Soy hijo de padres pentecostales. No recuerdo un día en que que no haya estado vinculado a lo evangélico. Sí, he estado fuera de la iglesia muchas veces y por mucho tiempo pero tengo la marca registrada.

No puedo, por lo mismo, relacionarme con las historias de “Cuando conocí al Señor” porque lo conocí siempre, al menos institucionalmente.

En la adolescencia, en mis primeros años de adulto, ya adulto y en mis años marrón estuve expuesto a cuatro grandes experimentaciones de doctrina, como llaman los cristianos a sus constructos formativos.

En todas ellas la secuencia fue como sigue: enamoramiento exultante, profundización, confrontación, quiebre y alejamiento. Las primeras fueron explosivamente breves. Ya más adulto los procesos tomaron más tiempo y por eso tal vez dolieron más.

Cierta mañana, en un lugar bien lejos de aquí, sufrí una crisis de pensamiento que no creo posible describir en breve. Digamos que debajo de unos manzanos, en medio de un mar de lágrimas y bronca, resolví a partir de ese día desinstitucionalizarme (perdón por la palabra).

Lo cual quiere decir que di, no uno, sino varios pasos al costado y me propuse volver a pensar todo desde fuera. Si tal proceso me llevaría a reinstitucionalizarme o no es algo que entonces no me preocupó ni me preocupa actualmente.

Desde entonces hasta ahora me dedico diligentemente a dos cosas. Una, seguir explorando el texto bíblico en forma independiente. Sé cuánto ofende esto a la institución porque sostiene que fuera de ella eso es imposible de hacer. Yo creo que sí es posible.

La segunda es servir a los creyentes, particularmente quienes trabajan en el área de la comunicación. Mi interés constante es que comprendan el mundo en que viven y que puedan establecer un diálogo que haga posible y entendible el mensaje de Dios.

El proceso que acabo de describir es un hecho absolutamente personal. No persigo en manera alguna promoverlo. Estas líneas no tienen ni una pizca de propaganda. Entre otras cosas, porque es devastador, doloroso y solitario.

¿Por qué colocar aquí hoy esta confesión de parte? Por razones que no vienen al caso esta tarde pensé en las hijas y los hijos de creyentes que vivieron procesos similares. Algunos se fueron para siempre. Otros regresaron por temor a perder algo de eternas consecuencias y no quisieron pensar más.

Pocos encararon el camino de volver a pensar todo, amar a su generación y servirla con otra inteligencia.

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