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Se verá que no

Harta de la complacencia y el talante indolente, el alma se subleva.

Escribe la crónica de la sangre, el relato de la injusticia, la historia de los pasillos donde la grey susurra su desamparo.

Pero es en vano.

Como decíamos cuando éramos chicos, “no hay coté”, no está el horno para bollos.

La multitud prefiere la paz de la soberana medianía. Al fin y al cabo, se dice a sí misma, las cosas siempre han sido como son.

Se alinea con las noticias y las tendencias de la red social, se divierte con memes y videos, deposita su voto al mejor postor porque vota al que le dé.

Traga discursos carismáticos, oxidadas consignas setenteras y televisión farandulera.

Transita por las anchas avenidas del sentido y el lugar común.

A la inmensa mayoría le irrita la provocación de la diferencia, la mirada otra, la confrontación del pensamiento y la exigencia de las letras.

Para la gente está bueno que las cosas cambien un poco para que todo siga siendo igual.

(Vive y deja vivir, no te metas, no agites el gallinero, no vayas donde no te llaman, vuelve a tu cubil, lobo estepario, rebelde malagradecido. Aquí las cosas marchan como deben, cada uno cumple su papel, todo marcha viento en popa y al final vamos a ganar y si no lo crees, peor para ti.)

Así que éste no parece ser mi lugar. Es más, a lo mejor no existe tal lugar y lo único que me pasa es que padezco una rara enfermedad que se me contagió una mañana debajo de unos manzanos silvestres.

Me iré entonces acurrucando al amparo de la poesía, compañera fiel igual que los libros. Me voy a apotincar en la temperada caricia del recogimiento y voy a buscar el abrazo cada vez más simpático de la soledad.

A lo mejor habría que hacer caso del consejo “No agites, hermano”.

Entonces, a hacer no más la pega de todos los días, seguir desayunando en Amélie (los domingos en Marzola) y aparentar que me quedo en el molde.

Un día, cuando me vaya, se verá que no.

Solo pero acompañado

“No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia” Isaías 41:10 (RVR 1960).

Algunas circunstancias de la vida pueden hacernos sentir el sabor amargo de la soledad en toda su intensidad. Ya sea que se trate del abandono por parte de un ser querido, una dolorosa pérdida o bien porque un hijo se fue de la casa, de cualquier manera nos sentimos invadidos por el sentimiento de soledad.

Así le pasó al apóstol Pablo, un gran líder, lleno de la presencia de Dios, pero justamente el día que tenía que presentarse ante el juez, él necesitaba más del apoyo de sus amigos; en cambio todos lo desampararon. ¡Cuántas veces nos hemos sentido así, con un gran sentimiento de soledad que nos produce angustia! Pero a pesar de esto, Pablo se aferró a Dios, al punto de afirmar: “En mi primera defensa ninguno estuvo a mi lado, sino que todos me desampararon; no les sea tomado en cuenta. Pero el Señor estuvo a mi lado, y me dio fuerzas (…) 2 Timoteo 4:16-17 (RVR 1960) En esos tiempos, en los cuales, la soledad se hace presente pretendiendo consumirnos, debemos recordar que Dios está con nosotros, Él no nos desampara, además de ello nos da fuerzas para seguir el camino que tenemos por delante.

Por Neyda Cruz


El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Artículo producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

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