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El beneficio de las heladas

Un joven invirtió todo lo que tenía en un huerto de melocotoneros, el cual floreció precioso en la primavera siguiente; pero luego vino una helada y los árboles quedaron completamente desnudos.

El muchacho había asistido a una iglesia con toda regularidad, pero pasaron tres domingos sin que estuviera presente en el servicio. Así que su pastor fue a visitarlo, y durante la conversación hizo notar el hecho de sus ausencias.

        – No pienso asistir más a la iglesia – fue la respuesta- ¿Cómo puedo adorar a Dios cuando ha dejado que todos los melocotoneros del huerto se quedaran sin flor?

El ministro hizo un gesto inevitable de pena al oír esto, pero luego le dijo con cariño:

          – Dios te ama más a ti que a los melocotones. Él sabe que aunque los melocotoneros van mejor sin heladas, es imposible que un hombre crezca en bondad sin sufrir contrariedades que pongan a prueba su fe.

A ninguno de nosotros nos gusta pasar por pruebas, nadie espera ansioso que vengan las dificultades; por el contrario, cuando éstas llegan entramos en crisis y solemos desesperarnos buscando una salida.

Sin embargo, es en tiempos de prueba cuando  Dios puede trabajar mejor en nuestras vidas. Al principio podemos pelear, enojarnos, reclamar, etc.  pero llega un momento inevitable,  en el que estamos tan cansados, tan agotados, que solamente nos queda rendirnos a Dios y entregarle nuestras dificultades. Cuando hemos dado ese paso y permitimos que Dios tome el control, es que podemos avanzar.

Muchas veces tenemos la impresión de que Dios no nos escucha, que no responde nuestras oraciones, pero en ocasiones nos hace esperar un poco para que aprendamos a buscarlo a Él sobre cualquier dificultad. Dios no quiere que sólo acudamos en su búsqueda cuando hay problemas o que lo veamos como si sólo estuviera para salvarnos de los apuros, sino que quiere tener una relación cercana con cada uno de nosotros, que lo conozcamos por lo que Él es, no sólo por lo que puede darnos.

“Amados hermanos, cuando tengan que enfrentar cualquier tipo de problemas, considérenlo como un tiempo para alegrarse mucho porque ustedes saben que, siempre que se pone a prueba la fe, la constancia tiene una oportunidad para desarrollarse. Así que dejen que crezca, pues una vez que su constancia se haya desarrollado plenamente, serán perfectos y completos, y no les faltará nada”. Santiago 1: 2-4 (NTV)

Cuando estés enfrentado pruebas, cuando una helada llegue a tu vida,  mantente sereno y agradécele a Dios porque sin duda ahí es cuando más crecerás y cada vez estarás más cerca de ser lo que Él planeó para tu vida.

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Invierno

El invierno se va metiendo de a poco en los huesos, que con los años adquieren una sensible fidelidad a sus humores de viento y humedad. Va tiñendo de gris el orden de los álamos y la silueta de los edificios. Adquiere a veces unas heladas y vaporosas tonalidades de rosa y blanco en el lento martirio del atardecer.

Va silenciando el entusiasmo y las ganas. Se dirige uno a esconderse bajo las cobijas más temprano porque el cuerpo ya no tiene las ocupaciones de la juventud y tampoco está interesado en ellas. Se sorprende uno de saber que hay gente que se quita la vida en primavera, cuando en realidad son estos días ateridos los que convocan a esas sombrías aspiraciones del ser desnudo.

Hubo una época en que la lluvia tenía un magnetismo salvaje para mis emprendimientos creativos, para mi prosa sensible; como que no era sólo la cara que me limpiaba su líquido discurso vertical, sino el alma misma, ya tocada por los remordimientos aprendidos y la conciencia de los rituales. La lluvia abría para mí la maravilla de los helechos y la bruma que coronaba los cerros de Licán Ray y sentía entonces que podía poseer lo que quisiera. Ahora nada más me moja los zapatos, me enfría los pies y me provoca romadizos y congestiones interminables.

Buscaba la caricia del frío, las notas del viento, el amparo del nubarrón llamándome a los límites de la fantasía, fuera en la estación de San José de la Mariquina o en la ribera del río Calle Calle. Era un camino de conquista para lo único, lo singular, lo independiente, lo lejano, libre al fin de conceptos, razones, equilibrios, compensaciones y correspondencias.

Entonces, que los años pasan olvidé y que el tiempo vuela recordé se hizo más que frase de canción. Devino toma de conciencia – había que abrigarse, había que reconocer el imperativo de la piel adelgazada y frágil, había que sucumbir ante la realidad de los huesos y de la carne marchita. Había que aceptar y no negar. Entonces el invierno fue perdiendo su magia y ahora no es más que el anuncio de ciertos estados febriles, de algunas sinusitis inoportunas y de recogerse temprano.

Pero jamás, absolutamente jamás la bolsa de agua caliente y los calzoncillos largos. Uno todavía retiene alguna dignidad…

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