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Los otros y nosotros

(Enemigos e iguales. Ellos o nosotros. Un oráculo, o quizá la triste constatación de cuán lejos estamos de cualquier diálogo relevante.)

Los otros son los que matan. Los que oprimen a la gente con sus leyes, sus policías, sus armamentos.

Los otros son los que engañan. Los que usan los instrumentos del Estado para someter a la gente a sus designios.

Son los otros los que traen a sus parientes y amigos al gobierno. Son ellos los que se quieren perpetuar en el sistema político.

Los otros son los que se coluden con las cortes, los magistrados, las barras de abogados para obtener juicios y sentencias favorables.

Son los otros los que se apoderan de los recursos del Estado y copan los organismos administrativos para la hegemonía de su poder.

No somos nosotros. Son los otros.

Son los otros lo que en nombre de su proyecto criminalizan a cualquiera que se les opone y utilizan todos los recursos disponibles para neutralizarlos.

Son los otros lo que medran y oprimen desde sus empresas omnipotentes, sus emprendimientos monumentales, sus leyes favorables para hacer lo que se les da la gana.

Son los otros los que mienten a través de los medios de comunicación  adictos y controlados por ellos.

Son los otros los que discriminan, los que etiquetan de enemigos a los que no piensan como ellos, a los diferentes.

Sí, amigas y amigos, son los otros los que nos oprimen desde sus instituciones mundiales, sus organismos supranacionales y sus cortes internacionales.

Ellos son los que lesionan los derechos de todos y no nosotros. Ellos son los que violan la libertad de todos y la asesinan en la plaza.

Los otros son los que encarcelan, persiguen, exilian, desaparecen y silencian.

No nosotros. Ellos.

Nosotros somos la libertad. Nosotros somos la justicia. Nosotros somos el orden. Nosotros somos la verdad.

Nosotros somos la aceptación. Nosotros somos la tolerancia. Nosotros somos el perdón. Nosotros somos el progreso.

Nosotros somos el bien. Nosotros somos la esperanza. Nosotros somos los constructores de la nueva sociedad.

Nosotros, amigas y amigos, la tolerancia, el respeto a todas las personas incluso a las que disienten con nosotros.

Nosotros somos la unidad, la solidaridad, la nueva creación, al arte puro, la ciencia libre, los constructores de la bondad.

Nosotros somos la pluralidad, la diversidad, la transparencia, la honestidad, el servicio desinteresado y dedicado.

Nosotros somos el crisol ardiente de los pueblos, del medio ambiente y de la nueva vida.

No ellos. Nosotros.

Vivir en el amor de Dios

“Hijos míos, si Dios nos ha amado así, nosotros también debemos amarnos los unos a los otros. Nadie ha visto nunca a Dios; pero, si nos amamos unos a otros, Dios vive en nosotros y también su amor estará en nosotros.” 1 Juan 4:11-12 (TLA)

Lamentablemente en nuestra vida cotidiana nos encontramos con personas toxicas o de un mal carácter, y esto se debe a que muchos de ellos crecieron sin sus familias o fueron lastimados en el pasado; carecen de un amor para brindar a la sociedad.

El versículo nos anima que la única manera para que ellos conozcan a Dios y de su gran amor, es amándolos a pesar de su actitud o su pasado, necesitan vencer el mal con el amor de Dios en Romanos 12:21 dice: “No se dejen vencer por el mal. Al contrario, triunfen sobre el mal haciendo el bien.” Solo así demostraremos que Dios vive en nosotros y que su gran amor está dispuesto a curar toda herida.

Por Cristhian Castillo

El siguiente crédito, por obligación, se requiere para su uso por otras fuentes: Artículo producido por radio cristiana CVCLAVOZ

Hoy y yo

He seguido leyendo y pensando sobre la forma en que el cristianismo de hoy ha evolucionado desde la centralidad de Dios a la importancia capital de las personas. Ayer oí en una conferencia a un profesor citando dos palabras que definen bastante acertadamente el espíritu de la postmodernidad: “hoy” y “yo.” Desanclado de ese punto infinito de referencia que es Dios, el ser humano no encuentra otro interés mayor que su propio bienestar y la actualidad en la que está sumergido por su finitud.
Mencioné en el artículo Humanismo rebautizado que la preocupación principal del discurso y de la actividad de los cristianos es la conquista de un estado permanente de bienestar espiritual, emocional y físico; digo que es un humanismo rebautizado porque todo ese quehacer estaría iluminado, por así decirlo, por Dios y por ello se lo ilustra con versículos bíblicos y referencias a las doctrinas centrales de la fe. Pero el motivo principal es que la persona se sienta bien, incluso en los tiempos de conflicto porque al final del mismo se encontraría en un estado de mayor bienestar interior.
Las personas se ven a sí mismas como el centro de su preocupación porque al perder la conexión con el Dios del tiempo y de los otros, no les queda más ocupación que el presente. Y si todo lo que tenemos es el presente es difícil ver algo más que nuestra circunstancia: lo que nos pasa, lo que sentimos, lo que nos duele, lo que queremos, lo que no tenemos, todo eso se convierte en el asunto preferente de nuestra atención. Esto es el hoy y yo.
Así, no hay lugar para los “otros” en el “tiempo”. Porque los otros nos sacan de nuestra introspección y nos hacen conscientes de la sociedad que viene de un pasado y que se dirige hacia el futuro con todas sus luces y sus tinieblas. La conciencia vigorosa de la realidad de Dios más allá del hoy y del yo nos compromete a ser en el mundo. Nos obliga a ser testigos de Dios en un entorno violento, injusto, oscuro, profundamente necesitado. Nos urge a desocuparnos de nuestras dolencias y ocuparnos de las dolencias de los otros que es en definitiva lo que hizo el Señor de los cristianos en su tiempo. La verdad, es un cambio de centro que nos va a costar mucho.
En contraposición a una postmodernidad donde manda el hoy y el yo, el cristianismo nos provoca a ser con los otros en el tiempo.

Fuera del círculo

Alejarse del propio universo y entrar en el mundo de los otros. Hemos mencionado esto varias veces en este espacio. Con motivo de celebrarse una vez más la encarnación del Cristo entre nosotros, valdrá la pena reflexionar sobre el tema de nuevo. La entrada de Jesús en este mundo tiene una dimensión sociológica que suele escapar a la consideración de los expertos. El que vino se alejó de su entorno natural, de las cosas que le eran propias, para ofrecer sus palabras y ofrecerse a sí mismo como camino, como verdad, como vida, como posibilidad transformadora.

Semejante despojo debería hacernos pensar. ¿Cuánto nos alejamos de nuestro espacio cotidiano? ¿Cuánto nos internamos, cuánto interactuamos en el mundo de los otros, de los que “no son como nosotros”? Hay gente que tiene otro color de piel, distintas convicciones, costumbres diferentes. Se mueven en círculos que nos perturban y nos incomodan. Piensan en cosas que consideramos impropias. Tienen hábitos y aficiones ajenas a nuestra cultura.

Poco salimos de nuestra zona de comodidad social. Muy poco. Un somero examen de nuestra agenda diaria nos va a demostrar cuán lejos nos encontramos del modelo de Aquel a quien queremos amar y cuyos pasos deseamos seguir. Nos movemos entre gente igual, cercana a nuestras costumbres. Vamos a los mismos lugares que van ellos. Creemos las mismas cosas, escuchamos la misma música, leemos los mismos libros. Llegamos a considerar una virtud eso de no mezclarnos con los otros. Todas las actividades que realizamos fuera de nuestro círculo las consideramos un mal necesario, una cierta “responsabilidad social”, pero apenas podemos, corremos a nuestro refugio, a nuestros amigos, a nuestras instituciones, a nuestra familia.

Claro, les enviamos mensajes a los otros, escribimos cosas que tal vez puedan leer, les invitamos a dejar sus culturas y venir a nuestro mundo, sin alejarnos de la seguridad de nuestro pequeño cielo en la tierra. Son ellos los que tienen que venir.

Si Jesús hubiera usado esta misma lógica, jamás le habríamos conocido. Para El significaba descender, minimizarse, limitarse, atreverse, alejarse y estar en peligro todos los días. Entró en espacios prohibidos, habló con gente marginada y enemiga de la cultura. Su sola existencia era un mensaje de encarnación en lo otro, en lo diferente a Su naturaleza.

Tal vez deberíamos cerrar la boca un poco más seguido y salir a andar un rato fuera de nuestro círculo.

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