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Estamos rodeados de corrientes que nos hacen creer que debemos cumplir ciertos estándares. El resultado es que nos vemos frustrados al no poder alcanzarlos y empezamos a creer mentiras que poco a poco se apoderan de nuestra mente y corazón.
Debemos ser muy cautelosos al hablar pues nuestras palabras tienen poder. Es por ello que nunca debemos decirnos estas frases:

1. “No valgo nada”:

El valor de las personas se ha vuelto subjetivo. En la actualidad, se mide acorde al dinero, posesiones u otros factores. Sin embargo, Dios nos ve como su creación, y para Él somos valiosos. Al decir que no valemos nada, estamos rechazando a nuestro Creador. Así que nunca debemos olvidar todo el amor de Dios hacia nosotros y reconocer nuestro valor en Él (Lucas 12:6-7).

2. “No puedo hacerlo”:

Es cierto que no todos tenemos las mismas habilidades; no obstante, esta no es razón para rendirnos incluso antes de haberlo intentado. Hay muchos factores que influyen al momento de obtener buenos resultados, pero el más importante de ellos es saber en dónde está puesta nuestra confianza. Una vez que entendemos esto, las cosas se ponen en perspectiva y empezaremos a cambiar el “no puedo” por “sí puedo” (Filipenses 4:13).

3. “No soy atractivo”:

La influencia de la cultura y la moda nos han hecho creer que debemos parecernos a alguna celebridad para ser hermosos. Pero debemos recordar que fuimos creados a la imagen y semejanza de Dios. Él nunca hace nada incorrecto, así que debemos aprender a disfrutar de la belleza que nos otorgó (1 Samuel 16:7, Salmos 139:13-14).

4. “Soy tonto“:

Que no entendamos algo que otros sí, no nos convierte en tontos. Dios no hizo a dos seres iguales, así que no podemos esperar procesar una nueva información con la misma rapidez que otros. Pueden existir muchas personas inteligentes, pero la sabiduría solo la otorga Dios; y en la Biblia dice que debemos pedirla si la necesitamos (Santiago 1:5).

5. “Nadie me ama”:

Esta frase suele venir a nuestras mentes en momentos de soledad o tristeza, pero es precisamente en esos momentos que debemos tener presente el gran amor que tiene Dios por nosotros. El amor humano se termina y jamás se podrá comparar al que Dios nos da, porque después de todo, Él es amor (1 Juan 3:1).
 
Este artículo fue producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

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