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Madurez y debilidad

“¡Desventurada condición de los hombres! Apenas el espíritu ha llegado al punto de la madurez, el cuerpo comienza a debilitarse.”
(Barón de Montesquieu)

No siempre es así, sin embargo. A veces el espíritu no llega a la madurez pese a los años. Y esa sí es una condición desventurada: hay quienes creen que la simple suma de los días otorga sabiduría y se jactan de su experiencia cuando, a todas luces, lo que ha pasado es que el tiempo no ha hecho más que profundizar su necedad.
El pensamiento que he citado en el epígrafe se refiere a quienes han crecido interiormente y han adquirido un sentido más completo de la existencia y ahí se topan con esta realidad: mientras el exterior se desgasta inevitablemente, la persona interior se renueva de día en día.
Este conflicto es en muchas maneras frustrante. Recuerdo de mi juventud haber pasado varias noches sin dormir para completar un proyecto o preparar y conducir un evento de proporciones. Bastaban unas pocas horas de descanso para proseguir la tarea. En estos tiempos el cansancio aparece más temprano que lo deseado y cuesta más culminar los emprendimientos del trabajo y de la vida. No pocas veces uno piensa cómo sería poder tener el cuerpo de los veinte o treinta años pero con la cabeza de hoy. Olvidamos que en la juventud uno jamás se plantearía esta cuestión: el presente es todo suficiente cuando no se ve el horizonte…
Es como cuando uno mira a unos señores cercanos a la década de los setenta conduciendo unos autos maravillosos por el centro de la ciudad: ¡qué lindo hubiera sido manejar uno de ésos en la juventud, sin importar lo inexperta e indocumentada que fuera!

En otros tiempos a mí también me estremecía la vejez, no quería ni mirarla. Me horrorizaban las enfermedades y ese lento proceso, entonces para mí aterrador, por el cual el cuerpo que nos acompañó vigoroso empieza a fallar… Como si se estropeara la armonía entre el alma y el cuerpo.
(Ernesto Sábato, La resistencia)

¡En la unidad está la victoria!

“Las puertas de Jericó estaban bien aseguradas por temor a los israelitas; nadie podía salir o entrar. Pero el Señor le dijo a Josué: « ¡He entregado en tus manos a Jericó, y a su rey con sus guerreros! Tú y tus soldados marcharán una vez alrededor de la ciudad; así lo harán durante seis días. Siete sacerdotes llevarán trompetas hechas de cuernos de carneros, y marcharán frente al arca. El séptimo día ustedes marcharán siete veces alrededor de la ciudad, mientras los sacerdotes tocan las trompetas. Cuando todos escuchen el toque de guerra, el pueblo deberá gritar a voz en cuello. Entonces los muros de la ciudad se derrumbarán, y cada uno entrará sin impedimento».” Josué 6: 1-5 (NVI).

Ante los muros de Jericó, el pueblo de Dios tuvo que unirse para dar varias vueltas durante siete días, al derrumbarse las inmensas murallas que tenían en frente de ellos pudieron ver la Gloria de Dios. ¡Qué gran victoria obtuvo Israel en ese momento! Pero te imaginas si uno de ellos hubiera dicho: “Me siento cansado, que tal si me quedo orando por ustedes para que Dios les de la victoria”. Tal vez la historia sería diferente, porque posiblemente muchos otros se hubieran sumado a ése pensar provocando así una completa división entre ellos, lo cual los debilitaría en número y en fuerza para cumplir su objetivo, pero como de antemano tenían la promesa de la victoria si cumplían con su parte, decidieron mantenerse unidos hasta el final.

Hoy por hoy, las cosas no han cambiado mucho, Dios sigue exigiendo la misma unidad a su pueblo, porque ante una iglesia unida no hay demonio que se resista y de ello está consciente satanás, por lo que ha sabido cómo entretener al pueblo de Dios haciéndonos caer muchas veces en religiosidad, en mentiras y mal entendidos que sólo promueven la división. Él sabe que la  unidad activa una fuerza mayor que ningún obstáculo podría detener porque todos batallan por lo mismo. Por tal razón él insiste en llevar a cabo sus planes, empezando aun por el más fuerte.

No sé por lo que tu ministerio o tu familia está atravesando en estos momentos, pero si aplicáramos esta frase: “La unidad hace la fuerza” todas las metas se cumplirían; la carga no estaría sobre una sola persona sino en varias y sería más fácil sobrellevarla. Además que si el enemigo se levantase en nuestra contra juntos lo aplastaríamos al instante porque estaríamos unidos en un mismo propósito. De lo contrario el egoísmo, el orgullo, no permiten que nos unamos sino que cada quien busque sus propios intereses, lo que da como resultado la separación.

Por supuesto que no es sencillo trabajar en equipo, cada quien tiene un pensamiento diferente y llegar a un acuerdo es cosa seria. Pero debemos entender que ésa es la manera que Dios ha elegido para ayudarnos a crecer y vencer a nuestro adversario.

Este es el tiempo de unirse como familia o como iglesia para ejercer fuerza contra los dardos del enemigo y alcanzar todas las promesas que se nos ha dado. Es hora de romper con el individualismo y promover la unidad, es momento de convencernos que somos miembros de un mismo cuerpo y que por lo tanto no debemos hacernos daño entre nosotros, ni dejarle la carga sólo a unos cuantos ¡Porque somos uno en Jesús!

“Otra vez os digo, que si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos.”

Mateo 18:19 (RVR)

Por Ruth Mamani.

 

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Enumeraciones

Nuestra pequeñez en la profunda inmensidad del universo. La cruda evidencia del cuerpo que se deteriora. El agudo filo del adiós sin retorno. La fría estocada de la razón sin sentimientos. Todo lo que termina, termina mal. Queda clara la inevitabilidad de la muerte. El descubrimiento de la mentira. La ilusión que se hace trizas en el duro cemento de la realidad. Nuestro nombre que no aparece en la lista ganadora.
Leemos el informe que dice que lo nuestro no tiene cura. Un niño muerto es fotografiado en la playa. Resultó que nuestro personaje inolvidable era un redomado estafador. Lo que abrazamos tibio y sereno devino tempestad y cenizas. La sonrisa era una mueca inventada. El amor se congela a la intemperie. Lo soledad es la única puerta sin llave.
El necio gana millones y tiene buena prensa y el sabio recibe una pensión miserable y es denigrado en las redes sociales. La patética reverencia que hay que hacer para conservar el puesto. El inmenso y flagrante imperio del mal. Las inmensas riquezas con su macabra estadística de almas muertas.
Es tan corto el amor y es tan largo el olvido. La mascarada de los discursos y las predicaciones. La hora del lobo y las ocho horas de insomnio. La violencia y el hambre que nunca dicen: “¡Basta!” Nos reducimos a una mínima pantalla táctil. La “Matrix” que está en todas partes y permea todo. Los ceremoniales hipócritas y las condecoraciones desvergonzadas. Los diligentes emprendimiento de la superchería. A veces, ¡qué ganas de no tener más ganas!
Las vanas repeticiones de slogans, clichés y lugares comunes en las solemnes convocaciones (“Las tiene aborrecidas mi alma”, dijo una vez Dios). Sísifo que sube una y otra vez la piedra a la cima del monte para verla, una y otra vez, caer.
Tenemos dolores de parto y damos a luz viento. El estremecedor sonido de la hojarasca en los pasillos de los templos. La picazón por escuchar. La avalancha de pronunciadores de palabras halagüeñas. Las Sagradas Tecnologías de la Información, al alcance de todo entendimiento y a precios módicos. El tremendo invierno que se viene y nosotros en tenida de playa. La arenga cultural de Goliat domina el teatro de la guerra y David anda en un congreso internacional.

La Calificación de Vejez Varía Según Nuestra Edad

Así como lo costoso de algo que vamos a comprar, depende de cuánto dinero tengamos disponible, también calificamos de “viejos” o “mayores” a quienes nos llevan más edad según la cantidad de años que tengamos.

Si recuerdas, probablemente cuando tenías ocho o diez años, alguien de treinta ya era viejo.

De hecho, siempre cuento un episodio que me ocurrió cuando tomé clases de submarinismo…algo que recomiendo a todo el mundo que haga; eso sí, con un buen instructor como el que yo tuve. Resulta que después de las clases de teoría, nos tocaba ir un día a hacer práctica en una piscina. Para ir, nos pidieron que fuéramos en la menor cantidad de autos posibles por la falta de lugares para estacionar. A mi me tocó irme con una pareja jovencita de novios, y le pregunté a ella, porque era muy linda, si no había pensado en ser modelo o si no había hecho comerciales o algo por el estilo. A lo que ella me respondió, que sí, que estaba en una academia de una mujer muy conocida allá en Venezuela, pero que se salió porque la querían poner con las viejas de 35 años….(PUÑO EN LA CARA) justo la edad que yo tenía en ese momento. ¡Ay, cómo duele! Pero me reí…ella no pensaba que yo tenía esa edad. (Qué bueno).

En fin, a medida que nos vamos haciendo mayores, alejamos más la edad para la cual calificaríamos a alguien de “viejo”.

Hay quienes dicen mayores, lo cual es más bonito. Hay quienes prefieren que les digan “más experimentadas (os)” pero lo cierto es que yo siempre he dicho que uno debe disfrutar cada edad al máximo y tratar de mantenernos activos. La juventud no se lleva en el cuerpo y en la manera de vestir, aunque vestir un poco más casual ayuda a vernos más al día. Es el espíritu el que a muchos nos mantiene jóvenes. ¡Mi mamá tiene 99 años! Sí, me tuvo ya grandecita…pero su espíritu es muy joven y es lo que la mantiene jovial a pesar de todas las inhabilidades físicas. Para mí aparte de tomar su cuidado como uno de mis propósitos en esta vida, es también un gran aprendizaje. Ver su fragilidad nos hace más amorosos y más dispuestos a servirlos y atenderlos con el mayor gusto del mundo. Yo digo que es mi bebé grandota. Me llena mucho cuidarla y atenderla.

Pero volviendo al tema de la calificación de vejez, les recomiendo primeramente respetar la experiencia, la madurez y las canas. No hablen de vejez, más bien de años de vida, de la hermosa madurez a la que todos al fin y al cabo vamos a llegar. ¡No lo olvides!

Tono menor

“En mi mente y mi corazón me siento y sigo siendo joven” dice una señora de cierta edad en una conversación informal con unos amigos. Comento que eso me parece muy bien siempre y cuando no se trate en esa suerte de negación social que impera en la cultura acerca de la vejez y de la presencia inocultable del deterioro del cuerpo. Después pensé que tal vez no era oportuno decir eso ahí mismo.
Me voy a mi casa y pienso en este asunto otra vez. Cuando cumplí sesenta años, el hecho me golpeó como ninguna otra transición de década en el pasado. Las inevitables evidencias del paso del tiempo están ahí, no las puedo ignorar. Por más jogging que haga, por más alimentación sana y ejercicios, el cuerpo es absolutamente honesto con el tiempo. No me sale vestirme con ropa deportiva y zapatillas air o lucir rozagante con ropa juvenil.
Sin duda que mi mente es más fuerte, más amplia, más educada. Los años han agregado algo de sabiduría pero también de conciencia de mis recurrentes carencias en las relaciones humanas, en la sensibilidad, en las costumbres, en los miedos. También se va haciendo más fácil pedir perdón o darme cuenta que le hago daño a veces a las personas y todavía busco maneras de aliviar esas aristas y esas debilidades.
Resisto con toda mi alma esa tendencia general a negar la vejez como una realidad. Suena lindo eso de los años dorados, de la mejor época de la vida, de que el tiempo es un estado mental. Pero el hecho es que efectivamente la vejez reduce los espacios y las posibilidades. Lo sabio parece ser aprender a gozar de las cosas que sí se pueden hacer todavía; sin embargo no hay que tener mucha inteligencia para entender que no se puede vivir con la misma intensidad de hace treinta años atrás.
Calidad en vez de cantidad también suena lindo, pero tiene un resabio de resignación parecido a aquel que contaba Benedetti en “La tregua”: cuando respondes a la pregunta de cuántos años tienes la gente te suele decir, “Pero usted es joven todavía”. Ese “todavía” suena como una sentencia.
La sabiduría, la paz, ese ablandamiento del carácter son, sin duda, algunas bendiciones de los años. Pero el cuerpo no es el mismo.
Qué quiere que le diga…

Este artículo ha sido escrito especialmente para la radio cristiana CVCLAVOZ)

Todos los fuegos el viernes

Sí, fuego de las entrañas que concita todas las esperanzas, todos los deseos, todas las frustraciones, todos los anhelos, todos los sueños truncos, todas las evidencias del cuerpo que se deteriora.
Fuego que no se acaba a pesar de que las palabras mueren en el recinto las más de las veces. El esqueleto ardido y la mente agotada a causa de la profecía que tiene que decirse aunque no provoque más que algún aleluya o un gloria a dios (que no es más que la pronunciación del desconcierto del que dice por la chita este hermano que habla tan bonito pero no le entiendo un pomo).
Fuego lento de las facturas antiguas que ya fueron canceladas pero que siempre guardan una copia en el archivo de atrás al que de repente uno acude porque a veces no se explica por qué las personas queridas sufren más de la cuenta y no hay manera de esquivar la idea de que algo tiene eso que ver con los condoros que uno se mandó tiempo atrás.
Fuego que se enciende en medio de la noche cuando aparece una idea que debe ser dicha pero dónde por el amor de Dios porque igual la gente sigue preguntando leseras y sigue diciendo las mismas cosas que han dicho desde hace quince lustros y no han cambiado un milímetro al poder temporal, a la cultura de masas, a la apropiación indebida de las mentes para que sirvan a los dioses de este siglo dócilmente y compren todo lo que tienen que comprar y crean todo lo que tienen que creer que no tiene nada que ver con lo que dicen que creen en el nombre del Señor.
Fuegos que se avivaron alguna vez por algunas horas y entonces nada, quién llama a mi puerta amor en esta noche le pregunto a mi almohada mientras pienso, no llama nadie amor ella responde sólo el silencio.*
Fuegos que finalmente se van enfriando y hay que comprar una camiseta manga larga de algodón de caffarena para conjurar la humedad de este invierno que había olvidado que podía ser tan terriblemente invierno justo el 21 de junio por estos lados del mundo.
Finalmente, fuegos de los cuales se puede hablar los días viernes cuando por una indulgencia que me concedo sin haber preguntado nada a nadie hablo cosas que no edifican a la grey.

* Poema que leí en una antología de autores de Valdivia, Chile.

(Este artículo ha sido especialmente escrito para la radio cristiana CVCLAVOZ)

Informe de coyuntura Nº 20

El alma no tiene sosiego de vivir ni consuelo de sentir. Todos los temblores de la piel y del cuerpo no tienen vocero designado por defecto. Hay tumulto de idas y vueltas, un desparramo de angustias y un borbollón de ansias que no tienen canal oficial. Se hace insufrible hasta el más mínimo respiro.
El cuerpo que se va enemistando día a día de la mente y que retrocede naturalmente hasta su última estación. El dolor de los achaques recurrentes de los cuales uno no tenía memoria antes de los cincuenta años. El ritual de levantarse de a poquito, convocando despacio la estructura de los huesos para coordinar la vertical y esperar que pase el agite de los latidos.
La pregunta recurrente para saberse querido o desechado, para entender si todavía por este rumbo vamos bien o estamos derrapando miserablemente. El círculo de los afectos que se achica y reduce consistentemente los compromisos de la noche y del fin de semana. El frío que se instala entre la piel y el esqueleto. Ensayar el cotidiano oficio de mantener distancia de cualquier desborde del sentimiento y la emoción.
La creciente decepción del sistema social. La ciudad poluta, los ruidos, los policías que te cobran por darte protección, la verdura que vale tres pesos en la chacra y que se vende a treinta en la góndola, los pitutos, los curros, los testaferros, los papeles de Panamá, los asesinos de mujeres, los perros abandonados, los homeless hopeless, la gente que pregunta leseras a los gurús mientras el mundo se desangra en las calles, la pelea por trepar en la escalera del éxito “cristiano”, el camello que no pasa por el ojo de la aguja, la ubicua obscenidad de la violencia, el odio y la mentira.
Los libros que te salvan cada noche con su universo paralelo, con su silencio prudente, con su olor de papel y fantasía. Las películas que te hacen pensar y las otras que anestesian por un rato el rigor de la conciencia. Alguna foto que evoca la esperanza que había en la vida antes y que se enfermó de desconsuelo.
Por último y no por eso menos importante, la discreta bendición del río, el helecho, la reverberación del sol a la tarde, la neblina en la cima de las montañas, la profusión de los árboles, las nubes y el viento, el aire, el agua transparente.

(Este artículo ha sido escrito para la radio cristiana CVCLAVOZ)

Oportunidad

Tantas cosas han pasado. Tanta vida. Tanto vuelo. Tanto viaje hacia lo desconocido. Descubrimientos y exploraciones. Constataciones inevitables y lecciones desagradables. La refriega por existir con cierta legitimidad. La búsqueda incansable de una verdad más humana. Los amores asumidos y su desaparición en el mundo de Nunca Jamás. La costra de los juicios previos y la pedagogía del terror. La huida y el silencio correspondiente.
A medida que sucede la vida se van cerrando las opciones y los recursos se van haciendo escasos. Van quedando menos oportunidades y se pone uno como esos gatos viejos que ahorran energía evitando movimientos innecesarios. En esa curiosa proporción inversa que es la existencia el entendimiento crece a medida que las fuerzas disminuyen. La evidencia de la precariedad del cuerpo es más fuerte que los deseos – la mayor parte del tiempo al menos.
A veces, a causa de un giro inesperado en el orden predecible de las cosas, se abre una puerta. Una oportunidad se presenta, la posibilidad de vivir una aventura extraordinaria que afortunadamente no requiere muchos créditos. No es frecuente pero sucede y cuando pasa se ilumina todo. Las viejas habilidades reviven. La mente se hace veloz y encuentra los recursos precisos en sus viejos almacenes; el esqueleto recuerda agilidades pasadas y se renueva en el movimiento exigido.
Regresan la risa perdida, las ocurrencias de pasillo y el gusto por el viaje. La pasión ha adquirido cierta sensibilidad, así que profundiza en lo importante y no se desgasta en la variedad. A diferencia de los años mozos se comprende el valor de la oportunidad por lo que en esos días irse a la cama temprano no es una lata sino una táctica inteligente.
Entonces, por algún tiempo, se relega al patio trasero esa vieja costumbre de la mirada plomiza y la conciencia de la levedad de la vida. Una brisa grata desplaza el encierro de las habitaciones y a veces incluso se sorprende uno tarareando una canción simpática en tono mayor.
Se ha presentado una oportunidad. ¿La aprovecharemos…?

(Este artículo ha sido escrito especialmente para la radio cristiana CVCLAVOZ)

6 pasos para amar tu apariencia

Vivimos rodeados de imágenes que nos dicen cómo debemos lucir si queremos ser amados y aceptados. En ocasiones, estos estándares de belleza son imposibles de alcanzar y lo único que producen es que las personas se sientan más y más inconformes con su apariencia. La idea del cuerpo ideal ha cambiado durante la historia, y en cada etapa, las personas han tratado de encajar en esos moldes. Sin embargo, ¿por qué no aceptamos nuestra apariencia en vez de querer ajustarnos a la concepción de los demás?

Cuando no estás conforme con tu cuerpo, amarlo puede resultar un poco difícil al principio. No obstante, esta es una decisión personal. Nadie más puede hacerlo por ti. Si estás listo para comenzar, entonces practica lo siguiente:

1. Piensa en la historia de tu cuerpo:

Cada cicatriz o marca, por más pequeña que sea, es parte de tu historia. Puede que éstas te traigan recuerdos y que algunos sean más agradables que otros, pero en conjunto, todos esos rasgos son parte de ti. En lugar de querer esconderlo o sentirte avergonzado por ellas, comienza a verlas como un símbolo de valentía y como un recordatorio de lo lejos que has llegado.

2. Recuenta las partes que te gustan:

Es muy sencillo hacer una lista de las cosas que te desagradan sobre ti mismo, pero ¿qué tal si haces una sobre lo que te gusta? Nadie puede decir que todo está mal en su cuerpo; de hecho, al hacer esta afirmación estás rechazando a tu Creador. Así que, separa un tiempo y mírate al espejo para destacar todas las partes que te gustan. Poco a poco descubrirás que eres más hermoso de lo que crees.

3. Evalúa si debes hacer cambios:

El cuerpo el es resultado del estilo de vida. Si tienes hábitos que debes cambiar, comienza a hacerlo desde ahora. Cuida de tu cuerpo por razones de salud y bienestar, más allá de la apariencia. Verás que esta motivación es más duradera y te ofrecerá mayor satisfacción que si lo haces por razones estéticas.

4. Deja de compararte:

No eres igual a los demás, por lo tanto, no esperes lucir igual que el resto. En lugar de observar lo que tienen otros, empieza a verte como un ser al que Dios ha creado y que no necesita la aprobación de un público. Si no te amas como eres, no esperes que otros lo hagan. Si Dios hubiera creado a todos los seres humanos de la misma manera; entonces nadie podría exaltar a su Creador con su belleza única.

5. Acepta la forma de tu cuerpo:

Hombres y mujeres tienen distintas formas del cuerpo. Algunos han comparado estas siluetas con formas geométricas, y ése es un buen método de comprender cómo puedes vestir tu cuerpo. Hay prendas específicas que van mejor con cierto tipo de cuerpo, y debes aprender a descubrir cuáles son. No te fuerces a utilizar algo que no te favorece; en lugar de eso, resalta tus mejores atributos y siéntete a gusto con lo que utilizas.

6. Disfruta de tus pasatiempos preferidos:

Que tu atención esté centrada en distintas áreas de tu vida, y no solo en tu apariencia. Recuerda que la actitud dice más de una persona que la forma en que se ve. Si comienzas a actuar positivamente, esto se verá reflejado en tu sonrisa; y no hay mejor atuendo que la alegría plasmada en tu rostro.

 

Este artículo fue producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Todavía…

Todavía hay libros. Trescientos o cuatrocientos mil nuevos títulos se imprimen cada año en el mundo. Todavía hay quienes se pierden en la seducción de la palabra en el papel y recuperan aunque sea por unos instantes la cordura ausente y la imaginación para esquivar así la locura enervante de aplicaciones y mensajes virtuales. Todavía hay libros viejos que se vuelven a leer y rescatan para uno el valor permanente de la memoria.
Todavía hay conversaciones cara a cara sin teléfonos encendidos ni miradas disimuladas al aparato mientras se habla. Todavía hay confidencias, confesiones, dramas y pequeñas alegrías charladas cuando se toma café en la cocina. Todavía existe la irremplazable bendición de hablar y escuchar en persona.
Todavía hay correos electrónicos, la última expresión de las cartas antiguas, donde uno puede meditar un poco lo que se ha leído y responder sin urgencias ni rayitas azules que acusan y fuerzan a responder lo primero que puedas pergeñar en tu cabeza. Todavía hay tiempo para reposar en una frase feliz o para crear una imagen lenta y profunda sólo por el gusto de leer al otro.


Todavía están las montañas, las nubes, el viento, el sol. Todavía hay el verde matizado, la niebla de las mañanas, el rumor del río, los pájaros, los algarrobos, los helechos, la alfombra olorosa del pasto mojado. Todavía uno se puede escapar de la ciudad, de su asfalto y de su cemento gris, escaparse de sus ruidos inmisericordes y de su agitación demencial. Todavía hay algún sitio debajo de los sauces, un risco donde observar la lenta manifestación de la luz, un arroyito entre las piedras y descansar de la letanía de los días iguales.


Todavía tenemos espacios de soledad para escondernos de las demandas de los teléfonos, huir del ruido de la televisión, apartarse de las conversaciones estridentes y las risas sin asunto, refugiarse y poder pensar un poco sin la presión de la presencia. Todavía hay, por lo menos, el patiecito minúsculo detrás de la cocina donde sentarse a esperar que descienda el ritmo de los latidos, para reconocerse de nuevo como alguien singular, para tomar conciencia del cuerpo, de la patente humanidad.
Todavía…

¿Cómo están tus fuerzas?

¿Recuerdas el dibujo animado “Popeye el Marino”? A pesar de la variedad de capítulos que este dibujo presentaba, tenía algo en común que sobresalía en todos sus episodios: cada vez que no podía vencer una situación difícil o se sentía debilitado sacaba una lata de espinacas y comía  todo el contenido, recuperaba sus fuerzas y en seguida enfrentaba al enemigo.

Me pareció interesante recordar este personaje, puesto que nos ayudaría mucho a entender cómo el Señor quiere que prioricemos su presencia en estos tiempos. Muchas veces estamos debilitados por las circunstancias difíciles que enfrentamos en el camino, nos angustiamos, lloramos sin saber qué hacer  pero olvidamos buscar a  Dios, quien nos puede dar nuevas fuerzas.

El da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas. Los muchachos se fatigan y se cansan, los jóvenes flaquean y caen; pero los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán.” Isaías 40:29-31

¿Cómo podremos ser restaurados y recibir nuevas fuerzas de lo alto? Nuestro cuerpo  se debilita diariamente  y es por este motivo que cada día necesitamos alimentarlo, si dejamos de comer por un tiempo seremos débiles y necesariamente tendremos que consumir alimentos  para que nuestro organismo se restaure. Así también es nuestro espíritu, necesita alimentarse diariamente de Dios, en oración y lectura de su palabra.

¿Te encuentras fuerte o débil espiritualmente? Si estas enfrentando una situación complicada, estás cansado y no tienes fuerzas para continuar, no es tarde para recuperarte y cargarte de energía. En este momento ponte de rodillas, pide perdón al Señor por haberte alejado y para recibir nuevas fuerzas. Después de una plática sincera aparta un tiempo para leer su palabra, porque también Él tiene algo para decirte.

¡Si quieres vencer, recupera las fuerzas!

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Imposible de esconderte

A los niños pequeños les encantan los juegos, hay uno que me llama la atención por la inocencia de ellos;  es el juego de las escondidas, a pesar que son tan obvios de encontrar suelen esconderse tapando sus ojos o su cabeza con algo, y claro que nosotros les hacemos creer que no los encontramos.

Como estos niños también nosotros solemos intentar escondernos de Dios cuando le fallamos o pecamos; aunque en el fondo de nuestro corazón queremos estar en paz con Él la vergüenza nos aleja.

Puede que hayas hecho algo que te avergüenza y te ocultas de Dios, dejas de orar poco a poco, dejas su Palabra y crees que así Él no sabrá nada de ti, sin embargo es un engaño; el Salmo 139 habla respecto a la omnipresencia y omnisciencia de Dios, el versículo 7 dice: ¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? y continua indicando los lugares posibles donde esconderse: subir al cielo o bajar a lo profundo de la tierra, o ir al este o al oeste, o esconderse en la obscuridad de la noche pero ninguna es apta para esconderse. Dios está en todo lado por más que intentemos ocultarnos de Él.

Antes de escondernos de Dios sería mejor ser humildes y reconocer nuestro error confiando en Su perdón: “Así que acerquémonos con toda confianza al trono de la gracia de nuestro Dios. Allí recibiremos su misericordia y encontraremos la gracia que nos ayudará cuando más la necesitemos.” Hebreos 4:16 (NTV)

Así como es imposible ocultarnos de Dios cuando le fallamos es también imposible escondernos de su gracia y amor, aunque huyamos Él nos hablará de diferentes maneras para que volvamos a su camino.

¡Su amor nos alcanzará!

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

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