Para principios de los 90 era común ver pelear a mis padres por problemas sin resolver dentro de su matrimonio y dificultades económicas. Quizás todo se debía a las constantes borracheras que tenía papá y que no le permitían conservar un mismo empleo por más de 4 meses, todo eso sumado a episodios violentos, hacían que dentro de mí la palabra familia no represente un refugio de paz.

El tiempo pasó y mamá se fue de casa. Nos dejó y papá reaccionó por un tiempo, trató de ser amoroso, atento y protector, pero no duró mucho. Nuevamente cayó en las redes del alcohol, pero esta vez por un tiempo muy extenso; a mí y  mis hermanos nos llevaron a una casa de acogida para niños hasta que mamá regresó y nos llevó con ella, para ese momento nadie conocía el paradero de papá.

Una noche mamá llegó agitada a casa, nos vistió y nos fuimos con una tía donde había mucha gente. Quién diría que ahí encontraría a papá, pero ahora metido en un ataúd y listo para darle el último adiós…

Con el tiempo comencé a sentir que él me faltaba. A los 14 años me metí en muchos problemas, la mayoría tenían que ver con alcohol. Uno de los momentos que no olvidaré fue cuando mamá me tuvo que recoger de la estación policial y aunque me salvé, porque la justicia en mi país no puede procesar a un menor de edad con el mismo rigor que a un adulto, nada me pudo librar de la tremenda golpiza que me propinaron en casa.

Cuando llegué a la universidad la falta de papá se había hecho crónica. Era extraño porque los frecuentes episodios de violencia hacían que el concepto de “padre de familia” tenga un significado mucho menor del que debería haber sido. Pero aun así, yo creía muy dentro de mí que había algo más aparte de lo que había vivido.

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Un día una amiga me invitó a su iglesia, pero mi rechazo fue contundente. La verdad es que no creía que una comunidad de personas que lloraban al cantar a alguien que no podían ver y cuya autoridad se hacía llamar “Pastor” podía ayudarme en algo. Ella continuó insistiendo, no podía creer cómo una persona podía ser tan persistente y como estábamos en los mismos cursos de la carrera universitaria, no podía evitar encontrarme con ella. Un día se acercó a pedirme prestado un lápiz (otro de sus pretextos) y no recuerdo cómo, pero terminamos hablando de Dios otra vez. Yo estaba a punto de pedirle que deje de insistir pero ella dijo algo que golpeó duramente mi corazón: “Tu padre que está en el cielo te mira y quiere lo mejor para ti”

Tenía confusión de sentimientos, no sabía si quería gritar o llorar y para terminar la conversación, acepté su invitación.

Ese sábado en la reunión de jóvenes acepté a Jesús en mi corazón, ese día no era 25 de diciembre pero yo estaba celebrando el nacimiento del Salvador en mi vida. Ese día comprendí que mi Padre en los cielos siempre estuvo conmigo, supe que Dios nunca me dejó solo aún en medio de mis locuras juveniles y más que nada, supe que yo era muy importante para Él.

Lucas 2:10-11 “Pero el ángel les dijo: No tengan miedo, porque les traigo una buena noticia, que será motivo de gran alegría para todos: Hoy les ha nacido en el pueblo de David un salvador, que es el Mesías, el Señor.” Versión Dios Habla Hoy

¿Recuerdas el del nacimiento del Salvador en tu vida?

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

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