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De críticas y regaños 1

De críticas y regaños

Cuando cierra la entrevista, mi amigo dice algo como “Ojalá que no nos vayan a regañar…” Hemos hablado en la radio acerca de evangelización y las cosas que hemos dicho tenían un acento bastante crítico. No crítico a raíz de un interés destructivo o negativo; hemos querido señalar algunas carencias profundas en la concepción y presentación del mensaje supuesto a dar en este tiempo y bosquejar brevemente alguna idea de cómo confrontar los dilemas del mundo contemporáneo.
Queda claro a la audiencia perceptiva que en veinte minutos de diálogo apenas es posible describir a nivel de titulares cuáles son los problemas de comunicación que la institución evangélica tiene respecto de la sociedad. Sólo ha sido posible señalarlos y convocar alguna inquietud al respecto.
Pero ese ojalá no nos vayan a regañar deja entrever algo más inquietante y que mencionamos al pasar en la conversación: la resistencia de los dirigentes a la autocrítica como saludable ejercicio para corregir el rumbo de una institución o un proyecto. La presumida superioridad del mensaje, la convicción de que se tiene la única y absoluta verdad, hace imposible que los líderes y su estado mayor acepten alguna crítica respecto de su quehacer precisamente por eso: porque administran la verdad absoluta.
No hay espacio aquí para reseñar las inmensas – y trágicas – consecuencias que esto trae consigo. La más dramática es que la resistencia a la crítica es propia de los sistemas dictatoriales, que no admiten disidencia alguna. Convencidos los administradores de que su proyecto es mejor que cualquier otro, no hallan razón alguna para aceptar un argumento en contrario y han diseñado un complejo sistema de normas y sanciones que neutralicen la voz y la acción calificada como rebelde.
Como en cualquier sistema de esta índole, hay mucho dolor disimulado entre los súbditos. Obligados a la “obediencia sonriente” expresarán sus sentimientos más profundos en las conversaciones de pasillo, en los conciliábulos de sobremesa, en voz baja y con miedo.
Así, la libertad y la salvación de los individuos proclamada en el discurso queda lastimosamente disminuida – o cancelada en los sistemas más autoritarios – y lo que se suponía alegre algarabía viene a ser apenas un triste murmullo sometido.
Ojalá no nos vayan a regañar…

Lo imposible 2

Lo imposible

Me quedo pensando en la pregunta del presentador en la última entrevista de los jueves en una radio evangélica internacional: ¿Qué hay que hacer para tomar conciencia de lo que dices? Hablábamos acerca de cómo el espíritu de la época ha penetrado en el tejido y la trama del cristianismo evangélico y lo difícil que es un cambio de rumbo en su historia.
Es una enorme pregunta. Porque sabe que no le voy a dar la típica respuesta que combina versículos bíblicos, tradiciones y doctrinas, aparte del recurrido repertorio de frases hechas y lugares comunes. Las cosas son bastante más serias – y urgentes – y no hay posibilidad alguna de comprenderlas en un charlita de entre semana.
Mencionemos algunas imposibilidades. El establishment que sostiene y conduce a las instituciones de la fe es inmenso e impenetrable. Tiene siglos de historia y ha dado pruebas de una supervivencia que sólo se puede atribuir a un milagro. Visto en su conjunto, implica flujos de dinero que proveen los salarios de la dirigencia y solventan los gastos de la infraestructura. Hay posiciones de poder, prestigio e influencia que son intensamente defendidas por los dirigentes y su entorno más cercano; éstas no son cosas que se van a dejar ir sólo porque algunos alborotadores con complejo de profetas – o filósofos – anden metiendo cosas raras en la cabeza de la grey.
Pero hay más razones para lo imposible: las instituciones religiosas no son lugares donde se revisen las doctrinas y las convicciones porque se basan en un texto sagrado considerado infalible. A pesar de que teología, la doctrina y la tradición que emana de ellas no son infalibles (sólo el texto sagrado lo es) han logrado instalar la idea de que lo que se enseña es sagrado. Así, debido a que no se puede deliberar sobre los contenidos de la enseñanza y la doctrina, el espíritu de la época no tiene obstáculos en ir penetrando la institución de una manera imperceptible y efectiva.
Para que en la iglesia haya una autocrítica profunda y un cambio que tenga el impacto de la Reforma protestante en su tiempo, se deben dar condiciones que son inexistentes en el actual orden de cosas institucional: una mirada renovada y relevante al texto bíblico, una comprensión inteligente e iluminadora de la cultura circundante y un contingente de conductores capaces de una tarea de tales proporciones.
Eso, por ahora, se ve imposible…
“Un pensamiento que no cambia la vida del lector es un pensamiento cosmético” (Michel Onfray, filósofo francés).

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