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Divagación del tiempo

“¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé.”

(San Agustín, Confesiones)

El presente no es más que un intersticio, una rajadura tenue entre el segundo que pasó y el que viene. Una aparición, un mínimo haz de luz o un latigazo de sombra.

¿Qué importancia tendría esta divagación en semejante sitio web con tan altos pensamientos espirituales? A ver si puedo precisarlo.

Nunca vivimos, creo, el “presente”. Sólo está el instante. Inasible. Me dicen que Yo soy el que soy puede significar Yo seré el que seré – o ambas cosas. No sabemos porque el tiempo es una categoría inventada para situarnos.

Sugiero a veces a mis amigos a quienes acompaño a leer la Biblia que Dios vive el día a día con nosotros. Podría ser de otro modo. A lo mejor es de otro modo pero se me hace que lo ha preferido así: acompañarnos en la asombrosa expectativa, en el misterio del qué será.

(A estas alturas de mi vida me importa bien poco – nada en realidad – que me retruquen los entendidos. Ellos necesitan la certeza de sus convicciones y sus edictos magistrales. A veces me parece que han perdido la inocencia del descubrimiento. Bailan siempre en la misma baldosa.

Yo, al contrario, me aventuro en el vértigo de lo que no sé. Como debo haber dicho aquí antes, bailo en la oscuridad).

Se suele decir que el tiempo perdido no se recupera. Esto suena tan griego, tan occidental. Supone que la vida es una línea recta, una ruta sin retorno.

Propongo que el tiempo no es más que las realidades de la vida. Hacemos esto o lo otro. Podemos no hacerlo nunca. Podemos volver a hacerlo. Podemos recordar. Podemos olvidar. Podemos evocar.

Podemos odiar si queremos, pero podemos perdonar. Recuperar una relación o perderla para siempre. Intentar nuevos encuentros.

Podemos ser lo que soñamos antes. O decidir que no queremos ser lo que soñábamos porque descubrimos que nos interesa ser otra cosa.

Me voy dando cuenta que es más interesante pensar en lo que seré en vez de diluirme en la nostalgia de lo que fue o no fue. (Tal vez eso sea un buen ejercicio contra el Alzheimer o la demencia senil).

Me propondré entonces la construcción de recuerdos del futuro. ¡Tan intensamente que terminaré teniendo nostalgia de lo que seré!

Otoño fundamental

El otoño es completamente mío. Tal vez sea tuyo también y de toda persona que siga siendo sorprendida por la brisa vespertina y las hojas que se alborotan a sus pasos.

El otoño es completamente mío. Tal vez sea tuyo también y de toda persona que encuentra los senderos de la poesía y la nostalgia entre la llovizna y la niebla.

El otoño, amigas y amigos, es nuestro si todavía somos capaces de detener el flujo exasperante de la ciudad y quedarnos un rato encantados con tanta nube que desenreda el sol a las cinco de la tarde o a las nueve de la mañana.

Las esclarecidas mentes seguro dirán que semejantes declaraciones no son más que pulsiones emocionales y que el otoño es definitivamente una etapa en el ciclo anual del sol y nada tiene que ver con los últimos grillos y golondrinas del verano.

Pero que eso no nos amilane, colegas del alma.

Que se queden ellos y ellas con sus maquinarias, sus estadísticas, sus algoritmos y sus trending topics. Lo esencial es invisible a las redes sociales. Lo fundamental todavía se trata de persona a persona, de piel a piel, de mirada a mirada.

El otoño es un rincón del mundo que tiene colores y luces capaces de construir un albergue para la manifestación de la tristeza creativa y del dolor productivo.

El que sabe entiende estas palabras. El que no es porque todavía se refugia en sus libros de autoayuda, sus teoremas de emergencia y las noticias de las nueve.

Sí, amigas y amigos. El otoño es fundamental. Es imprescindible con sus crepúsculos rosados y su estilete de hielo a las siete de la tarde.

Así que rescatemos algunos otoños inmortales de la boca de quienes saben más que nosotros, modestos artesanos del sentimiento (un poco terroristas también, la verdad sea dicha):

Aprovechemos el otoño antes de que el invierno nos escombre, entremos a codazos en la franja del sol y admiremos a los pájaros que emigran (Otoño, Mario Benedetti).

Hoy una mano de congoja llena de otoño el horizonte. Y hasta de mi alma caen hojas. Me decían: No tienes nada. No estás enfermo. Te parece. Era la hora de las espigas. El sol, ahora, convalece. (Mariposa de otoño, Pablo Neruda).

La tarde equivocada se vistió de frío. Detrás de los cristales turbios, todos los niños ven convertirse en pájaros un árbol amarillo. (Paisaje, Federico García Lorca).

Desvaríos

Después de tanta palabra, después de tanta declaración, después de tanta intención lo más seguro es que no quede nada no más. Como el antiguo proverbio: estela en el mar, camino de serpiente en la roca, marca de hombre en la piel temblorosa.

Tanto decir, tanta pronunciación alterada, tanta marea que sube por los costados, nunca por los senderos de la costumbre y que no se registra en los anales de la oceanografía ni entra en los índices pluviométricos del sistema.

Un descubrimiento singular, un diseño inteligente, una tontera pasajera, una volada imprevista, un mensaje universal, una “biblioteca mental”, un poemita insulso, un cúmulo de huesos descalabrados, palabras al viento.

Todo ello mezclado con llamativos réclames de felicidad inmediata y garantías futuras, textos que salvan el día, anuncios de espectaculares y asombrosos acontecimientos.

Uno siembra al viento. Algunas semillas cayeron en un barrito providencial y florecieron amapolas. Pero el viento, el viento se llevó la mayor parte de ese pretendido corpus, de esa epopeya viviente; no quedará más que un nombre, una nostalgia, un mohín imperceptible, papeles amarillos, fotografías viejas, unas remeras grises usadas, una taza de té que se enfrió.

En 1818, dos meses antes de ser asesinado por los sicarios del régimen imperante, el guerrillero chileno Manuel Rodríguez lanzó un grito desesperado: “¡Aún tenemos patria, ciudadanos!”

Considerando las abrumadoras transformaciones sociales y del lenguaje que han tenido lugar con el paso del tiempo, el grito éste se siente un poco ingenuo y harto demodé, pero de algún modo registra la estúpida idea de que los sueños son inmortales, la extraña impresión de que hay algo que debe ser dicho antes de morir.

Así prosigue entonces, impenitente, la persistencia del loco, la manía del ingenuo, el afán del inconsciente, la penosa travesía hacia ninguna parte.

Téngase en cuenta que impenitente significa tanto persistencia en el error como obstinación en el pecado sin arrepentimiento, así que queda al arbitrio de la amable audiencia – o no tan amable – el tipo de estimación que pueda otorgar a estos desvaríos de fin de semana.

Colofón:

Este artículo se terminó de escribir una mañana de febrero, con 37 grados a la sombra y una importante disfunción estomacal que inhabilita toda posibilidad de mejor ánimo para decir cosas estimulantes y optimistas.

Nostalgia del futuro

Un espacio entre el cielo y la tierra. Tal vez una cabaña a la orilla del río, en medio de la montaña, lejos pero cerca. Arboles gigantescos, álamos o eucaliptos que desenreden el viento en las tardes de verano. También sería bueno una galería abierta que se convierta en platea para “catear” la luna tarde en la noche y donde despejar de tanto en tanto un vaso de vino.

Una charla improvisada sin reclamos ni tomas de razón; sólo estar ahí y dejar que la cabeza desagüe su diluvio de pensamientos atrasados. Alterar apenas la conciencia para detectar si algo uno ha aprendido o se tiene que tropezar en lo mismo de nuevo. Tener la presencia de ánimo para deshacer los malos tratos que uno le propinó a los inocentes y a los no tanto. Desbrozar con pausada dedicación la hierba que anduvo creciendo en el caminito de la amistad – si fuera posible.

Una cierta disposición a dejar – o disminuir – las cosas que hacen mal: el enojo, el azúcar, la pena, las harinas, el remordimiento, algunos vicios innecesarios, el resentimiento, el sedentarismo (¿Por qué me cuesta tanto todavía adoptar el gusto de caminar los cerros y las orillas?), la soledad, más allá de su medida recomendable, digamos. Y cosas así…

Paciencia y más compasión con las cosas que no van a cambiar nunca o se van a demorar mucho en ser diferentes. Sensibilidad para captar las que ya están cambiando y humildad para reconocerlas. Disposición a colaborar con quienes tienen las ganas pero no los recursos. Acompañar a otros en sus tareas y más generosidad con el tiempo propio.

Anaqueles para los libros de todos los tiempos y para los nuevos. Más horas para leer y menos para mirar series y noticias. El papel, el papel que nada ni nadie podrá cambiar para mí aunque un día ya no haya más documentos materiales y todo sea nubes y soportes virtuales. Tiempo para las librerías de viejo o la sección de “baqueteados” de Expolibro donde se hallan pequeños grandes tesoros, como el del otro día cuando encontré Climas de André Maurois.

Finalmente, menos, mucho menos ropa y zapatos, menos artefactos, muebles y aparatos. La comida y la bebida justa. Las ventanas, la luz del día, los cuadros absolutamente necesarios. Y desde el principio de los tiempos de mi vida hasta el último día, el silencio. El silencio respetable, señorial, educado, sensible, oportuno…

Cuánto tengo… y tanta gente que no tiene…

Es inevitable pensar en la escasez que existe en países como en mi país de origen, Venezuela, cuando vamos a comer o incluso cuando vamos a hacer las compras.

No me gusta ponerme en “negativo”, es decir, en un estado de ánimo melancólico, pero hay días que es inevitable.

Reconozco que me encanta estar alegre y contagiar la alegría, me gusta tener ánimo y contagiar a otros. Siempre digo que una simple sonrisa le puede cambiar el día a alguien. Pero como todo… tenemos nuestros días.

No podemos evitar sentirnos un poco mal cuando sabemos las necesidades que están pasando tantas personas mientras nosotros nos damos un banquete. Y no es todo el tiempo, por supuesto. Nunca tenemos siempre la misma posibilidad. Los días cambian y las situaciones cambian. El tiempo apremia y a veces no da chance sino para comer un bocado y seguir.

Pero hay días en los que estamos un poco más sensibles, o algún acontecimiento nos hizo sensibilizarnos y ocasiona que nos sintamos así.

¡Son tantas las cosas que no podemos cambiar!

Pero bendito sea Dios que siempre está con nosotros y cuando nos sentimos así y lo contactamos y le contamos, si bien no nos hace reír, al menos nos da Su maravillosa e indescriptible paz. Y eso es maravilloso.

Lo cual me hace pensar en Mateo 26:11 cuando Jesús dijo que siempre habrá pobres entre nosotros. Y si Él lo dijo…no podemos esperar otra cosa.

Y debo insistir en lo que siempre digo: uno decide ser feliz. Uno se sacude la melancolía, ora por las personas que están en necesidad y con fe, esperamos que Dios les provea todo lo que necesiten, así como lo hace con nosotros.

Puede que muchas veces sintamos que no lo está haciendo, tal vez no en ese momento, pero aún así hay que agradecerle y adorarle. La vida es un campo de aprendizaje y una de las cosas que más nos cuesta, es esperar.

Y algo que nos hace sentir mucho mejor es hacer algo por alguien. No lo olviden. Es muy satisfactorio. Eso nos puede quitar la melancolía.

Escríbeme y dame tu opinión acerca de este tema. Dios te bendiga.

 

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido para radio cristiana CVCLAVOZ.

Última isla

… (E)n términos más mundanos, el exilio – voluntario o involuntario -, la retirada, implica vaciamiento, pérdida, olvido, marginación. En este sentido, el exiliado se ve obligado a recuperar la memoria, la nostalgia de un tiempo anterior, la reinvención (inscripción) en solitario de un cuerpo (social, individual) desaparecido.
(Todo hombre es una isla, Jacobo Sefamí)

Última isla, hacia donde la memoria se abre y el alma consulta respecto de un pasaje sólo de ida, para un no retorno que ponga de una vez por todas las cosas lejos de todo y de todos.
Última isla, legendaria Itaca donde estibar definitivamente el peso de la vida y de todos sus requerimientos ineludibles.
Última isla, un lugar en el mundo donde concluir todo negocio pendiente, cerrar los libros, olvidarse de los balances y bajar las cortinas.
Última isla, descanso de las palabras y de las convenciones indispensables en el mundo de los vivientes, necesarias para legitimar el ser.
Última isla, donde no lleguen cartas documento intimando a las explicaciones y a las justificaciones que son necesarias para uno ser articulado en la realidad.
Última isla, encantamiento de Nunca Jamás, ilusión permanente que se niega todavía a la posesión porque debe haber todavía una caterva de situaciones que demandan resolución.
Última isla, retorno al origen, a los días del lindo arco iris, a los álamos tocados por el ocre de la tarde y el sonido del viento, al tiempo donde no se había adquirido deuda alguna aún por lo cual era posible dormirse de inmediato bajo los pinos y respirar con toda tranquilidad sesenta veces por minuto.
Última isla perdida en una cartografía esquiva, territorio para la paz, depositaria de esperanzas tardías y luces que se van extinguiendo poco a poquito.
Última isla donde terminar la travesía después de surcar aguas internacionales al arbitrio de monzones de verano, vientos alisios, ciclones de alta mar y corrientes de Humboldt.
Última isla para desguazar el corpus de la memoria, archivar los remordimientos y las listas de contactos, cultivar alguna paz tardía, procurarse una planta de lavanda y por fin desistir de cualquier idea relacionada con escribir memorias o armar testamentos literarios “porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra” (Gabriel García Márquez en el final de Cien Años de Soledad).

5 maneras de manejar la tristeza

Leí un artículo en el que, quien lo escribió, terminaba admitiendo su tristeza y eso me inspiró a escribir acerca de eso, ya que pienso que a todos nos ataca la nostalgia, las ganas de llorar o simplemente nos sentimos tristes de vez en cuando. A muchos se les hace algo constante en su vida. A veces no sabemos ni por qué nos sentimos así. Pero sé que muchas veces no solo tiene que ver con nuestra vida o lo que nos haya pasado. Para comenzar, el pasado ya se fue. Es mejor vivir en el presente y tratar de hacer de este presente o regalo, lo mejor que podamos para estar bien, para sentirnos bien, sentirnos a gusto.

1- Vivir recordando lo que fue o pudo ser es una pérdida de tiempo y nos baja el ánimo terriblemente. En oposición a esto, la práctica diaria de pensar en y anotar lo que queremos conseguir del día y lo que hemos logrado es mucho mejor y combate ese tipo de pensamientos negativos.

2- Hay veces que si no sabemos exactamente por qué nos sentimos tristes, y no encontramos una razón física o un acontecimiento específico, puede ser que tengamos los minerales en nuestro cuerpo desbalanceados. Cuando el calcio está demasiado elevado tendemos a deprimirnos. La solución es tomar un poco de magnesio. Pruébalo. Lo venden en cápsulas o en laminitas para disolver en el agua.

3- Hay aromas que contribuyen con subir el ánimo. Y esos aromas son los cítricos. Olor a naranja, a limón, nos ayudan. Los venden como aceites esenciales para colocar en difusores y son magníficos. También colocando las pieles o cáscaras de estos frutos en agua a hervir, nos dan el aroma en casa. Cómprenlos y úsenlos a menudo en sus preparaciones de comidas o jugos y verán que les ayuda a subir ese ánimo.

4- Es importante recordar que ser felices es una elección. Uno decide ver la situación de la mejor manera. No es solo ver el vaso medio lleno. Creo que es mejor enfocarnos en llenarlo. Buscar la manera de sacudirnos la tristeza o buscar la manera de animarnos.

5- Por último, la actividad es buenísima para subir el ánimo. Caminar o ejercitarnos un poco, al subir los latidos del corazón, se activan las endorfinas que nos ayudan a sentir mucho mejor. ¡Así que a moverse, es bueno para el cuerpo y para el espíritu!

 

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido para radio cristiana CVCLAVOZ.

Lo que no fue

No hay nostalgia peor que añorar aquello que nunca jamás sucedió (Joaquín Sabina, Con la frente marchita)

Los libros, las películas y los sueños embellecen este lado de la vida, empobrecida como está por la desilusión y la maldad. Amparan parcialmente la materia sensible del ser expuesto y aminoran un poco el peso de la realidad. Sin embargo, como la mayoría de las cosas hermosas, tienen un lado oscuro, un correlato en cierto modo contradictorio. Es la constatación de que su propuesta estética crea nostalgias sobre cosas que nunca nos acontecieron.

Una vez vi una película que tenía lugar en Birmania (hoy Myanmar, en el sudeste asiático). Era un viejo filme en blanco y negro que vi alguna noche de invierno a mediados de los setenta. Me introdujo en un mundo singular pero imposible, en el que la vida era todo lo que había y se tenía que vivir con toda intensidad y sin miedo alguno. No recuerdo en mi vida real nada similar.

A veces me hiere la atmósfera de la Rusia de Dostoievsky, de Tolstoi, de Gorki, de Gogol. Me vienen nostalgias de Angulema, del Houmeau de Balzac en Ilusiones Perdidas. Jamás voy a navegar en el Nautilus ni voy a cruzar los hielos antárticos en el Endurance de Ernest Shackleton. Macondo es definitivamente inviable y dormir una siesta en la hamaca de Pilar Ternera es un espejismo como la imagen de Melquíades en la reverberación del sol en la ventana.

Una vez soñé un lago cristalino rodeado de manglares o algo parecido. Había una limpidez, una transparente sensación de paz indescriptible, un mundo azul, dulce y lento, un Nunca Jamás perfecto. A veces tengo unos sueños intensos, llenos de suspenso, pasión, personas y situaciones complejas pero comprensibles que suceden en sitios parecidos a Blade Runner o Matrix.

Lo que no fue no sería doloroso si uno no llevara en la memoria registro alguno de su posibilidad, de su existencia. Pero los libros, el cine y los sueños (dormidos o despiertos) nos han otorgado – y por eso nos hacen añorarlos – universos inmateriales, instantes ingrávidos, sensaciones que sólo son perceptibles en la mente a dolorosa distancia de la piel.

Para empeorar las cosas tenemos otra línea de Sabina: “… al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”.

Regreso al dolor

La nostalgia compensa algunos estados incómodos, por ejemplo, para gente que cree que su vida ya no tiene sentido o siente discontinuidad entre el pasado y el presente”, dijo Tim Wildschut al diario The Guardian en 2014. “Lo que encontramos en estos casos es que la nostalgia, espontáneamente, ingresa y contrarresta estas cosas. Eleva el significado de sus vidas y conecta mejor con su pasado. Es como una vitamina y un antídoto contra estos estados. Sirve para promover un equilibrio emocional, una homeóstasis”. (Diario La Voz, Córdoba, Argentina, 31 de diciembre de 2016).
No sé si la nostalgia aporte sentido a la vida. Sí creo que contribuye a crear un nexo valioso entre el pasado y el presente. Actúa como una terapia porque otorga un cierto grado de equilibrio emocional.

Nostalgia, en todo caso, es algo más amplio que recordar lugares, canciones o amores pasados. Todo el mundo puede recordar el pasado pero no sé si todos experimenten dolor. Hay ciertos caracteres que consideran que recordar es un ejercicio inútil o bien sólo un examen conducente a mejorar el desempeño actual.

Para nosotros, recordar es efectivamente nostalgia, como su etimología lo indica, un regreso al dolor. Es posible por cierto que el hecho recordado sea doloroso: un afecto perdido, la muerte de alguien querido, un fracaso descomunal.

Pero se nos ocurre que el recuerdo de algunas cosas causa dolor porque fueron bellas, dulces, plenas. Son inolvidables porque fueron hermosas. Su distancia con el presente, su ausencia es lo que duele.

No rescatamos sentido en la nostalgia; lo fortalece, más bien. Lo bello – y tristemente lejano – de esas memorias es que nos recuerdan lo que es estar vivo, lo que es sentir, lo que es ser humano y lo que abarca. Alguien alguna vez escribió que la sabiduría tiene una relación bastante próxima con el dolor; es difícil encontrar ciencia en la jarana o profundidad en la fiesta. Es notable también que la nostalgia esté mas cerca de poetas y filósofos que de administradores y científicos.

Claro, hay otros conocimientos que producen conductores de naciones y empresarios poderosos, pero de ese saber no se trata en este blog…

Anverso y reverso

Las viejas canciones que a veces te dicen la vida, porque las verdades de siempre están esparcidas por todas partes. No son patrimonio de ninguna gente ni de ninguna institución. Desparraman la noticia de las cosas que definen la inmensidad y la miseria de nuestro ser.
Ellas, las viejas canciones…

“En Comala comprendí que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver…”
Lo que fue, ya no es.
Es por no dejar, como decían en el campo los antiguos, intentar revivir el instante en nosotros inmortal. Frente a aquella ventana, el cuarto en silenciosa penumbra, la plenitud del bosque perfecto, el vuelo en el cielo profundo con un mar de nubes abajo, esa mesa en un restaurant italiano a la luz de las velas, el hechizo de la prodigiosa luz de la playa y el mar reposado y transparente, el chocolate caliente y la conversación inolvidable. Una vida entera se fue en un minuto irrepetible.
Crónicas maravillosas del ser se fueron como el agua entre los dedos. La batalla por la libertad, siempre perdida. El combate de las ideas, ese trámite inútil. El abrazo eterno, ahora doliente memoria.
Se fue.

“No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió.”
En otra canción del mismo autor, este reverso de la moneda. Esta locura de soñar lo que es imposible y dormirse acunando una memoria imposible. Crear pequeños mundos invisibles donde el tiempo, la distancia, las realidades toman la forma de nuestros deseos y se hacen territorio bendito de Nunca Jamás.
La artesanía de un encuentro. El amaine pausado de unas manos trémulas. Unas miradas que no dicen nada pero sugieren historias infinitas. Palabras que declaran el día de la independencia, la libertad en todas las prisiones, la cancelación de todas las deudas, el perdón de todos los pecados, el borrado misericordioso de todas las caídas.
El amor imperecedero, sin reproches, sin abalorios, sin querellas. La eternidad en una tarde noche. La muerte y la resurrección en unas horas que nunca terminan.

Sobre todo, la brutalidad de tantos relatos:

“Todo lo que termina, termina mal.”
Sí, es verdad: algunas cosas terminan bien. Pero casi nunca son las que uno quisiera que terminaran bien. O que no terminaran jamás.

“La moneda cayó por el lado de la soledad…”

Lo que el tiempo se llevó

Hay una escena en la película “Lo que el viento se llevó” en la que Ashley Wilkes confiesa su angustia por el tiempo ido y su incapacidad de confrontar el nuevo mundo que se venía después de la derrota del Sur en la Guerra de Secesión.
Los espíritus combativos ven en el presente y en el futuro la oportunidad para crecer y eventualmente triunfar sobre la adversidad; la mirada hacia atrás es vista como un gesto pusilánime. La nostalgia, para ellos, es cobardía.
Sin embargo, no es siempre así. “Junto a los ríos de Babilonia, allí nos sentábamos, y aún llorábamos acordándonos de Sion” cantaron los antiguos judíos en el exilio. Esa mirada era un examen de conciencia, una reflexión sobre lo que deberían hacer para no volver a perder la belleza de un mundo como el que tenían. Desde este particular punto de vista, la nostalgia es una posición de madurez y de valentía para reconocer lo malo para, desde ahí, construir una nueva cultura.
¿Qué se llevó el tiempo? ¿Qué tesoros desperdicié? ¿Que pude haber hecho y no hice? ¿Y por qué Marcel Proust escribió sus mejores páginas sobre la búsqueda del tiempo perdido? ¿Cómo fue que pudo terminar sus varios volúmenes con el título “El tiempo recobrado”? ¿Se trata solamente de una indulgencia estética? ¿Un raro disfrute existencial de lo que bello que fue eso que se fue? ¿O es posible que esos recuerdos constituyan la materia para una nueva construcción, un titánico esfuerzo para darle sentido práctico a la memoria?
No lo sé. Pero hace rato que quería escribir algo sobre esa mirada hacia el pasado que me arruga el corazón y que me produce inevitablemente esa abrumadora sensación de la brevedad y de la fragilidad de la existencia. Como es bastante común en este rincón, resulta difícil encontrarle el lado edificante a palabras como éstas. Pero al mismo tiempo me anima la seguridad de que siempre hay quienes hallan en estas líneas un eco, un reflejo de sus propias cavilaciones, imposibles de ser expuestas en una atmósfera obsesionada con el triunfo y la mente positiva.
Releí, después de más de cincuenta años, dos novelas de aventuras. Y por más de un mes estuve sumergido no sólo en el mundo de esos libros sino en la memoria de la infancia. Semejante viaje a la nostalgia ha sido para mi mente sensible un sobrio reconocimiento de lo que el tiempo se llevó.

El mundo de ayer

“Pasaría unos días en Lisboa y luego se marcharía de aquella Europa espantosa y sanguinolenta. La imaginaba convertida en un cadáver medio descompuesto, atravesado por mil heridas. Se estremeció. El no estaba hecho para eso… Un mundo brutal, en el que habría que defenderse a dentelladas.” Estas palabras son pronunciadas por un artista francés en los días previos a la invasión alemana a París durante la Segunda Guerra Mundial y se encuentran en la novela de Irène Nemirovsky, Suite francesa.
Son palabras imaginarias por cierto; sin embargo, tienen una vigencia no sólo para el tiempo en que fueron escritas (Irène murió asesinada en el campo de exterminio de Auschwitz), sino para el tiempo presente. Reflejan el sentimiento que muchas personas tienen acerca de la progresiva destrucción de la sociedad.
Es notable que la autora haya puesto estas palabras en boca de un artista, un poco exagerado en su sensibilidad, aunque exacto en su percepción. Los artistas tienen – a veces – la particularidad de percibir el futuro antes de los filósofos, los académicos o los estudiantes. Y en el caso de la novela, esa intuición no pudo ser más exacta. Las guerras mundiales han demostrado la eficacia y la eficiencia con que la maldad humana puede ser ejecutada.
Pero cuando nos sintamos atraídos por la idea de que este es el peor tiempo de todos los tiempos y nos animemos con la idea de que el fin está cerca, conviene leer los libros que nos acercan a la realidad de las criaturas humanas en todos los tiempos. Vamos a descubrir lo mismo que el viejo Salomón: “Nunca digas: ¿Cuál es la causa de que los tiempos pasados fueron mejores que estos? Porque nunca de esto preguntarás con sabiduría.” La idea de los buenos viejos tiempos es un artificio de la nostalgia. Los tiempos son iguales, hoy con tecnología mediante, aunque nuestra memoria los reescribe según vamos envejeciendo.
El mundo de ayer, como el de hoy, tiene sus luces y sombras. Tiene sus lados oscuros y sus momentos estelares. La sabiduría aconseja, me parece, apreciar los viejos recuerdos y atesorarlos pero sin obsesionarse. Tenía un tío anciano que solía quedarse sentado en un sillón durante un largo rato en silencio con la mirada perdida; de pronto, casi en un susurro, solía decir: “Tiempos que nunca volverán…”
Aparte de Suite francesa de Iréne Nemirovsky, recomiendo leer El mundo de ayer. Memorias de un europeo, de Stefan Zweig.

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