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¿Cómo vivir con manías?

Me refiero a las manías o mañas que todos tenemos. A algunos no les gusta salir de su cuarto si no han hecho su cama. Hay quienes no pueden ver una gota de agua en el piso. Hay personas que revisan las puertas y ventanas de la casa tres veces antes de irse a dormir. Hay personas que no pueden conciliar el sueño si dejaron un plato o un vaso sucio en el fregadero. Hay quienes necesitan que todos se quiten los zapatos al entrar en su casa, aunque no tengan alfombras. Les da asco pensar que han pisado cualquier cosa en la calle y la traen aunque sea en partículas microscópicas a la casa. En fin, somos muy maniáticos.

Lo peor es que siendo mañosos, tendemos a criticar las manías de los demás. ¡Somos un caso sin remedio! Es la tendencia “natural” que tenemos de criticar las cosas que no son como nosotros queremos que sean o como las hacemos nosotros.

Todo eso es verdad para muchos casos. Hay cosas que realmente son mejores que otras. Al menos para algunos. Definitivamente una casa limpia es mucho mejor que una casa sucia. Un baño limpio no solo es mejor, es más saludable que uno sucio. Y aunque todos los extremos son malos, o como digo en la hora de “Ni Más Ni Menos” por CVCLAVOZ, la radio que se ve: “todos los excesos son malos”, es un hecho que el descuidar algo en una habitación, en una casa, en una urbanización, en una ciudad y hasta en un país, puede generar el inicio de un caos.

¿No se han dado cuenta ustedes? Estuve viendo un video que me enviaron por WhatsApp que se llamaba la ventana rota. Y es como un síndrome de que si se rompe una ventana en una casa y nadie la repara, poco a poco se irán rompiendo otras cosas y llegará el momento en que será una casa abandonada.

De la misma manera las personas, los autos, y llegan a hacer referencia a un país. Cuando se permite la corrupción, la desidia, la traición y el descuido, el desamor, la falta de patriotismo, vemos lo que ocurre. Una vez mas traigo a mi país a la historia. Venezuela. Es lamentable.

Pero volviendo a nuestras mañas, por ejemplo las parejas se tienen que adaptar a tantas cosas de cada uno. A él le gusta la tapa del inodoro arriba. A ella abajo. A él le gusta exprimir la pasta de dientes a la mitad o donde sea, a ella le gusta presionarla desde el inicio hacia la salida. A él le gusta dejar lo que se quita del día extendido refrescándose hasta que se airee y luego meterlo en la cesta de la ropa sucia, solo que casi siempre se le olvida…y a ella le parece que eso es dejar la ropa tirada por todas partes.

Una vez más digo que todos los excesos son malos. Yo siempre he dicho que mi casa es lo suficientemente limpia para ser saludable y lo suficientemente sucia como para ser felices. Porque cuando se tiene la manía del orden y la pulcritud al extremo, y más aún si se tienen niños, pues es un sufrimiento. No puedes tener una casa impecable con chicos o con mascotas y ser felices. Es como una contradicción.

Yo confieso varias de mis manías:

-Cuando lavo los platos me gusta lavar primero las cosas de vidrio y con agua bien caliente. Luego no me gusta que se salpiquen porque les quedan las manchas de las gotas.

-Lo de la pasta de dientes es mi manía también. De exprimirla de abajo hacia la salida y enrollar el tubo. Hasta he comprado unas pincitas que lo pisan y se enrolla con ellas.

-Si se me rompe una media, las boto. Las dos. Y tengo muchas más… pero díganme:

¿Cuáles son tus manías en casa? Déjame saber. Me encanta conocerlos un poco más.

Gracias por leer el artículo.

 

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido para radio cristiana CVCLAVOZ.

Los locos

Suelen repetir ciertas palabras o frases como mantra, como oración sin destino, como conjuro contra la cordura: la guerra del Peloponeso, ajonjolí, y así sucesivamente, mandrágoras, porque era una gotita, mirá vos qué loco, y etcétera, etcétera, etcétera. En realidad, son parchecuritas caseros para el alma lastimada que no irritan la piel y se salen solos a la hora de la realidad.

Se quedan congelados frente a los veloces argumentos y los sofismas de la razón pura, a las preguntas a quemarropa. Nunca aprendieron a construir barricadas para defenderse de las evidencias empíricas y los pragmatismos del sistema y del tiempo presente.

Les cautiva la hojita que de allá para acá mueve el capricho del viento de la tarde. La reverberación del sol entre los álamos a las siete de la tarde en el verano les atraviesa la garganta y les humedece los ojos. Nunca están hartos del helecho húmedo de Trafún y de la planicie inerte de Atacama.

Los locos no presumen de banderas, de convicciones indestructibles, de teoremas para justificar la dictadura de las doctrinas y de los señores, de verdades inalterables, de consecuencias a ultranza ni de “¡ay Jalisco, no te rajes!” por la sencilla razón de que están locos.

Se olvidan de los nombres de las personas y de las últimas conversaciones por lo que frecuentemente hacen preguntas o afirmaciones sobre el tema que acaba de hablarse. Tienen manías prematuras, dientes atribulados, oídos cojos, manos temblorosas y una corbata que recibieron de regalo hace treinta años que nunca usan pero se rehúsan a tirarla o regalarla.

Según observadores y observadoras sagaces, suelen derrapar estrepitosamente y hacer lío con palabras, gestos o silencios inexplicables que no se condicen con la supuesta fortaleza de sus mentes brillantes, de modo que quedan serias dudas acerca de las mismas. No echan raíces en ninguna parte porque simplemente no pueden ni quieren. Se juran a sí mismos que esta vez sí que sí o que esta vez sí que no y nunca es así.

Debido a éstas y muchas otras razones, los locos son los prospectos menos recomendables para cualquier empresa seria y constante.

Por lo mismo: porque están locos.

(Ilustración: Old man with fishes)

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