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Escuchar y obedecer

Pedro era un experto pescador, alguien que conocía bien ese trabajo, pero después de pescar toda la noche junto a sus compañeros no habían conseguido nada nada. Parecía en vano el trasnoche, el trabajo, el cansancio, soportar el frío y permanecer encima de una barca.

Resignados y tristes, Pedro y sus compañeros lavaban sus redes al amanecer. Pero justo ese día Jesús estaba a orillas del lago enseñando la palabra de Dios y cuando terminó de hablar, le dijo a Pedro:

“Lleva la barca hacia aguas más profundas, y echen allí las redes para pescar.” Lucas 5:4. (NVI)

¿Qué? ¿Volver de nuevo al lago para no pescar nada? ¿Acaso Jesús no se daba cuenta que estos pescadores ya no tenían fuerzas y que necesitaban descansar? ¿Es el momento indicado para decirles que vuelvan a las aguas profundas y que echen sus redes? Estuvieron en el mar toda la noche y no pescaron nada.

Pedro tranquilamente podría haber mostrado su enojo o ignorar las palabras de Jesús, pero vio autoridad en Él y dijo: “como tú me lo mandas, echaré las redes.” Lucas 5:5. (NVI)

En vez de molestarse y desobedecer, escuchó pacientemente y decidió obedecer. ¿Qué pasó después? Las redes se llenaron de tantos peces que comenzaron a romperse. Tanto, que tuvieron que pedir ayuda a los compañeros de la otra barca y aun así las dos barcas estaban llenas de peces y a punto de hundirse. (Lucas 5:6-7)

Cuán importante es saber escuchar a Dios y obedecer, Él mismo dijo: “Mis ovejas oyen mi voz y yo las conozco, y me siguen.” Juan 10:27.

Nuestra capacidad o experiencia, nunca será suficiente para resolver las situaciones difíciles que enfrentamos en la vida. Necesitamos ser pacientes, escuchar la voz de Dios y obedecer.

Quizás has luchado por años por tu familia y hoy estás resignado. Tal vez tienes problemas con la salud y piensas que no hay esperanza. Posiblemente crees que tu esfuerzo por buscar la solución a tu problema es en vano y piensas rendirte. Hoy te animo a escuchar la voz de Dios y obedecer.

El Señor dice: “Mis ojos están puestos en ti. Yo te daré instrucciones, te daré consejos, te enseñaré el camino que debes seguir.” Salmos 32:8 (DHH)

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Artículo producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

¿Conoces las maravillas de Dios?

Una de las cosas que me fascina hacer en la vida es viajar, porque cada vez que visito un nuevo lugar puedo observar las maravillas del Señor.

Recuerdo la historia de una amiga que estaba delicada de salud pero tenía muchos deseos de conocer el mar; por esta razón, antes de morir pidió el apoyo de sus padres y doctores para salir del país. Su madre cuenta que cuando vio el mar y el hermoso paisaje que brindaba la playa, ella dijo: “Mira lo que hizo Dios, que maravilloso es Él”.

Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos. Un día emite palabra a otro día, y una noche a otra noche declara sabiduría.” Salmos 19:1 (RVR 1960)

Al observar la naturaleza podemos darnos cuenta de lo maravilloso que es Dios, los mares, ríos, cascadas, animales de diferentes tipos y color, el hermoso plumaje  de las aves y  la piel de los reptiles; incluso el organismo humano, cada parte de nuestro cuerpo tiene un propósito. Todo esto nos muestra una excelente obra que no pudo ser  producto de una explosión.

“¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? Házmelo saber, si tienes inteligencia. ¿Quién ordenó sus medidas, si lo sabes? ¿O quién extendió sobre ella cordel? ¿Sobre qué están fundadas sus bases? ¿O quién puso su piedra angular…” Job 38:4-6 (RVR 1960)

En este pasaje encontrarás muchas preguntas más que el Señor hace a Job sobre la creación, por lo que este hombre se da cuenta de lo poco que conocía a Dios y también es una reflexión para nosotros, te invito a leer todo el capítulo 38 de Job.

En esta oportunidad quiero animarte a meditar sobre la grandeza del Señor, te animo a visitar un lugar donde se manifieste su naturaleza, el mar, áreas verdes, flores, paisajes o simplemente el amanecer; mira en su creación, lo grande y majestuoso que es Él, y comienza a alabarlo.

¡Dale gracias por la obra de sus manos!

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Artículo producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

¿Sabías que otros sufren por tus errores?

¡Qué terrible es sufrir por algo que no hiciste! Podría recordarte a tu infancia, cuando tus padres castigaban a todos sus hijos hasta que el culpable confesara su fechoría. También sucede cuando un docente suspende a varios estudiantes por la indisciplina de uno. ¿Sabías que en estos momentos otros sufren por tu causa?

La palabra de Dios dice: “Vino palabra de Jehová a Jonás hijo de Amitai, diciendo: Levántate y ve a Nínive, aquella gran ciudad, y pregona contra ella; porque ha subido su maldad delante de mí. Y Jonás se levantó para huir de la presencia de Jehová…” Jonás 1:1-3 (RVR 1960). El Señor buscaba a Jonás para que realizara un trabajo, pero él no escuchó y prefirió escapar de su presencia.

Pero Jehová hizo levantar un gran viento en el mar, y hubo en el mar una tempestad tan grande que se pensó que se partiría la nave. Y los marineros tuvieron miedo, y cada uno clamaba a su dios; y echaron al mar los enseres que había en la nave, para descargarla de ellos.

Pero Jonás había bajado al interior de la nave, y se había echado a dormir. Y el patrón de la nave se le acercó y le dijo: ¿Qué tienes, dormilón? Levántate, y clama a tu Dios; quizá él tendrá compasión de nosotros, y no pereceremos.” Jonás 1:4-6 (RVR 1960).

Jonás subió a una nave para ir a un lugar contrario al que Dios le había mandado, pero cuando se encontraba en medio del mar, vino una terrible tempestad, a tal grado que el barco estaba a punto de partirse; las personas de la barca estaban asustadas, por lo que cada uno buscó clamar a su dios, situación que empujaba a Jonás a arrepentirse.

Y aquellos hombres temieron sobremanera, y le dijeron: ¿Por qué has hecho esto? Porque ellos sabían que huía de la presencia de Jehová, pues él se lo había declarado. Y le dijeron: ¿Qué haremos contigo para que el mar se nos aquiete? Porque el mar se iba embraveciendo más y más.

Él les respondió: Tomadme y echadme al mar, y el mar se os aquietará; porque yo sé que por mi causa ha venido esta gran tempestad sobre vosotros.” Jonás 1:10-12 (RVR 1960).

Las personas que se encontraban dentro la barca estaban enfrentando una terrible crisis por la desobediencia de Jonás, al enterarse de esta realidad, tuvieron temor a Dios, por lo que echaron a Jonás de la nave y la tempestad se calmó.

Podríamos estar viviendo la historia de Jonás ¿estamos obedeciendo o huyendo de Dios? ¿Lo escuchamos o ignoramos? Lamentablemente si dejamos de escuchar al Señor no sufriremos solos las consecuencias, sino también las personas que nos rodean ¿Cuántas familias se encuentran en crisis porque un miembro del hogar se ha revelado contra el Señor?

En esta oportunidad quiero animarte a tomar la decisión de “escuchar a Dios y obedecer” No hagas oídos sordos, recuerda que si no estás con Cristo estás contra Él, si no recoges, solamente desparramas. Levántate, y si no tienes fuerzas para luchar por ti mismo, lucha por las personas que amas.

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Preguntas que fastidian

En una ocasión observé la imagen de una chica que se había caído de una bicicleta, entonces su acompañante le pregunta: ¿Estás bien? Y ella responde en forma graciosa: “Sí, solamente me quebré el brazo” Considero que a nadie le gustaría responder esta pregunta en ese estado, y a través de una fotografía cómica se manifiesta lo absurda que puede llegar a ser esa pregunta en una situación así.

Otros ejemplos se pueden observar con preguntas como: ¿cuándo te vas a casar? En el caso de un soltero, o cuando estás casado: ¿cuándo van a tener hijos? ¿Estás embarazada?

Tenemos un año de matrimonio, estoy felizmente casada, pero aún no está en nuestros planes una descendencia; sin embargo, a donde vamos debemos responder estas dudas y realmente es cansador.

La palabra de Dios dice: “Cada uno de nosotros agrade a su prójimo en lo que es bueno, para edificación.” Romanos 15:2 (RVR 1960)

Es este aspecto, muchos cristianos se acercan con buenas intenciones a preguntar, pero la realidad es que en lugar de ayudar a veces fastidiamos a los demás. Por esta razón, es fundamental ser sabios, de tal manera que edifiquemos con nuestra presencia a los que nos rodean.

Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos.” Marcos 12:30-31 (RVR 1960)

En este pasaje bíblico el Señor manifiesta dos mandamientos que son mayores que cualquier otro; el primero es amar a Dios con todo nuestro ser y el segundo es parecido: “amar al prójimo como a ti mismo”. En este sentido, es preciso analizar si amo a las personas que me rodean: ¿Los trato como a me gustaría que me traten? ¿Me pongo en su lugar?

En esta oportunidad te animo a obedecer la palabra de Dios mostrando amor a tu prójimo pero con sabiduría; es decir, trátalo como te gustaría que te traten, preocúpate por ellos siendo de edificación y agrado para su vida, recuerda que un hijo de Dios debe buscar ser de bendición y no una piedra en el camino.

 

 

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Contra la orden

El mar agitado choca contra el barco de carga con todo su poder, al parecer este era el fin, el fin de tantos sueños, de tantas palabras y promesas, su futuro dependía de ese barco y su estabilidad, las personas gritaban y corrían de un lado para el otro con el objetivo de aligerar la carga, esa escena parecida a una película del año 2000 “la tormenta perfecta”,  podía asustar hasta al hombre más valiente del planeta, solo que la diferencia era la existencia de un culpable, Jonás.

Muchas veces ocurre que Dios nos quiere decir algo, pero colocamos excusas y nos sumergimos en nuestras actividades, navegando en nuestra barca sin un sentido claro en la vida cuando en realidad debemos escoger por lo mejor, tenemos la osadía de volcar nuestra mirada e ir contra la orden del Creador.

Solo cuando las cosas no salen como queremos y nuestras acciones perjudican a otros nos damos cuenta de que algo estamos haciendo mal y decimos – ¡Señor, que sucede! –

Nos engañamos a nosotros mismos pensando que hacemos la voluntad de Dios cuando en realidad hacemos lo que queremos como un niño encaprichado por una golosina, cuando nos damos cuenta estamos en medio de la tormenta y la única solución es… que nos tiren al mar (rendir nuestro orgullo).

“Y tomaron a Jonás, y lo echaron al mar; y el mar se aquietó de su furor”. (Jonás 1:15)

Y nuestras perspectivas cambiarán, no moriremos porque Dios es nuestro guardador, solo que Él quiere trabajar en nuestras vidas y tiene algo especialmente preparado para nuestro crecimiento.

“Pero Jehová tenía preparado un gran pez que tragase a Jonás; y estuvo Jonás en el vientre del pez tres días y tres noches.” (Jonás 1:17)

Jonás reconoció la soberanía de Dios, allí dentro del pez, es como si el viejo Jonás hubiera muerto y se preparara el nacimiento de un nuevo Jonás que obedecería a Dios cueste lo que cueste, aún así el profeta sabía que Dios no lo desampararía.

“Descendí a los cimientos de los montes; la tierra echó sus cerrojos sobre mí para siempre; mas tú sacaste mi vida de la sepultura, oh Jehová Dios mío”. (Jonás 2:6)

El gran pez vomitó a Jonás cerca a Nínive, el lugar donde tenía que dejar el mensaje de parte de Dios, así lo hizo, anunció el juicio de Jehová por causa del pecado de los habitantes de Nínive, los cuales se arrepintieron de corazón y Dios los perdonó.

Jonás aprendió sobre la obediencia a Dios, y la soberanía del creador sobra la creación.

¿Y tú aun conociendo esto vas contra la orden de Dios? ¿Conoces lo que Dios quiere para ti?

Por Carlos Eduardo Encinas.

 

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Profundidad

Los océanos cubren el 71 % de la superficie terrestre, siendo el océano Pacífico el más grande. La profundidad promedio de los océanos es de 3,730 metros, según una página en internet.

Otro dato interesante es que a tal profundidad es difícil que se desarrolle vida; sin embargo, según investigaciones, existen peces con una visión reducida y ojos grandes que perciben únicamente destellos bioluminiscentes.

Si hay vida en el fondo del mar, entonces seguramente también podemos encontrar mayor bendición cuando profundizamos la relación con Dios, en su Palabra y en oración.

Quien escribió el Salmo 119, pues no se sabe con certeza el autor, llegó a tal intimidad con Dios que le pedía: “Haz bien a tu siervo; que viva, Y guarde tu palabra. Abre mis ojos, y miraré Las maravillas de tu ley…. Dame entendimiento, y guardaré tu ley, Y la cumpliré de todo corazón.”  Salmos 119:17-18, 34 (RVR1960) Tengamos este mismo deseo para que poder entender, atesorar y cumplir las leyes del Señor.

Quiero alentarte a anhelar más de Dios y profundizar tu relación con Él, a construir el cimiento de tu fe en base a la palabra pura y verdadera. A todos, Dios nos dio la capacidad de aprender, no nos conformemos con sólo pasear a las orillas del mar y mojar nuestros pies, cuando podemos entrar por completo y descubrir el corazón de Dios, su sentir, sus propósitos y sus planes maravillosos.

¡Sumerjámonos a lo más profundo de la vida espiritual!

“¿Has visitado el misterioso abismo donde tiene sus fuentes el océano?” Job 38:16 DHH

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Cómo aliviar las quemaduras de sol

Con el verano aquí, las playas hermosas y el sol radiante, provoca pasar cada vez más tiempo en el exterior. Esto es maravilloso para los chicos, pues así no estén todo el día metidos en casa accionando video juegos y viendo tele. Para los adultos también es saludable, ya que muchos dejan de tomar suficiente sol y les bajan los niveles de vitamina D, tan importante en el organismo.

Aunque seas prevenida (o) es posible que olvides re aplicarte el bloqueador solar cuando sales a ejercitarte en un parque, o cuando estás en una piscina con un grupo e incluso en la playa. Por tanto puedes pasarte de sol y eso produce una quemadura molesta y cliente. Casi siempre nos damos cuenta al llegar a casa. Por tanto, si es una porción grande de piel la expuesta a la quemadura, es bueno darte un baño de inmersión (en la bañera) con bicarbonato de soda. Coloca ¼ de taza en agua fresca, no fría, pero no caliente por favor, que te cubra. Remójate en ella por diez minutos.

Luego puedes usar un humectante, aplicándolo cuando tu piel aún esté húmeda, o sin secarte.

Puedes aplicar también gel de sábila, el aloe vera. Es mucho mejor si lo tienes en la nevera, pues alivia mucho.

Otra sugerencia efectiva, son bolsas de te verde y negro. Los usas como compresas, ya que tienen taninos, compuestos que han sido usados en tratamientos de quemaduras convencionales. Esto es especialmente bueno para el área alrededor de los ojos y la piel del rostro.

También puedes llenar un envase de spray con agua y aceites esenciales de lavanda y manzanilla que son anti inflamatorios y evitan incluso infecciones si la piel se levantara. Alivian mucho también. Si tienes esas hierbas en te, usa las bolsitas también, así como el te verde y negro.

Cuídate mucho del sol, pero disfruta de los exteriores y juegos y tiempo en familia tanto como te sea posible. Mantenernos activos y apreciar la naturaleza maravillosa creada por nuestro Dios alimenta nuestro espíritu y nos hace más saludables.

Dios los bendiga.

 

 

Este artículo fue producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Destino Final

Una piedrecita reposaba en el fondo del arroyo. Al llegar la primavera, con las lluvias, la corriente se dirigió a ella y le dijo:

      – Si quieres te llevo al mar.

La piedra hizo algunos movimientos de resistencia tratando de agarrarse al fondo y contestó a la corriente con aire indiferente:

      – ¡El Mar!… ¡El mar no existe! Sólo existe el arroyo, las piedras y las vacas que nos pasan por encima de vez en cuando. Sigues tan idealista como siempre… ¡el mar!

Pero la corriente volvió a susurrar:

      – Deja que te lleve al mar, deja que te lleve.

Y la piedra contestó, dejándose arrastrar:

      – Bueno, vamos – porque en el fondo le gustaba la aventura. Era una piedra volcánica, con algunas estrías claras de las que estaba muy orgullosa.

A pesar de viajar a merced de la corriente solía hacer comentarios autoritarios para sentir que la dominaba.

      – Mira- dijo una vez con cierto aire despectivo- ¡Ya hemos pasado varios recodos y el mar no está! ¡Déjame aquí!, estoy cansada de rebotar entre las peñas del cauce.

      – Deja que te lleve… – respondía suavemente la corriente

La piedra pasó por aguas ennegrecidas y dijo:

      – ¿A dónde me has traído, sinvergüenza? ¿Esto es el mar? ¡Prefiero que me pisen las vacas!

Pero la corriente ya no respondía y tan sólo aumentaba la velocidad.

      – ¡Para ya! – gritó la piedra chocando contra los guijarros- ¡Vas a destruirme! ¿Es que no te das cuenta? ¡No quiero ir al mar!… ¡Odio el mar!

La corriente la arrastró con gran vehemencia haciendo sentir un gran vértigo a la piedra, que en el colmo de su furia gritó:

      – ¡También te…!

Pero no pudo seguir porque estaba cayendo por una enorme cascada. Y ya en el fondo añadió casi sin fuerzas:

      – También te odio a ti, Arroyo… no vale la pena perder mis esquirlas por ese sueño que llamas mar. Juegas conmigo sin sentido.

Pasaron a gran velocidad entre muchos rápidos. Luego siguieron por remansos tranquilos, llenos de algas y líquenes.

La piedra ya no decía nada. Se había abandonado a la corriente. Tenía la superficie cubierta de grietas y casi no se reconocía a sí misma. Todo le dolía.

Atrás quedaron diversas orillas, bosques, aldeas. A la piedra sólo le quedaba el silencio, la corriente y el recuerdo de los golpes recibidos en la trayectoria desgraciada. Pero lo peor era el silencio.

De repente, escuchó otra voz. Era una voz muy distinta; grande, cautivadora y muy azul:

      – Por fin has llegado, piedra mía – dijo el mar.

Y mientras caía dulcemente entre espléndidos corales, la piedra giró sobre sí misma varias veces, como murmurando:

      – ¡Gracias arroyo, gracias corriente… os amo!… todo ha valido la pena.

Esta historia, de Miguel Segura,  bien puede ilustrar el viaje de nuestra vida. En medio de la travesía vamos perdiendo las estrías de las que alguna vez nos sentimos orgullosos, pasamos por momentos de dolor en los que pensamos que hubiera sido mejor quedarnos donde estábamos, el silencio ante nuestras oraciones,  el dolor y la impotencia, nos invaden y sin más nada que hacer dejamos de pelear con nuestras fuerzas y nos rendimos a la corriente.

Nadie dijo que el viaje sería sencillo y que sólo disfrutaríamos del paisaje, pero sin duda alguna, todo lo que vivimos en este viaje va formando nuestras vidas,  y  en el momento que menos lo pensamos  habremos llegado  a nuestro destino final y podremos ver que la travesía valió la pena.

“He peleado la buena batalla, he terminado la carrera y he permanecido fiel. Ahora me espera el premio, la corona de justicia que el Señor, el Juez justo, me dará el día de su regreso; y el premio no es sólo para mí, sino para todos los que esperan con anhelo su venida”. (2 Timoteo 4:7-8)

No permitas que los golpes en el camino, ni las aguas oscuras o el tiempo que demore este viaje te lleven a anhelar lo que dejaste ni te hagan perder el enfoque; cuando hayas llegado verás que todo valió la pena, tu destino final nunca se comparará con lo que dejaste atrás.

 

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Por segunda vez

Un niño, de nombre Guillermo, vivía junto a las costas del mar y disfrutaba navegar junto a su padre quien era pescador.

Guillermo tomó la decisión de crear un barquito con sus propias manos, talló un trozo de madera dándole forma de un barco pequeño. Él amaba su barquito  y jugaba haciéndolo navegar en el agua, pasaba mucho tiempo junto a su juguete.

Un día su barco fue arrastrado por el agua mar adentro y él no pudo hacer nada, fue golpeado por las olas contra las piedras, lo que le ocasionó daños muy fuertes; después que el barquito naufragara por muchos días  fue encontrado por un hombre  que lo restauró y lo pintó para poder venderlo en su tienda.

Al pasear Guillermo por la plaza del pueblo, vio en una vitrina un barquito que reconoció inmediatamente. Entrando a la tienda le expresó al vendedor que él era el dueño del barco que estaba en el mostrador, el hombre contestó  lo siguiente: Ese barquito  tiene un precio, el cual debe ser pagado.

El niño salió presuroso de la tienda con rumbo a su casa, entró en su habitación y rompió su alcancía donde tenía sus ahorros, tomando todo su dinero fue y pagó el precio demandado para poder recuperar su barco. Con lágrimas en sus ojos dijo: Te tengo de nuevo conmigo.

Dios hizo lo mismo por nosotros, pagó precio de sangre para poder recuperarnos cuando estábamos perdidos y sin rumbo.

“Pues por precio habéis sido comprados; por tanto, glorificad a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios”.  1 Corintios 6:20

Aprende a valorar  lo Jesús  hizo por ti, te amó tanto que  entregó hasta la última gota de su sangre y en la cruz pagó el precio de tu salvación con su propia vida. ¡Su amor es incomparable!

Por Miguel Ángel Veizaga

 

 

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Milagro en alta mar

En un viaje por el océano, una señora se puso tan enferma por el mareo que el médico le dijo que solamente el comer muchas naranjas podría restablecerla. La señora,  en su debilidad dijo:

– Doctor, no se apure, mi Padre Celestial me las enviará. Yo voy a pedírselo ahora.

– Pero, querida señora- contestó él – no olvide que nos hallamos en la mitad del océano.

– No importa, amigo mío; para Dios todo es posible.

Unas horas más tarde, el mismo doctor entraba corriendo hasta la enferma, para poner a los pies de su cama un cesto colmado de naranjas.

Como pudo, nervioso y maravillado, explicó su procedencia:

– Un buque averiado… le hemos auxiliado… un cargamento de naranjas en el buque… un…

– ¡Un milagro de mi Padre Celestial, doctor! – le interrumpió la enferma.

Humanamente vemos miles de impedimentos para todo lo que hacemos y queremos, normalmente confiamos más en las cosas que vemos y percibimos con nuestros sentidos que en Dios, olvidando que para Él no hay nada imposible.

“He aquí que yo soy Jehová, Dios de toda carne; ¿habrá algo que sea difícil para mí?” Jeremías 32:27 (RVR1960)

No importa dónde te encuentres, ni cuáles sean tus circunstancias, si tienes fe en Dios y confías en Él de todo tu corazón verás milagros suceder, aún contra toda posibilidad humana.

A Dios no lo limitan las circunstancias, los lugares ni las personas, lo único que no permite que se mueva la mano de Dios es nuestra incredulidad, nuestra falta de fe.

Pon en acción tu fe, deja de ver las circunstancias que te rodean y cree que para Dios no hay nada imposible.

 

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Mar en vez de charco

Kenneth Hildebrad, un elocuente predicador, dijo: “…el que carece de sueño… [Es como] una gran nave construida para el poderoso mar pero que intenta navegar en un charco. Carece de un puerto lejano para alcanzar, de un horizonte que se perfile, de un cargamento preciado que llevar. Sus horas son absorbidas por tiranías rutinarias e insignificantes. En nada sorprende que el tal se torne insatisfecho, contencioso y esté harto.”

Como hijos de Dios a veces solemos navegar en un charco, en vez de aferrarnos en un mar de bendiciones duraderas y eternas.

Génesis 2.16b, 17 NVI dice: «Puedes comer de todos los árboles del jardín, pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no deberás comer. El día que de él comas, ciertamente morirás.» La consecuencia de la elección de Adán de navegar en el charco fue la muerte, esclavitud y maldición; en cambio Jesús eligió navegar sobre el mar, para lo que Dios lo había enviado y trajo vida, libertad y vida eterna.

Existen obstáculos en nuestro recorrer en la vida que es preciso que sean derribados por la fe en Dios y no sólo en nuestras propias capacidades humanas, “¿No has sabido, no has oído que el Dios eterno es Jehová, el cual creó los confines de la tierra? No desfallece, ni se fatiga con cansancio, y su entendimiento no hay quien lo alcance. El da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas” Isaías 40: 29-31 Si nos aferramos al carácter de Dios tendremos la victoria asegurada bajo cualquier situación que nos aleja de la bendición plena que tenemos cerca.

Pese a cómo estés hoy no olvides que eres hijo de Dios y como tal tienes el apoyo, la fuerza, la gracia y el amor de tu Padre Celestial, acércate confiadamente y pídele que te lleve al lugar donde quiere que estés, que tu vida cumpla el propósito por el cual fuiste creado.

¡Vive tu vida a la altura de tu Creador!

“…Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre.” Eclesiastés 12:13

 

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Racconto

Acompaño a mis amigos a San Antonio, en la costa chilena, para ir a comprar pescado. De pronto, me doy cuenta que estamos entrando a Cartagena. Cada vez que nombro este balneario tengo que aclarar que no es la Cartagena de Indias, aquella perla brillante y antigua de las costas de Colombia, llena de historia y de sugerencias dentro de sus muros coloniales.

Esta Cartagena es un remanso pequeño en medio de la salvaje pronunciación del Pacífico helado, profundo e inmenso. Carece de esa fiebre tropical de la otra Cartagena, por más que esté invadida de sones de bachata y otros ritmos del verano. Con la nariz pegada a la ventanilla en el asiento de atrás, veo la Playa Chica, la Terraza y hacia el cerro, la callecita en subida que llevaba hasta la cercana Residencial Peña (hoy inexistente) donde pasé algunos de los primeros veranos de mi vida.

En cinco minutos retorné a más de cinco décadas atrás, cuando Cartagena era un refugio de veraneantes de la acomodada clase media y de algunas familias más alto en la escala social. Allí llegué una vez en Pullman Bus, con cinco años, parado en el asiento junto a la ventana para ver por primera vez una inmensidad incomprensible y casi aterradora, que parecía apenas tener fin en la línea imperceptible del horizonte en un encuentro imaginario con el cielo más claro.

Apenas instalados en la residencial, mi primer y más intenso deseo era ir a la playa, a sentir el mar. Le insistí al tío Carlos que quería ir a “mojarme las patitas.” Estaba vestido con mi traje de salida, de pantalones cortos, soquetes blancos y zapatos de colegio. Una vez obtenido el permiso, me descalcé lo más rápido que pude y fui a la orilla, llena de bañistas y sonidos desconocidos.

No supe qué paso. Me encontré arrollado y sumergido en un torbellino de agua salada, arena y terror. Me veo sacado de los brazos por una pareja de bañistas y luego subiendo por la callecita empinada hacia la residencial, llorando a grito pelado, sin entender los retos del tío, chorreando agua por todas partes.

El mar me había encontrado. Desde entonces, hasta hoy, no quedamos muy amigos. De lejitos no más…

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