Hace años, visité un lugar alejado de la ciudad con mi padre. Mientras lo esperaba en el auto, vi a un hombre clavar una pequeña estaca en el suelo. Este trozo de madera sostenía una cuerda que estaba atada en el cuello de un toro de más de 800 kilos de peso. Al terminar, el hombre se fue del lugar y dejó que el toro comiera el pastizal que encontraba a su alrededor.
En ningún momento el animal intentó liberarse de aquella atadura, pese a que con su tamaño y fuerza, lo hubiese logrado en cuestión de segundos.

Esto me llevó a pensar la gran similitud entre nuestra actitud y la del toro. A veces caemos en vicios o costumbres que parecen tan insignificantes y pequeñas, que no nos damos cuenta lo mucho que afectan nuestra vida. De pronto, nos distraemos con lo que hay alrededor, y dejamos de ver nuestras ataduras como verdaderos problemas. El resultado final es que seguimos siendo esclavos, aún cuando Jesús nos ha hecho libres.

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A veces decimos que le entregamos todo a Dios pero olvidamos otorgarle el control de aquellas cosas que se han convertido en ataduras, y como estamos tan acostumbrados a ellas, creemos que no tienen importancia.

¿Hay algo que consideres que no le has entregado a Dios?

Nunca es tarde para acudir ante Dios y pedirle que nos despoje de nuestras ataduras, ya sean grandes o pequeñas; y de esta manera, ser completamente libres.

“Cristo nos libertó para que vivamos en libertad. Por lo tanto, manténganse firmes y no se sometan nuevamente al yugo de esclavitud.” – Gálatas 5:1

 

Este artículo fue producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

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