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30 de noviembre

La sutil arruga del calendario, ese testigo implacable. “Usted se ve joven todavía”, con ese “todavía” que – observa Benedetti – suena como una sentencia.
La hojarasca de los desencuentros que cruje bajo los pies cansados.
La experiencia que no le sirve a uno porque la vida del otro es otra, así de simple.
Las palabras que en el tiempo se han perdido.
Ese nunca más que igual volvió a pasar. Ese siempre que duró unas semanas.
Las lealtades, esas viejas lealtades que no resistieron el peso de la mente turbada y de las distancias imprescindibles.
Toda aquella parafernalia de discursos, proclamas emocionadas y compromisos solemnes que no alcanzaron a la hora de las esperanzas.
Las dudas tenaces sobre los viejos asuntos y las convicciones recientes que también van a morir en el altar del “así es la vida”.
La persistencia del esqueleto como precaria evidencia del ser que éramos.
Esas ganas de irse y la comezón de regresar. Recoger todo y mudarse para volver a armar todo de vuelta.
El aeropuerto, la terminal de ómnibus, la estación del tren, el camino, el viaje impenitente. Esa paradoja de costumbre y desapego con espacios y lugares. La esquiva adquisición de un lugar en el mundo.
Las ilusiones perdidas.
La creciente adversidad entre el deseo y las realidades del cuerpo. Los sofisticados procedimientos para detectar sus inclementes y poco elegantes asuntos.
La creciente intolerancia a las cosas que siempre fueron parte de la vida. El imprevisible humor de glándulas, conductos y mecanismos corporales.
La cruda constatación de la suma de los días.
La persistencia de la memoria, la patente fidelidad de sus registros: lo querido, lo tenido, lo perdido, lo retenido, lo abandonado, lo deseado, lo detestado.
A veces se cosecha lo que nunca se sembró; otras veces, en vez de frutos abundó maleza y cascajo.
Personas, motivos y sensaciones remotas aparecen de repente en el sueño intranquilo con su rémora de nostalgias, abrazos y miedos.
La esperanza, que nunca parece aprender lecciones, reverdece alguna mañana y perfuma un poco los días.
Una frase ingeniosa, un cumplido inesperado, un agradecimiento tardío endulza de tanto en tanto las cosas.
A veces, los viejos lugares, los sitios de antes, algunas personas queridas alisan un poco la agreste superficie de los años.
30 de Noviembre.

Sonatina en Fa Mayor

Ilusiones de la conquista suprema cuando no teníamos ni para comer y nos cortaban la luz y el agua. Catorce canciones aprendidas de memoria en la guitarra para prologar el discurso de la perfección y el entusiasmo. Porque no teníamos nada y queríamos hacerlo todo postergamos el sueño de la casita y de las niñas que querían estudiar teatro, danza moderna e historia del arte. Metimos la vida en cuatro valijas y nos fuimos por unos andurriales de campo, campamentos de pobres y países extraños a pelear las batallas del conocimiento. La guitarrita Yamaha, las canciones y las palabras eran el arte material del proyecto.
De a poco se fue cayendo el ideal porque fue tropezando con las realidades del poder, de la plata y de las obligaciones naturales que corresponden a toda persona madura y responsable. Al final, como todas las calaveras del mundo, ésta también era ñata y no quedó más remedio que aflojarle a las sostenidas lealtades, a la ventana diez cuarenta y al amanecer dos mil. Nos fuimos silenciosamente una tarde de sábado en un camioncito prestado y empezamos todo de nuevo, diecisiete años tarde. Ya no había mucho hilo en el carrete así que hubo que ajustar – de nuevo – las posibilidades y cada quien en esta familia fue encontrando el caminito que pudo.
Tantas horas dedicadas. Tantas palabras escritas, habladas, grabadas. Los mezquinos y ocultos asuntos de la política institucional. La triste disonancia entre el discurso y la praxis. El control abierto o disimulado de la dirigencia para mantenerse en la posición. Las angustias confesadas en los pasillos y el ruido de botas entre la tropa frustrada. Nuestros patéticos pecados escondidos. La amistad que no fue más que camaradería funcional al proyecto y después “Sí. Te vi, pero como ya estás en otra cosa, no me acuerdo.”
A veces, en el cansancio de los días, viene una como nostalgia de las formidables batallas, de los triunfos monumentales, de las posibilidades de penetrar la dura costra del tiempo presente. Como que huele uno el olor de los antiguos combates y algo se excita dentro del alma del conquistador.
Pero no es más que eso: añoranza que dibuja un lindo – y breve – arco iris después de la tristeza nuestra de cada día.

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