“Justo eres tú, oh Jehová, para que yo dispute contigo; sin embargo, alegaré mi causa ante ti. ¿Por qué es prosperado el camino de los impíos, y tienen bien todos los que se portan deslealmente?” Jeremías 12:1

Hay personas que todo el tiempo se comparan con otros, muchas veces no lo exteriorizan, pero en realidad están muy atentos de los logros que otros alcanzan. Observan todo, si una familia progresa económicamente, si viajan seguido, el auto que manejan o las mejoras que hacen en sus casas, todo está bajo la atenta mirada de la gente. Pero en lugar de ver estas señales de prosperidad o bendición en otros como un motivo de alegría, guardan un íntimo resentimiento que tiene su origen en la comparación.

Es muy común la pregunta, ¿Pero cómo es posible que esta persona que ni cree en Dios, ni va a la iglesia y hasta deprecia todo lo relacionado con la fe, vive en felicidad y abundancia y hasta parece que la vida le sonríe?.  En el fondo con este tipo de preguntas, lo que estamos cuestionando sutilmente es la justicia de Dios. Pensamos que nosotros tenemos más merecimientos para recibir bendición y vemos a los impíos en la posición de estar recibiendo lo que no debieran.

Leemos en Salmos: “No te impacientes a causa de los malignos. Ni tengas envidia de los que hacen iniquidad.” Salmos 37:1 Aunque parezca extraño, en este tipo de situaciones, nos encontramos como hijos de Dios teniendo envidia de los impíos, como si no fuéramos conscientes de quiénes somos en Cristo, es decir de nuestra verdadera identidad.

Dicen que las comparaciones son odiosas y seguramente esta expresión popular tenga algo de verdad, pero además terminan trayendo amargura. Cada persona es única como así también el trato y la relación que Dios tiene con ella. Tengamos en cuenta que muchas veces hacemos comparaciones con casi nula información de la vida de la persona, solo nos quedamos con lo externo o lo aparente, sin ver lo que está sucediendo en el interior, ni mucho menos su historia de vida.

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Por ejemplo vemos un profesional próspero y reconocido, pero no nos detenemos a pensar en los años que dedicó para estudiar y prepararse para obtener un título, ni tampoco las dificultades que debió superar para llegar esa meta. Y hasta en el ámbito ministerial, vemos a un pastor o un ministerio, la gente que apoya y pensamos que todo resulta fácil, sin embargo solo aquellos que pagaron el precio conocen acerca de las luchas enfrentadas, las divisiones, persecuciones y como se pudieron sobreponer. Solo nos quedamos con lo exterior y contra eso nos comparamos.

Una manera de evitar que la amargura crezca en nuestros corazones es dejarnos de comparar, comprendiendo que tenemos una relación personal y única con Dios y que nuestros tiempos o procesos pueden ser muy diferentes a los de otro. “Cuando pensé para saber esto. Fue duro trabajo para mí. Hasta que entrando en el santuario de Dios. Comprendí el fin de ellos” Salmos 73:16-17

Dios conoce lo más profundo de la vida de cada persona, por lo tanto no somos nosotros quienes debemos ponernos en la posición de determinar que le corresponde a cada uno, o si está bien o mal que tal persona prospere. Quizás cuando esto pasa, es porque estamos adoptando las definiciones de éxito que tiene el mundo, poder, riquezas, fama etc. Sin embargo el concepto de una vida exitosa para el creyente, siempre debe pasar por el cumplimiento de los planes de Dios para cada uno.

Por lo demás, no entremos en la trampa de la comparación la cual siempre nos conducirá al orgullo, si es que nos consideramos mejores, o frustración y amargura si nos ubicamos en un plano de inferioridad. Si para Dios eres único, ¿Para qué compararte?, lo importante es que de alguna manera te pareces a tu creador, fuimos creados a su imagen y semejanza, entonces, esperemos con paciencia el cumplimiento de los tiempos y planes de Dios en nuestras vidas.

Por Daniel Zangaro

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

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