“Tome asiento”, me dijo con una sonrisa amable la joven mientras se levantaba. Ocurrió en el transporte público en algún lugar de la ciudad. Fue la primera vez en mi vida que me cedieron el asiento. Siempre había pensado qué decir en un momento semejante pero sólo atiné a decir: “Gracias” y me senté un poco azorado.

Entonces, llegó el día. En un lugar de aquellos en los que todavía existe la notable costumbre de mostrar respeto por la edad, recibí mi diploma de “caballero mayor” o “persona grande”, lo cual no debería sorprenderme en manera alguna porque hace tiempo estoy pensando y escribiendo acerca de esta etapa de la vida que se acerca cada vez más a lo definitivo.

Se advierte no solamente por las señas que se van instalando en el cuerpo (por fuera lunares, manchitas, arrugas y calores; por dentro palpitaciones, quejas de la osamenta, dolores nuevos, irritaciones varias). También el humor va adquiriendo nuevos matices. La paciencia tiende a reducirse, como el sueño. En fin, si me siguen en estas notas desde hace algún tiempo habrán leído las diversas aproximaciones que propongo sobre el tema.

Pero voy descubriendo otras señales, como cuando algún amigo me avisa que un ex compañero de colegio, de los años de la misión o de la vida se fue. Personajes de la radio, la prensa, la televisión, la política que nos acompañaron desde que éramos chicos se están yendo poco a poquito. No hay que ser muy avisado para entender que en alguno de estos próximos años otro amigo avisará de nuestra propia salida.

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El gesto de la chica es un anuncio: hoy te toca a ti, mañana… ¿Un saludo protocolar al imperio absoluto del tiempo, quizá? ¿Una rendición honrosa, aunque breve, ante la fuerza evidente de los días? ¿Un homenaje fugaz: “Yo te veo, caballero…?”

Hay que tomar asiento y pensar. Quizá me ocupé por demasiado tiempo de mis asuntos. Me interesa más la vida: cómo es, sus luces y sombras, sus matices y sus emergencias. Ya no me preocupa tanto si lo hice bien; me pregunto si hice el bien y ahí las cuentas no me cierran mucho. Por lo tanto he de ocuparme más de esto que de aquello.

No pienso tanto en si me he sentido alejado de Dios porque tengo la creciente convicción de que Dios nunca se ha sentido alejado de mi…

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