Solía – pretérito imperfecto de soler.

Soler – verbo intransitivo. 1. tener costumbre de hacer una cosa; 2. señala que algo es habitual en una persona.

Había nacido con un impulso innato a la desobediencia. El tiempo le enseñaría que la desobediencia implícitamente escondía la violencia del sometimiento. Lo había sentido en su uniforme de colegio, en su adoctrinamiento religioso, en las interminables horas de banco colegial mientras miraba por la ventana el movimiento de las hojas de los árboles y el volar de los pájaros.

(Francis Mallman, Sueños de libertad desde el impulso de la desobediencia, Revista La Nación)

Solía dormirme en cualquier lugar, a cualquier hora, cuando recorríamos el país en camión con el primo Germán; debajo del remolque, sobre unos sacos tibios de cemento, bajo la sombra de los eucaliptus en el verano ardiente de Casablanca.

Solía acumular recuerdos hermosos del lago Villarrica, de las alturas de Trafún, de la profesora de francés, de unos besos vertiginosos en la costanera del río Calle Calle, de las fiestas de toque a toque en tiempos de la dictadura.

Solía escribir poemas, preguntas, angustias, descubrimientos, ansiedades, asombros y perplejidades en pequeños archivadores negros de Rhein con hojas blancas de renglones menudos. Escribía en buses, aviones, cafés, en la plaza de la Constitución.

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Solía ir al cine a media mañana, a tomar un cortado en el Haití, a comprar un libro en la Editorial Universitaria y esconder o tirar los comprobantes porque, “¿Cómo puedes gastar plata en cosas que no son prioritarias?”

Solía aspirar profundamente el aire de las mañanas frías de junio o dejar que se mojara la cara con la lluvia porque me parecía que me limpiaba el alma de mis oscuridades y secretos inconfesables.

Solía pensar que el amor era una cosa esplendorosa, un viaje imaginario a la tierra de los encantos, una emoción compartida, un descubrimiento constante, un romántico estado de bienestar hasta que “me voy, me voy, que a mi tren nocturno no se suba el amor; quédese en el andén con un abultado equipaje de abalorios y querellas.

Solía experimentar un entusiasmo enorme, un optimismo desbordante, un sueño infatigable, una esperanza redoblada, un cuerpo ágil, un corazón generoso, una curiosidad insaciable, una ingenuidad rayana en la estupidez, una confianza desmesurada.

Poco a poquito se fue destiñendo todo y así, hasta que la cadena de plata se quiebre, y se rompa el cuenco de oro, y el cántaro se quiebre junto a la fuente, y la rueda sea rota en el pozo…

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