Volvamos a este asunto de la ayuda y de la ministración para los creyentes. Sobre el ochenta por ciento – un número conservador – del contenido de los libros, artículos y programas de los medios de comunicación del rubro tratan con los problemas y necesidades que tienen las personas que (según el discurso predominante) han encontrado la victoria, la vida abundante o la libertad en Cristo.

Esa es la ironía: los más necesitados parecen ser los que han gustado el don de la salvación. Así que estamos obligados a preguntar de qué se ha salvado la gente que dice que se ha salvado. Si es solamente de un futuro fuego del infierno no queda muy claro qué continúan haciendo en el mundo los que han recibido a Cristo. Si se trata solamente de salvarse del incendio, ¿cuál es el sentido de seguir enfrentándose con los peligros y tentaciones de una existencia terrenal insegura y compleja?

Entonces habría que preguntarse si la obra de Cristo tiene que ver con algo más que la felicidad y el bienestar personal. Porque en la vida presente tales dones no están garantizados. Vivir es adverso las más de las veces. Las relaciones más importantes se resienten y se quiebran. La salud del cuerpo es no pocas veces precaria. Hay pobreza, violencia, maltrato y abuso, crimen, corrupción, destrucción ambiental y todo eso en nuestro mundo cotidiano.

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Si uno viniera de una galaxia distante y revisara el contenido de la literatura y los medios cristianos de comunicación concluiría que ser cristiano no difiere mucho de quien no lo es. La diferencia estaría solamente en la práctica del culto y de la iglesia.

Así que tendríamos que asumir una de dos: a) la vida, sea uno cristiano o no, es complicada y no pocas veces desagradable y de lo que hay que ocuparse no es tanto de la propia felicidad sino de mejorar el mundo en el que vivimos; o b) el cristianismo no es tan increíble como se dice y los cristianos tienen que pasar la mayor parte del tiempo sanando de dolencias físicas y espirituales y protegiéndose de sus debilidades hasta que por fin puedan llegar al cielo tan anhelado. En este último caso habría que quitar del discurso evangelístico eso de la vida abundante, la paz y la libertad.

Un poco de claridad ayudaría bastante. Me parece.

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