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Cuando alguien muy querido se nos va…

Nunca hay palabras correctas ni algo apropiado qué decir. Más aún cuando existe la distancia y no conocimos a su familia.

Me pasó con una amiga, que aunque no llegué a conocer en persona, pues le tomé mucho cariño y sentí mucho su partida.

La satisfacción que nos queda es saber que no está sufriendo más, ya que estaba dando la batalla al cáncer. Tuvo complicaciones y no hubo nada más que los médicos pudieran hacer. Oramos mucho por ella todos quienes la quisimos, pero Dios la necesitaba con Él.

A lo largo del tiempo que llevo siendo cristiana, muchas personas me preguntan qué se puede decir en esos casos, en los que ocurre algo así. Yo creo que lo único que se puede decir es lo que sale del corazón. Cuánto lo sentimos y cuánto le vamos a extrañar. Pedir a Dios que les conforte a sus familiares, que les haga sentir Su paz. Orar como veníamos haciendo por ella, ahora por sus familiares, por las decisiones que deben tomar. Que Dios les dé sabiduría.

Hay personas que quieren buscar escritura para darles, pero en ese momento, y de existir la posibilidad, más que unas palabras, o escritura bíblica, satisface un fuerte abrazo y el compromiso de estar para cuando necesiten que se les escuche. También, de ser vecinos o vivir en la misma ciudad, llevarles comida preparada para dos o tres días. Todo se trastorna cuando se va un ser querido y si quedan niños atrás, como en este caso, es algo que van a agradecer enormemente.

Solo Dios sabe por qué pasan las cosas a las que no le encontramos explicación y ya sabremos, más adelante cuando nos toque a nosotros partir.

De escritura bíblica, tal vez sea buena:

1 Pedro 5:10 Y, después de que ustedes hayan sufrido un poco de tiempo, Dios mismo, el Dios de toda gracia que los llamó a su gloria eterna en Cristo, los restaurará y los hará fuertes, firmes y estables.

Dedicado a Nancy Torrado (1975-2018)  –  Buena hija, hermana, madre, esposa y amiga.

Te extrañaremos.

 

 

 

El siguiente crédito, por obligación, se requiere para su uso por otras fuentes: Artículo producido para radio cristiana CVCLAVOZ.

Cuánto tengo… y tanta gente que no tiene…

Es inevitable pensar en la escasez que existe en países como en mi país de origen, Venezuela, cuando vamos a comer o incluso cuando vamos a hacer las compras.

No me gusta ponerme en “negativo”, es decir, en un estado de ánimo melancólico, pero hay días que es inevitable.

Reconozco que me encanta estar alegre y contagiar la alegría, me gusta tener ánimo y contagiar a otros. Siempre digo que una simple sonrisa le puede cambiar el día a alguien. Pero como todo… tenemos nuestros días.

No podemos evitar sentirnos un poco mal cuando sabemos las necesidades que están pasando tantas personas mientras nosotros nos damos un banquete. Y no es todo el tiempo, por supuesto. Nunca tenemos siempre la misma posibilidad. Los días cambian y las situaciones cambian. El tiempo apremia y a veces no da chance sino para comer un bocado y seguir.

Pero hay días en los que estamos un poco más sensibles, o algún acontecimiento nos hizo sensibilizarnos y ocasiona que nos sintamos así.

¡Son tantas las cosas que no podemos cambiar!

Pero bendito sea Dios que siempre está con nosotros y cuando nos sentimos así y lo contactamos y le contamos, si bien no nos hace reír, al menos nos da Su maravillosa e indescriptible paz. Y eso es maravilloso.

Lo cual me hace pensar en Mateo 26:11 cuando Jesús dijo que siempre habrá pobres entre nosotros. Y si Él lo dijo…no podemos esperar otra cosa.

Y debo insistir en lo que siempre digo: uno decide ser feliz. Uno se sacude la melancolía, ora por las personas que están en necesidad y con fe, esperamos que Dios les provea todo lo que necesiten, así como lo hace con nosotros.

Puede que muchas veces sintamos que no lo está haciendo, tal vez no en ese momento, pero aún así hay que agradecerle y adorarle. La vida es un campo de aprendizaje y una de las cosas que más nos cuesta, es esperar.

Y algo que nos hace sentir mucho mejor es hacer algo por alguien. No lo olviden. Es muy satisfactorio. Eso nos puede quitar la melancolía.

Escríbeme y dame tu opinión acerca de este tema. Dios te bendiga.

 

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido para radio cristiana CVCLAVOZ.

Yo escribí

(Notas escritas en un bus en un viaje reciente de Córdoba a Villa María)

Solía escribir mucho cuando viajaba. Formulaba el bosquejo de un proyecto de educación o borroneaba apuntes sobre el liderazgo que ejercía en una comunidad juvenil. También escribía bastante poesía y leía un montón. Han pasado los años y la imaginación se ha vuelto más remolona. Hay días en que incluso me cuesta un mundo escribir el artículo para este blog. A veces noto que hay muchas variaciones sobre un mismo tema.
Por otra parte, la poesía se nota un poco agripada. Lejos parecen estar los días en que la sentía a flor de piel. Todo me provocaba un verso, una imagen, un decir a veces violento y apasionado, en otras ocasiones lento y sutil. Hay demasiada materia a mi alrededor: mucha oficina, mucho escritorio, mucha computadora, mucho trámite. Así como se va estropeando la armonía entre la mente y el cuerpo, se fractura también la necesaria sincronía entre el ser y el deber.
También va quedando menos espacio para los sueños. Se sueña más cuando se es joven. El curso de los días va acortando la distancia con el horizonte, con la línea final. Ahora es más un tiempo de perspectivas, de precisiones, de ir nutriendo el alma de los jóvenes con grandes proposiciones, darles a ellos el material para los sueños.

“Me senté en la cuneta de la esquina de la casa de mis amigos, la dibujé y le agregué las palabras necesarias para completar la impresión. Una tarde vi aparecer una luna inmensa detrás de las montañas de la Faja Seis (tal vez cerca de Huichahue) y salió toda clase de sentimientos que quedaron guardados en un libro que jamás publiqué. Una vez iba en un bus desde Viña a Santiago y por la ventana me invadió una abrumadora melancolía de pinos y rayos de sol tardío que quedó registrada en una libreta de tapas negras. Relaté las impresiones de mi primer viaje en avión a Bolivia: nunca había visto nubes debajo de mí y entre los espacios vacíos la paleta verde y marrón del mapa meridional. Estampé en otros cuadernos de viaje la critica de mis iras institucionales, de mis peleas descomunales con los señores del magisterio y la bronca conceptual contra las imposiciones doctrinales del numen occidental…”

Yo escribí.

Retrospectiva

Pensemos, por ejemplo, en el Claro de Luna de Beethoven. Dejemos, pese a todo el optimismo y entusiasmo disponible, que nos atrape la melancolía de ese trío de notas que van marcando dulcemente el tránsito del tiempo perdido o de las esperanzas disueltas. Acompañemos ese drama en tono menor que explica lo que nos duele o lo que nunca acontece. Esos lentos y azules compases nos consolarán cuando las explicaciones precisas resuelvan todo, menos el sentimiento.
O reflexionemos en las palabras de Jean Grénier en Las Islas, que comprenden lo que nos pasa, aunque no tengan la respuesta. Son tantas las veces que esperamos nada más comprensión y compañía; las recetas y los procedimientos los necesitamos en otro tiempo, a veces nunca.
Consideremos aquellos tiempos en que los hijos entran por las puertas prohibidas, por los caminos complicados. Recordemos aquellas noches en vela, esas llamadas desesperadas para tratar de saber dónde están. No ha habido palabras que puedan alcanzar nuestros corazones angustiados. Ni las más bienintencionadas pueden aliviar el dolor del no saber, la incertidumbre del futuro, el temor de las malas noticias.
Pero también tengamos en cuenta que ha habido buenos momentos, encuentros desmedidamente alegres. Pláticas preciosas y promesas cumplidas. Lugares inolvidables. Días en que el tiempo vuela pese a que queremos atraparlo con todas las ganas del mundo. Instantes especiales en que todas las esperanzas cristalizan y todos los miedos desaparecen, aunque sea por unas horas. Volvamos por un momento a los días del lindo arco iris, cuando nos sentíamos como flechas de luz, como exploradores en concierto.
Tengamos en cuenta todas las cosas que aprendimos, que descubrimos, que vimos. Con aquellos materiales construimos historias, llevamos adelante proyectos, fuimos parte de empresas colosales o de pequeños intentos personales. Con el tiempo tuvimos dudas, volvimos atrás y nos dimos cuenta que era necesario rehacer todo o buena parte. El mundo era diferente a nuestras formulaciones y quisimos ser consecuentes con esas diferencias. No siempre nos fue bien. Avanzamos, no tanto como queríamos, pero por lo menos no estábamos donde mismo.

De lavandas y buganvillas

La nostalgia no es, a fin de cuentas, un asunto exclusivo del pasado. Solía tener la impresión que los recuerdos inolvidables estaban confinados a la infancia o a los años de la vida plena. Me entristecía pensar que no habría nada que añorar en estos últimos tiempos. Pero me equivocaba. El encanto de la vida nos acompaña siempre. Es sólo que no somos conscientes de ello todas las veces. Estamos demasiado ocupados en otras cosas.
Descubrí la lavanda cuando tenía dieciséis años. Había un perfume llamado “Atkinson’s” que resumía para mí todo el poder de la melancolía. Su esencia ponía una distancia salvífica entre mí y la realidad que – ya tan temprano – sabía atormentarme. Pero fue hace sólo unos pocos años que pude ver, tocar y experimentar la planta de lavanda. La plenitud de esa revelación me vino en un café rural que tenía a la venta además artículos artesanales, cuadros, mermeladas y plantas. Ya había abandonado todas las seguridades a las que uno se aferra para no perder la cordura. Como yo ya la había perdido, ese encuentro con las minúsculas hojas color lila renovó el sentido de distancia que me es tan necesario a veces.
Una vez en Temuco conocí las buganvillas. Yo no sabía que se llamaban así. Iba a algún asunto ministerial por ahí de traje y corbata y me tuve que detener. Era imposible continuar: instantes como esos son únicos y hay que rendirles la pleitesía correspondiente. Tenia conmigo, por mi trabajo, una cámara fotográfica y por muchos guardé esa imagen entre mis papeles. Después del gran terremoto de mi vida se perdieron en la rencilla de las pertenencias sensibles. De pronto las empecé a ver en todas partes: en Chile, en Argentina, en Paraguay, en Hungría, en Israel y otros sitios que no creo que ya pueda recordar. Ayer vi una en una casa vecina en el barrio de la Paula.
Alguien de la audiencia podría, no sin razón, preguntarse por qué este desvarío con plantas y no con personas. Por varias razones. Primero, porque esas memorias son sólo asunto mío y no de una tribuna pública. En segundo lugar, porque las personas cambian; las buganvillas y las lavandas son siempre las mismas. En tercer lugar, porque las memorias recientes son de dulce y de agraz y hoy en particular no me sale nada digno de registrar en las exactas cuatrocientas palabras del caso…

¿Perdonarte?

Una de los procesos más difíciles en la vida es superar un engaño o una infidelidad de parte de nuestro enamorado o enamorada.  La decisión de perdonar a esa persona especial por la traición cometida es un asunto complicado.  Requiere tiempo y espacio para seguir adelante o vivir  amargado por el dolor que produce la decepción amorosa.

De todas las recomendaciones, sugerencias o consejos para sobreponernos de la melancolía, me encontré con algunas del psicólogo Zeev Wanderer conocido como “el doctor del amor”:

1- No contar la historia de la separación a todo el mundo, ya que la solidaridad y la empatía que transmiten los amigos fortalece la depresión.

2- Debe cambiarse la imagen que se tiene de sí mismo, porque mientras uno siga sintiéndose como una víctima que echa de menos el amor y las caricias del otro, no logrará superar la depresión.

3- Para borrar toda esperanza y comenzar a mirar al antiguo objeto de nuestro amor con otros ojos, es útil invitar a la persona de la cual uno se ha separado a hablar sobre el asunto.

4- Juntar todos los objetos que recuerden al antiguo amante y ponerlos fuera del alcance de la vista.

5- Si se sienten tentados a escribir una carta de amor a la pareja perdida, anoten en un cuaderno todo lo que sienten y luego de seis meses, cuando la relean, se felicitarán de no haberla enviado.

6- Es bueno hacer una lista de todos los problemas que habitualmente solucionaba la persona de la cual uno se ha separado y, en otra hoja, la solución de cada uno de ellos. Debe recordarse que alguna vez fueron independientes y ahora ha llegado el momento de que vuelvan a serlo.

7-  Para finalizar, no es bueno caer en brazos de una nueva persona hasta que el vínculo anterior no se haya acabado, porque de lo contrario la nueva relación estará condenada al fracaso y a otra decaída depresiva.

Finalmente existe un consejo bíblico muy útil que dice “Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo digno, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo honorable, si hay alguna virtud o algo que merece elogio, en esto meditad”. Puedes hallarlo en Filipenses 4:8 ya que ofrece una divina solución para controlar los pensamientos que puedan alimentar la melancolía amorosa.

Tienes que estudiarte Google Optimize… esta demasiado bueno https://analytics.google.com/analytics/web/#/siteopt-experiment/siteopt-detail/a6471350w12475245p13084714/_r.drilldown=analytics.gwoExperimentId:zRo-ycv4Th2hhjzYS6cdKg&createExperimentWizard.experimentId=zRo-ycv4Th2hhjzYS6cdKg/

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