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Mi historia de detectives

El tío Tercio llegó una mañana a la puerta de casa preguntando por mi mamá mientras dirigía furtivas miradas a ambos lados de la calle. Vestía un ajado sombrero de fieltro, una manta marrón, pantalones de mezclilla y ojotas de goma de neumático. Mi mamá lo introdujo en la cocina “rancha” detrás de la casa donde sostuvieron un misterioso diálogo en voz baja.

(La cocina rancha era una réplica de las que existían en el sur, de donde provenían mis padres, que se construían de madera en torno a un poyo de ladrillos en donde había continuamente fuego y brasas. Allí hervía la ennegrecida tetera, se cocinaban las tortillas de rescoldo bajo las cenizas y en las noches de invierno la tía Ana nos contaba truculentas historias de aparecidos, descuartizamientos y pactos con el diablo).

El tío Tercio se quedó en nuestra casa; se le habilitó uno de los dormitorios y pasaba el día sentado pensativamente a la orilla del fuego. A ratos se sacaba las ojotas y con mucho cuidado se quitaba unas pequeñísimas espinas, tarea que le tomó varios días. Era una ocupación evidentemente dolorosa y rara para nosotros, niños que nos asomábamos curiosos a la vida. Mi hermano mayor nos reveló, bajo juramento del más estricto silencio, que algo había hecho el tío en el sur y había tenido que huir medio desnudo una noche entre campos de remolacha y zarzamoras.

En medio de todas estas extrañas cosas, otra mañana me tocó atender a la puerta donde otro señor, esta vez de traje oscuro y corbata, preguntaba por el tío Tercio o por mi mamá. Corrí a buscarla y con la mayor seriedad le dije: “Hay un caballero en la puerta que pregunta por el tío Tercio o por usted.” “Parece un detective”, agregué con un cierto tono de complicidad.

Cuando salió a recibirlo lo saludó con una ancha sonrisa: “¡Elizondo, qué sorpresa!” y se dieron un abrazo de viejos amigos. Acto seguido, esta vez en el comedor de la casa, hubo nuevos y misteriosos conciliábulos.

Al rato, el tío Tercio y don Elizondo se marcharon, mi madre continuó con su lavado semanal y yo me quedé para siempre con la tristeza de no haber podido dilucidar el enigma de mi única – e inconclusa – historia policial. Mamá se llevó aquel secreto a la tumba…

No es lo que parece

Para alcanzar a la próxima generación, tenemos que crear programación que reconozca que tenemos que aceptar el misterio de la vida, darnos cuenta que no siempre es justa y que no tenemos todas las respuestas. Esta inquietante pero certera declaración aparece en el libro “The Last TVEvangelist” (El último televangelista) de Phil Cooke. Phil ha enseñado en las Jornadas de Capacitación de CVCLAVOZ y he conocido su pensamiento sobre los medios cristianos de comunicación.

Hace más años de los que quisiera admitir he estado hablando y escribiendo sobre este aspecto de la realidad, advirtiendo a los comunicadores de estos medios que, a menos que entiendan que el mundo no es lo que parece a sus ojos, su mensaje será largamente ignorado por la gente a la que desean tocar e influir con su mensaje.

Hasta hoy todos los grandes proyectos de alcanzar el mundo nunca han logrado captar una audiencia que supere el 20% de la cultura y, en algunos casos dramáticos, mucho menos que eso. Debe admitirse por ejemplo que particularmente en el mundo occidental ese veinte por ciento alcanzado está compuesto en su gran mayoría por personas que ya practican la fe cristiana.

Hay diversas razones que dan cuenta de este exiguo logro; un estudio más en profundidad requeriría un espacio mucho mayor que éste. Pero la que se apunta en la cita de Phil Cooke es una de ellas. El mensaje típico de quienes desean persuadir a otros acerca de la fe cristiana no admite este misterio de la vida: para la mayoría de la gente la vida es injusta y así termina para ellos en este mundo. El mensaje cristiano siempre presupone todas las respuestas; asume el acento paternalista de quien lo sabe todo mejor y esa mirada simplista que resuelve la trama de canciones, mensajes hablados, películas y videos con un versículo o pensamiento final que envuelve en dulce todo y le quita realidad incluso a un buen argumento.

La vida es compleja y ajena. La verdad no es algo que la gente anda buscando como verdad; no se despierta a la mañana preguntándose qué debe hacer para ser salvo. Hay otras intrigantes y complejas cuestiones que ocupan su mente. Hay un amplio porcentaje de la población del mundo que, pese al dolor y al drama que rodea su existencia, no creen que un mensaje dulzón y bien empaquetado sea algo hacia donde orientar su ya complicada existencia.

Es hora de repensar el contenido y el modo de decir la verdad de las cosas.

Gris

Lugares, aromas, emociones, episodios dramáticos, horas felices, descubrimientos azorados. Espasmos de la piel, la imaginación desbordada en alas de la lectura, los capítulos iniciales del amor (cuando uno todavía no sospecha su epílogo de agraz), el recuerdo del tiempo como imaginación. La reverberación del sol de la tarde que ilumina en los veranos el territorio inexplorado del aire, el misterio todavía inaccesible del futuro, el temblor de las primeras cosas que con los días devienen rutina y languidez insoportable.
Ya tantas veces lo hemos citado aquí: todo lo que termina, termina mal. Se me acaba de ocurrir que hasta la tan mentada “muerte por causas naturales” tiene su lado mal.
¿Con que soñamos? o mejor, ¿Por qué soñamos con lo imposible? Lo posible no invoca la belleza de la imaginación porque si ocurre es porque así tiene que ser. Lo imposible parece ser lo único que merece el dolor de la esperanza. Así, vivimos en medio del aire como las lámparas que cuelgan del techo, ni arriba ni abajo, o terminamos por resignarnos a la plomiza aridez de la chatura.
Alguien escribió – dice Umberto Eco en su Diario íntimo – que cuando estamos enamorados, amamos a toda el mundo. Qué sombrío panorama, pienso, para quienes nos exiliamos para siempre de esa desmesurada e ingenua condición. No nos queda más que caminar por las orillas y compadecernos – secretamente – de quienes todavía creen. Nos quedamos en los ensayos de sonrisas educadas, respuestas diplomáticas, dedicando el tiempo justo a las situaciones sociales para por fin retornar a nuestro cubil, al silencio, al discreto encanto de la privacidad.
Ayer vi la película Expiación deseo y pecado, en la que Briony Tallis vive la mayor parte de su vida signada por la culpa de haber destruido para siempre los anhelos de su hermana Cecilia y su enamorado Robbie. Pero en realidad lo que capturó mi mirada y que, supongo, inspiró esta nota gris, es ese gran fresco de fondo que describe la fragilidad de las cosas queridas a causa del hecho demencial de la guerra y de la muerte.
Hay días así. Los otros, se inventan…

(Este artículo ha sido especialmente escrito para la radio cristiana CVCLAVOZ)

Una vejez observada

Puedes contemplar en mí esa estación del año en que las hojas amarillas, unas cuantas o tal vez ninguna, penden de las ramas, tiemblan bajo los vientos fríos, coros desnudos y desolados, donde poco ha cantaban, gentiles ruiseñores…

(Sonetos, Shakespeare)

          No procuro esquivar tu venida inexorable. Te veo acercarte en medio de las cosas que me ocupan. En la multitud reconozco tu semblante gris. Tu rostro sin máscara me mira y no me escondo de ti. Conozco tu nombre. He visto tu abrazo frío, tu aliento de hielo en los que se fueron, en los que se están yendo. A la hora señalada nos vamos a encontrar y entonces nada más misterio y silencio.

Será por eso que la memoria del tiempo pasado se hace más intensa en mis sueños, en lo que escribo, en las horas vacías de la noche. Tanta vida, el trajín incesante de la palabra, los apuros de la pasión y el éxtasis, el agotamiento feliz de la aventura, del arte, del viaje, el desborde de los sentidos, el derroche del vigor – no haberlo ahorrado aunque fuera un poco…

“¿Cuántos son los días de los años de tu vida?”, le preguntaron hace milenios a cierto patriarca: “Pocos y malos”, respondió. Ahora que lo pienso, no creo que fueron pocos y malos. Es que la vejez reconoce lo que malgastamos en la juventud. Y nos inunda cierta bronca por no haberlo hecho mejor. “No me arrepiento de nada” dice una famosa canción. Me cuesta creerlo. Siempre me ha parecido que en esas palabras hay una soberbia que procura ahogar secretos remordimientos.

Mi hermana me envió una fotografía de mi mamá que duerme en una cama de hospital en lo que parecen ser según los médicos sus horas o sus días finales. Es posible que sea así. Es posible que se recupere, no lo sé. Lo que sí sé es que no encuentro nada bello en esa imagen. Me enoja. La muerte me enoja porque en alguna parte de mí siento que esa no era la idea original, pero que la elegimos en un instante de locura.

Sé también que hay quienes son dichosos en la vejez, porque uno elige cómo quiere vivir. Pero por alguna razón la evidencia de los años, la progresiva adversidad entre mente y cuerpo me va doliendo un poco más a medida que pasa el tiempo.

Hoy es viernes. Perdón por la tristeza…

(Este artículo ha sido escrito especialmente para la radio cristiana CVCLAVOZ)

La epopeya de Picotto

¡Vamos todos!, dijo Picotto… Pero estaba solo.
Así suele decir un amigo cuando hay que responder a algún llamado o necesidad del momento. Un día le pregunté acerca de este dicho local. Me intrigaba por qué se agregaba que estaba solo. “Ese – me respondió con cierta picardía – es un misterio escondido desde antes de la fundación del mundo”. Pasó mucho tiempo hasta que me fuera revelado el enigma, bastante simple pero inesperado: nadie podía afirmar jamás que Picotto dijo lo que dijo por una sencilla razón: estaba solo (aunque si hubiese sobrevivido, capaz le hubiera contado a sus amigos en el bar que lo había dicho).
Yendo un poco más allá de la simpleza de este aforismo provinciano y superando lo anecdótico diría que tengo un afecto especial por Picotto. Lo veo abordando el asalto final a las naves imperiales o lanzándose a campo abierto contra la artillería del enemigo, creyendo de todo corazón que sus camaradas corrían con él y que les esperaba una victoria de épicas proporciones sólo para descubrir con horror – al volver la vista atrás – su soledad y su muerte inminente en el campo adversario.
Vamos todos, dijo, pero estaba solo.
Hay un momento inolvidable en la película “Corazón Valiente”, cuando Wallace se lanza al asalto de los ingleses y descubre que ninguno de los batallones de los Lords con los que se supone había hecho alianza se mueve de su lugar. Eran nada más él y su puñado de rebeldes frente a una ignominiosa derrota.
Hay confrontaciones que no serán jamás abordadas por todos. A veces ni por un grupo. Está escrito que sólo algunas mujeres y unos pocos hombres deberán hacerse cargo del peso de su tiempo y de las circunstancias presentes y saltar a la arena solos, por más deseos que tengan de gritar como el ingenuo Picotto: “¡Vamos todos!”
No. No van a ir todos. Hay posiciones de privilegio que cuidar. La comodidad de una casa confortable, un buen pasar y un futuro apacible son tesoros demasiado caros para arriesgarlos en aventuras sin destino. Hay compromisos políticos, alianzas secretas, pactos innumerables, contubernios invisibles que deben ser sostenidos, aún si eso significa el dolor, la miseria y la destrucción de lo poco bueno que queda en el mundo y la vida.
Así, algunas pocas personas seguirán el camino de Picotto y afrontarán la triste y necesaria misión de lanzarse al combate en infausta pero augusta soledad.

(Este artículo ha sido escrito especialmente para la radio cristiana CVCLAVOZ)

La palabra rota

En el principio era la palabra. Por ella fueron hechos los mundos. Era el misterio revelado de la vida y del amor, tanto así que se dejó romper pero volvió a vivir para instalarse de nuevo como posibilidad de redención, como promesa, como camino para los encuentros, como relato del tiempo y de las cosas humanas.
Entonces aparecieron los mundos virtuales de internet, los mensajes instantáneos, las redes sociales y los smartphones, y la palabra fue atropellada, recortada, empequeñecida, abreviada. Las generaciones atosigadas de información se volvieron a los ídolos de la imagen que atraviesa la vida a velocidades vertiginosas.

Y la palabra fue cayendo en el olvido…

Hace unas semanas envié un mensaje a más de quinientos asociados con el asunto “Solicita ayuda e información” presentando dos peticiones en forma relativamente breve; digo relativamente porque había que desarrollar un poco la petición de ayuda e información.
Las respuestas que logramos al final no representan más del 10% de los destinatarios. Eso por una parte. Por otra, la absoluta mayoría quienes han respondido expresaron su deseo de ayudar pero no dijeron una sola palabra acerca de la información solicitada, lo cual me hace ver que, con mucho, leyeron la primera parte del mensaje. Parece que eran demasiadas líneas como para hacerse cargo de ambos temas. Muchas “palabras”…
La solución inevitable es reducir al mínimo el contenido de los mensajes para obtener respuestas. Pero eso duele porque los destinatarios en cuestión son comunicadores cristianos. Personas que se proponen, que se han preparado o que cayeron en el campo de los medios de comunicación; lo que es más trágico es que son medios de comunicación que se supone tienen la misión de transmitir uno de los mensajes más potentes, más complejos y mas profundos de la realidad humana. Un mensaje que requiere el uso y el dominio maestro de la palabra para poder sonar con ventaja entre la estridencia y la chimuchina de miles y miles de otros medios competitivos y poderosos.
Más del cincuenta por ciento de los correos enviados fueron devueltos porque las direcciones ya no existen o tienen buzones llenos de mensajes. En otras palabras, nuestros comunicadores nunca nos “comunicaron” oportunamente que habían cambiado sus direcciones y así ayudarnos a mantener un contacto fluido y productivo con ellos.
¿Hay esperanza – suplico una respuesta – para la palabra entre nosotros, para quienes la misión es precisamente la Palabra?
¿O también está rota entre nosotros?

Conjeturas

Lo mejor de mi futuro es que no lo conozco.” (Eduardo Galeano, El cazador de historias)

La gente tiene una inclinación natural a buscar indicios acerca de su futuro. Hay quienes consultan el horóscopo o las cartas, aquéllos buscan a los que leen las líneas de la mano, otros consultan su carta astral. Saber cómo será el futuro obsesiona a la mayoría de las personas. Aunque se supone que los cristianos confían en que sus vidas están en las manos de Dios, no son pocos los que buscan que algún profeta les declare algo sobre lo que les espera en los días venideros.
Galeano dice en otra parte del fragmento que cito: “Vivo, y sobrevivo, por curiosidad”. Relaciona la curiosidad con el entusiasmo de vivir. Si uno tuviera un conocimiento exacto de todo lo que le va a acontecer, me parece que quedaría destruido algo del encanto de la incertidumbre, de la magia de lo desconocido, del temblor de lo qué será. Incluso en el evento de que Dios tenga un plan para mi vida, como gustan los creyentes de decir todo el tiempo, estoy bastante inclinado a preferir descubrirlo día a día y no tener un mapa revelado de mi historia.
Mis dos únicas certidumbres – por lo que no necesitan conjetura alguna – son que nací y un día mi vida física se va a acabar. Hasta ese día – y después – todo es un camino por descubrir, un territorio por conocer, una vida que vivir. Entonces puedo orar en paz cada día porque no busco saber todo con exactitud sino invocar la misericordia, la bondad de Dios en lo que deba hacer hoy.
Prefiero no hacerme conjeturas sobre el mañana. Reconozco que padezco con frecuencia el síndrome del enfermo imaginario pero una visita oportuna al doctor y los resultados de los análisis se encargan de poner todo en orden. Espero que los acontecimientos vayan abriendo las páginas de la historia que me queda. He ido aprendiendo que cuando se espera con mucha intensidad algo bueno suele resultar que no lo es. Y otras veces, cuando pienso que todo va a salir mal, soy sorprendido por una cosa buena.
Es posible que desconocer lo que pasará y vivir en el misterio de lo por venir lo haga a uno más humilde, más humano, más frágil. Demasiadas certezas pueden volvernos no sólo intransigentes sino además orgullosos.
Aunque no sea más que una conjetura…

De nombres y nostalgias

(Advertencia: El material de este artículo puede resultar irrelevante para personas menores de cincuenta años. También puede serlo porque los temas tratados aquí hacen referencia a una experiencia chilena, aunque es posible que alguna audiencia encuentre similitudes con su propia historia)
………….
Cuando era un niño, hace más años de los que me gustaría admitir, fui frecuentemente impresionado por los curiosos, enigmáticos o misteriosos nombres que tenían algunos negocios. Uno de ellos fue el de la tienda Las tres BBB. Más tarde supe que las letras hacían referencia al concepto comercial bueno, bonito, barato. Desde tan temprano me atraía la expresión adecuada del idioma que me parecía que el nombre correcto del negocio debía ser Las tres B pero se ve que aquel dueño quería asegurarse que la gente no se perdiera la noción de bueno, bonito, barato.
Sin duda el misterio mayor para mis años infantiles era la esquina de los Grandes Almacenes El Rey que Rabió. Hoy no me demoré más que quince segundos en encontrar en Google el origen de aquel críptico nombre: así se titula una zarzuela. Pero allá en la primera mitad del siglo XX un nombre así podría estar toda la vida sumido en el misterio si uno no tenía ningún tío o tía que amara la zarzuela, que así era en mi caso.
Hace unos diez años escribí un pequeño artículo para una revista en la que me referí a la fragilidad del presente. Tal vez sea mi imaginación pero antes uno podía ir a un negocio por diez o veinte años  y seguir encontrando ahí al mismo dueño y a los mismos dependientes. Así era en la Casa Manzur, la Casa Muzard, Gath y Chaves, Los Gobelinos, Librería Nacional, la sombrerería Donde Golpea el Monito y la panadería La Malagueña. Hoy no solamente es imposible que eso suceda sino que la sola ocupación de escribir sobre este tema puede parecer bastante inservible para el pragmatismo de la época presente. Aunque en la ciudad donde vivo hay ciertos lugares con nombres sugerentes: Cuando Nadie Te Ve, Pringamoza, Peor Para El Sol, La Boquería, La Batalla, La Bomba.
Este relevamiento de recuerdos y de nombres no es otra cosa que la melancólica mirada a un tiempo por demás perdido y va revelando ese como encogimiento vital que empieza a venirle a uno cuando la línea del horizonte se acerca inevitablemente.

Misterio

“Cuán insulso y tedioso sería el mundo sin misterio”, dice el maestro Ibn Sina para conformar a su discípulo Jesse ben Benjamin, afligido por el misterio que rodea a las enfermedades incurables. Son palabras adecuadas para su tiempo: es una escena de la película “El médico”, ambientada en la Edad Media. Suenan extrañas para nuestra época que, embriagada de información, inundada de imágenes y sonidos, no parece reconocer límites al conocimiento.
Se dice, Si no lo sabes, googléalo, o Seguro que hay un tutorial en YouTube. Tal vez sea ésta la razón por la que la mayoría de los estudiantes experimentan el aburrimiento en las clases. ¿Qué puede enseñar un profesor que ellos no puedan hallar en internet? Quizá sea también la explicación de por qué el abúlico espectador navega por los 900 canales que tiene disponible en su conexión de televisión satelital y no se detiene en ninguno donde pueda disfrutar de un documental, un espectáculo o una buena película.
Todo está ahí, disponible a un clic de distancia. Ahíta de estímulos audiovisuales, nuestra generación parece haber perdido la capacidad de asombrarse. Ya no tenemos la maravillosa experiencia de la perplejidad frente al misterio y lo desconocido. Por eso mismo, como escribí hace unos días, el salvaje degollamiento online de un grupo de prisioneros fue apenas una nota marginal en los grandes canales de noticias, ocupados por los últimos desnudos de la Kardashian o los premios anuales a la televisión.
Reconocer lo inexplicable es en cierto modo admitir nuestra incapacidad de comprender la complejidad del universo, un primer paso hacia la cordura, hacia el sobrio dimensionamiesto de nuestra humanidad. No somos infinitos.No sabemos todo. No podemos todo. Hay realidades que están más allá de nuestra comprensión y, por lo mismo, son imposibles de manipular.
La ilusión de las poderosas máquinas inteligentes, el acceso instantáneo a inmensas masas de información, la enormidad de recursos de toda índole no alcanzan a resolver ni mitigar la profundidad del misterio, la abrumadora realidad de lo desconocido y de lo imposible.
Nos haría bien pensar más frecuentemente en esta simple y concluyente verdad.

La diferencia

“A veces la soledad es un amparo secreto, un remanso plácido y sutil. Otras, un latigazo feroz, una compañía indeseable, una sombra doliente.”
Así es nomás. Lo que para uno es alegría no disimulada, para otros es condena atroz. La vida en dos caras, anverso y reverso en la misma existencia. Cómo coincidir en este misterio. Siempre algo a contrapie, todo el tiempo una disonancia. El sueño de cóncavo y convexo de la canción de Roberto Carlos es eso, un sueño. En el paroxismo de los cuerpos pareciera que todo se funde y se hace uno, pero una vez pasadas esas eternidades regresa un desasosiego, la insoportable aspereza de la otredad.
Solía pensar, en la edad de la inocencia, que la diferencia era el ambiente perfecto de la unidad. Hasta que se hizo querella constante, reproche inaudible, gesto visible de la molestia. Lo que fuera atracción de los opuestos devino martillo de la discordia, argumento recurrente de la refriega. Y lo otro, lo mismo; ser tan iguales con el tiempo se hizo aburrimiento, mímica atosigante. Es que somos tan parecidos resultó ser la cara oculta de un espejo enervante.
“Vamos viviendo, viendo las horas que van muriendo. Las viejas discusiones se van perdiendo entre las razones. A todo dices que sí, a nada digo que no, para poder construir esa tremenda armonía que pone viejos los corazones.” ¿Será eso, al final? Algo parecidos, algo diferentes tal vez resuelva la vieja cuestión.
Hay tantas adversidades todo el tiempo. El ruido destructivo de la ciudad, la noticia corriente del robo a mansalva y el latrocinio de empresarios, clérigos y políticos, el hedor de la suciedad y el humo sofocante de las usinas, la violencia que no da tregua en callejones y bulevares, la inquina y el maltrato de jefes y patrones, la insolencia de dependientes y funcionarios, las manifestaciones con su inventario de calles cortadas, vidrieras rotas y gases lacrimógenos, las querellas que se expiden en cartas-documento y que se despachan en las oficinas del tribunal, la estridencia de opinólogos, panelistas y expertos de utilería en radio y televisión, la chapucería y la ignorancia rampante por todos lados.
Tanta abrumadora diferencia inevitable, ¿no justifica que uno quiera elegir la soledad como amparo secreto, como remanso plácido y sutil?

Y, ¿no es irónico que a final de cuentas la soledad es la única que no nos dejará… solos?

(Fotografía: Inti y yo, sombras en el campo)

Aceptar el misterio

Para alcanzar a la próxima generación, tenemos que crear programación que reconozca que tenemos que aceptar el misterio de la vida, darnos cuenta que no siempre es justa y que no tenemos todas las respuestas. Esta inquietante pero certera declaración aparece en el libro “The Last TVEvangelist” de Phil Cooke, que aparecerá próximamente en español. Phil ha enseñado en las Jornadas de Capacitación de CVCLAVOZ y he conocido su pensamiento sobre los medios de comunicación manejados por los cristianos.

Hace más años de los que me gusta admitir he estado hablando y escribiendo sobre este aspecto de la realidad, advirtiendo a los comunicadores de estos medios que, a menos que entiendan que el mundo no es lo que parece a sus ojos, su mensaje será largamente ignorado por la gente a la que desean tocar e influir con su mensaje.

Hasta hoy todos los grandes proyectos de alcanzar el mundo nunca han logrado un objetivo de audiencia que supere el 20% de la cultura y, en algunos casos dramáticos, mucho menos que eso. Debe admitirse por ejemplo que, particularmente en el mundo occidental, ese veinte por ciento alcanzado está compuesto en su gran mayoría por personas que ya practican la fe cristiana.

Hay diversas razones que dan cuenta de este exiguo logro; un estudio más en profundidad requeriría un espacio mayor que éste. Pero la que se apunta en la cita de Phil Cooke es una de ellas. El mensaje típico de quienes desean persuadir a otros acerca de la fe cristiana no admite este misterio de la vida: para la mayoría de la gente la vida es injusta y así termina para ellos en este mundo. El mensaje siempre presupone todas las respuestas; siempre asume el acento paternalista de quien lo sabe todo mejor y esa mirada simplista que resuelve la trama de canciones, mensajes hablados, películas y videos con un versículo o pensamiento final que envuelve en dulce todo y le quita realidad incluso a un buen argumento.

La vida es compleja y ajena. La verdad no es algo que la gente anda buscando como verdad; no se despierta a la mañana preguntándose qué debe hacer para ser salvo. Hay otras intrigantes y complejas cuestiones que ocupan su mente. Hay un amplio porcentaje de la población del mundo que, pese al dolor y al drama que rodea su existencia, no creen que un mensaje dulzón y bien empaquetado sea algo hacia donde orientar su ya complicada existencia.

Es hora de repensar el contenido y el modo de decir la verdad de las cosas.

Sin razón

Todos reconocemos las películas con finales Hollywood: no importa cuán dramática o compleja sea la trama, siempre ganan los buenos, el chico se queda con la chica y la superpotencia salva al mundo. El final de “¿Conoces a Joe Black?” (Meet Joe Black) hubiera sido perfecto con Joe y el señor Parrish desapareciendo tras el puente; pero la convención exigió que el rubio joven apareciera de vuelta y se quedara con la hija desolada; la audiencia quedó feliz. No así aquella que vio a Clint Eastwood administrar una sobredosis de morfina a petición de su pupila, Hillary Swank, postrada por una cuadriplejia en “Million Dollar Baby”.

La mayoría de las personas no puede prescindir de estas resoluciones perfectas. Una muerte absurda, un amor destruido, una causa justa aplastada por el poder del dinero, el mal sin venganza les perturba. Se ven en la necesidad de buscar una explicación que resuelva el desajuste mental y emocional que les produce el despropósito: invocan el misterio de una voluntad suprema que ahora no se puede comprender o se les ocurre decir que de todo ello seguramente va a salir algo bueno o que había una lección importante que aprender en la situación. Se resisten a aceptar que la desgracia humana a veces simplemente no tiene explicación ni resolución. Tiene que existir para ellos algo que resuelva la ecuación. La sinrazón hace saltar el fusible de la mentalidad causa y efecto. Así que las explicaciones cumplen el rol de protectores de sobrecarga. Una vez activada la explicación correcta, el sistema recupera su operatividad y todos pueden irse a la cama con paz de mente.

Pero frecuentemente la vida opera con otra lógica. La brutalidad de los hechos es abrumadora y lo único que invoca el momento es el silencio, la ira, el dolor, la solidaridad, la pura contención. No hay nada que intensifique más el dolor de la herida que los consuelos no solicitados o los intentos de explicar lo inexplicable, la búsqueda de razones. “¡Consoladores molestos son todos ustedes!”, se vio impelido a gritar cierto personaje ante la encarnizada contienda de argumentos que sostenían sus amigos para explicarle la situación que estaba viviendo.

¿Por qué esa dificultad para aceptar que a veces los hechos simplemente no encajan en el sistema? ¿Por qué esa obsesión de que toda la vida sea explicada por ese a veces precario aparato de control que es la creencia?

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