En Japón, una agencia de bodas ofrece organizar ceremonias para novias que quieren casarse con ellas mismas. Esta tendencia no es nueva, pues hace ya algunos años atrás que varias mujeres en diferentes partes del mundo tomaron esa decisión. En estos insólitos casos, incluso hubieron algunas que fueron infieles a sí mismas.

El matrimonio es la unión de dos personas, por lo tanto, la idea del matrimonio de a uno no existe (puesto que es igual que quedarse soltero). Sin embargo, este comportamiento deja una interrogante importante que influye en las relaciones amorosas.

«¿Me casaría conmigo mismo?»

En la actualidad, la mayoría de personas tiene un punto de vista egoísta con respecto al amor. Anhelan que su pareja sea perfecta y que solucione todos sus problemas, pero no se preocupan en mejorar ni siquiera los defectos más notorios en su carácter. Es así como asumen una posición para exigir y no se esfuerzan por ser la clase de pareja que la otra persona se merece.

Preguntarnos: «¿Me casaría conmigo mismo?» Nos ayuda a ponernos del otro lado y pensar si –siendo como somos en este momento– alguien querría casarse con nosotros. ¿Seríamos el ideal de pareja? ¿Tenemos cualidades que los demás buscan? ¿Somos alguien de quien nuestra pareja estaría orgulloso (a)? Si la respuesta a las preguntas anteriores es «no», entonces es una clara señal de que no estamos listos aún para tener una relación amorosa.

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Cuando nos enfocamos en buscar a alguien que llene nuestros requisitos, podríamos llegar al extremo de no encontrar a nadie aceptable. En cambio, cuando nos concentramos en mejorar nuestras áreas débiles y buscamos la excelencia personal, estamos acumulando talentos y habilidades que nos permitan ser un mejor complemento para nuestra futura pareja. Ahora, esto no quiere decir que debemos renovarnos sólo para complacer a alguien más, sino desarrollarnos bien como individuos independientes y así evitar involucrarnos en una relación tóxica.

Por otra parte, preguntarnos: «¿Me casaría conmigo mismo?», no significa despreciarnos a nosotros mismos y llegar a creer que nadie jamás nos amará como pareja. Dios nos creó especialmente y nadie nació por error. Él nos ha dado dones, talentos y la capacidad de amar desinteresadamente. Por lo tanto, tenemos la destreza de desarrollar nuestras virtudes y también de trabajar en nuestros defectos.

 

 

 

El siguiente crédito, por obligación, se requiere para su uso por otras fuentes: Artículo producido para radio cristiana CVCLAVOZ.

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