Desde que tengo memoria, nunca me han gustado los lunares que tengo en el rostro, especialmente el que tengo encima de los labios. De niña me sentía muy acomplejada por tener “esa fea mancha negra en mi cara”, y esto no mejoraba cuando los demás me dijeran que tenía muchos lunares.

Cuando pasó el tiempo el único problema ya no eran mis lunares. Empecé a fijarme en la forma de mis ojos, el color de mis labios, el porqué mi rostro no tenía una estructura más bonita, y toda clase de detalles que antes no había notado.

Además, me di cuenta de lo rápido que crecía y que era mucho más alta que las niñas de mi edad. Lo cual en ese momento no me agradaba pues todos decían que aparentaba ser mayor, y esto me hizo anhelar ser pequeña. No entendía el por qué era más alta; pero como todo tiene una razón, un médico me explicó que tenía una condición de salud que me hizo crecer aceleradamente, pero también que dejaría de hacerlo a los 16 años.

Cualquiera pensaría que con esto iba a estar un poco más conforme con mi apariencia. No obstante, con la llegada de la adolescencia, aumentaron mis complejos. No podía evitar compararme con las demás y ver belleza en ellas, mas no en mí. Así que un día comencé a pensar si era posible que Dios vuelva a crearme. Si eso sucediera, podría pedirle que hiciera tantos cambios como fuera posible con el fin de hacerme sentir bien conmigo misma.

Te interesa:  Miedo al debate

Ahora que soy adulta, he caído en cuenta que no soy la única que ha tenido problemas con su apariencia; y esto no es solo cosa de mujeres. Como seres humanos, tenemos ojos que ven hacia fuera, pero no podemos vernos a nosotros mismos. Tal vez sea por ello que es más fácil creer que los demás son más hermosos y bellos que nosotros, o que Dios nos hizo menos agraciados en comparación a otros.

Sin embargo, Dios es un artista y sus gustos sobrepasan nuestra imaginación. Él nos creó de la manera en que somos porque Él lo considera hermoso. Si nos quejamos o cuestionamos nuestra apariencia, estamos rechazando a nuestro Creador, y la Biblia advierte que no tenemos ese derecho (Isaías 45:9). Si comprendemos que Dios nos ama porque nos creó, y no por nuestra apariencia, entenderemos que tenemos belleza única, y aprenderemos a valorarnos a nosotros y los demás.

Si ante los ojos de Dios somos hermosos, no dejemos que nadie nos haga creer lo contrario.

“Dios miró todo lo que había hecho, y consideró que era muy bueno.” – Génesis 1:31

Este artículo fue producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

ARTICULOS RELACIONADOS

Dejar una respuesta

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.