Volver a ver, aunque sea por una sola vez, el arco iris de luz en las gotitas en los helechos después de la lluvia en la cuesta de Los Añiques, aunque dice un poema que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver.

Que la magia de un demiurgo diligente pueda revivir aquel sueño de la infancia en la que me encontraba en la orilla de un lago inolvidable, rodeado de luz y de paz, de árboles frondosos y colores que me contaban historias maravillosas.

Abrigarme en la paz y el silencio. Arroparme en una soledad amigable. Reposar en tranquilas conversaciones, más allá de toda disculpa, de toda recriminación y de requisitorias. Ser en otros y con otros sin sobresalto alguno.

Arrullarme en el seno tibio del perdón otorgado por quienes no recibieron de mí el bien cuando era debido, y cuando no también porque a la bondad nunca habría que amarrarla a razones y argumentos para negarla.

Redescubrir espacios diferentes, ensayar emprendimientos novedosos, dedicarse a oficios y ocupaciones inesperadas, disponer de los días y las noches de un modo singular. En otras palabras, encontrar nuevas definiciones para la palabra jubilado.

Perdón por la insistencia, pero construir una cabaña en la orilla del río, entre los cerros. Llenarla de lavandas, buganvillas y por qué no de lirios y cardenales de esos que amaba mi mamá. Sentarme en la galería en la tarde y sin palabra alguna hallar el tesoro escondido entre el corazón y la mente. Caminar hasta el pueblo para comprar marraquetas y paltas. Tomar la once. Y así sucesivamente.

Te interesa:  ¡Dile adiós a la vergüenza!

Abrir todos los días el tesoro de las palabras, las antiguas y las nuevas, para componer todavía pequeñas crónicas, imprecaciones, poemas que no son poemas sino prosa poética, enojos indisimulados contra la maquinaria, postreras declaraciones de intenciones, comunicaciones urgentes antes de que la lámpara del pensamiento sea apagada, diminutos mensajes de esperanza.

Que nunca falten los libros, los viejos y los nuevos. Que todavía me abran sus puertas seculares y me estremezcan los sentidos, me revuelvan las entrañas, me consuelen y me amparen, me hablen de lo que fue y de lo que será.

Y finalmente, que nunca sea tarde para nada. Que siempre haya tiempo para lo que debo ser, para lo que se debo hacer, para lo que quiero hacer…

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