¿Cómo se hace para seguir creyendo en Dios en un mundo violento, con guerras, torturas, muertes, abusos de todo tipo? … ¿Dónde está Dios?

(Pregunta de un periodista argentino al sociólogo jesuita Gustavo Morello)

Como ocurre con la mayoría de los cristianos frente a esta interpelación, el entrevistado ensaya una defensa de Dios: “Yo creo, y aquí dejo de ser sociólogo por un rato [como sociólogo, ¿no creería lo mismo?], que Dios está presente ahí mismo, sosteniendo a las víctimas, crucificado nuevamente en esas injusticias.” La teología tradicional encuentra siempre versículos y razonamientos para justificar a Dios por lo que sucede en el mundo.

La duda me obliga a revertir la cuestión: ¿Cómo hace Dios para seguir creyendo en la gente en un mundo violento, con guerras, muertes, abusos de todo tipo? ¿Dónde está la gente buena? Esta pregunta entraña no una defensa sino una profunda perplejidad frente a Dios: a pesar de todo, ¿no siente que ha fracasado en su proyecto con la humanidad? Hay un verso en la canción “Si volvieran los dragones” de Fito Páez que propone esa mirada: Si en los escombros de la revolución / creciera el árbol verde del placer / y las catedrales se cansaran de ser / ruinas del fracaso de Dios

Este espacio no está dedicado a edificar creyentes ni se propone polemizar infructuosamente con una audiencia quisquillosa por lo que planteo la cuestión sin otro fin que interpretar el sentimiento que mucha gente tiene frente al problema.

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Los cristianos se consuelan con el pensamiento de que al final Dios va a tener una gloriosa y épica victoria, el enemigo y los malos arderán en el infierno y los pocos buenos que se salven gozarán de sus bendiciones eternamente. Este resultado, si fuera rigurosamente cierto, satisface en el mundo presente a unos mil doscientos millones de seres humanos. Unos seis mil trescientos millones de seres humanos se quedan afuera – o en el infierno. Si la victoria final de Dios ocurriera esta noche y siguiendo una lógica estrictamente humana uno se preguntaría cómo esto es una victoria. Otro argumento presentado es que todo es plan de Dios haciendo aún más indefendible el caso de Dios en un mundo descreído.

O bien se queda uno en su perplejidad o se consuela con el verso aquel, Muchos son los llamados y pocos los escogidos. “Y yo gracias a Dios [pensarán muchos cristianos bienintencionados] estoy entre los escogidos.”

En el ínterin, uno sigue saludando respetuosamente la persistente fe de Dios en nuestra especie.

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