adquiridos. Las promesas se derrumbaron en una tormenta de pasiones oscuras y ardores inconclusos. Los testamentos devinieron letra muerta, abandonada en una mesa de restaurante, en un escaño de la plaza a medianoche.

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El cansancio de los trajines aprendidos para sobrevivir. Las patéticas componendas del acomodo cuando se tiene miedo o hambre o ambos. La fría navaja de los contratos que filetea los sentimientos con quirúrgica precisión. La rendición incondicional del cuerpo que se deteriora sin remedio, la inexorable mortaja del almanaque que lo envuelve poco a poquito. La supervivencia, la triste y simple supervivencia.

Los lazos antiguos, las fraternales uniones de la sangre, los llamados del clan traicionados por la hora de la verdad, por los viejos rencores, por los escraches enfermizos de las secretas historias para la befa de transeúntes y navegantes. La desclasificación de las cuentas pendientes, los cheques en blanco firmados en horas de éxtasis y el libro de los haberes y sus agujeros.

A la hora del resumen, ni más ni menos, es lo que hay…

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2 Comentarios

  1. “Apropiarse del dolor… Caminar sin mapas por la dura superficie de la realidad sin la seguridad de mantras, documentos o posibles misericordias…”

    Estas y otras frases, cuando no son sólo frases bonitas, derriban inevitablemente los baratos argumentos de una “cita” y también las innecesarias explicaciones.
    Por una razón muy sencilla, el mundo, el de los cristianos y el de los no cristianos, busca desesperadamente una palabra con verdad, son sentido para la humanidad y para la eternidad con la que cada uno vive y lucha, palabras que lleven la fuerza abrazadora de las vivencias y de la fe, para escribir nuevos relatos y no sólo vivir de lo que un día fue. Algunos, por cierto no lo saben, porque ya no está en su consciente el recuerdo de lo que fue, sin embargo, cuando lo hayan, saben muy que eso era lo que buscaban. Pero ya no hay profetas que quieran hablar, pues a ellos tampoco les “ha amanecido”, si los profetas no hablan, el pueblo no conoce y si no hay conocimiento, entonces todos moriremos e inanición. El que lleva la palabra es como una zaeta, un mensajero, alguien que está dispuesto a morir por ella y no espera, ni sueña, aprobaciones ni alabanzas y sin embargo, sus palabras tienen consecuencias.

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