Ese desgaste, esa continua lucha, esa confrontación ya derrotada con la finitud. Imaginaciones de libertad entre cadenas. Anhelos de perfección en el tejido y trama del ser inconcluso. La desaliñada rutina en busca de sentido. El desorden de las cosas que no encuentran su lugar. Tener que esperar. La rémora de los miedos residuales. Las últimas jornadas de la pasión. Los intentos patéticos del sentimiento, eterno mientras dura.

Los libros, siempre ahí ellos con su ensordecedor silencio. Las canciones que devienen prólogos a los capítulos caducos de la memoria. Lugares que ilustran bitácoras que no interesan a nadie. Fotografías que perpetuaron sonrisas desvanecidas hace mucho. Explicaciones que nadie ha pedido. Argumentos cansados en el tribunal de los otros. El hastío de los deberes habituales. La novedad de las funciones coyunturales.

El fin de las utopías que no es tal porque siempre estamos en ninguna parte.

Las máquinas multiplicadas, estandarizadas, miniaturizadas, omnipotenciadas, interconectadas. Las máquinas. Los seres fragmentados, estandarizados, consumatizados, des-conectados, asimilados. Los pobres seres.

La orgánica del cuerpo que se desestructura lenta, implacable. Los anuncios soterrados del sistema que acusa incipientes fallas. El progresivo retorno a la tierra. Repentinos espasmos asincrónicos de la vieja relojería del corazón. Intentos ingenuos por renovar la mecánica del movimiento. La brutal evidencia fisiológica. Es tan fácil comentar el cuerpo. Tiene tanto sentido.

Transparentar el acontecimiento de la existencia. Dar cuenta de sus simulacros. Hacer notar su constitutiva fragilidad. Temperar su infundado entusiasmo. Desnudarla de bisuterías y artilugios.

Recuperar algo el pesimismo tal vez no sea tan sombrío. Viste que la vida tiene sus luces…

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