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¿Algún problema en ser pasivo? 1

¿Algún problema en ser pasivo?

Es primordial aclarar la diferencia entre alguien pacífico y pasivo. La persona pacífica es partidaria de la paz, es decir, enemiga de los enfrentamientos; sin embargo, la pasiva, es conocida como aquella que no hace las cosas por sí misma, sino que espera que otros las hagan por ella, es una actitud opuesta al compromiso o la acción constante.

Por ejemplo, esta actitud se puede observar cuando se trabaja en equipo, algunos se comprometen con el trabajo y se esfuerzan para obtener buenos resultados, en cambio, el pasivo prefiere esperar a que alguien le diga lo que debe hacer, de lo contrario no hará nada.

Seguramente no te gustaría que esta persona esté en tu equipo, del mismo modo, nadie quiere tener una pareja pasiva; es decir, que no muestre compromiso en la relación, que espere que lo busques, que lo consientas y se olvide de los detalles o fechas importantes… eso tampoco le gusta a Dios.

Y me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón Jeremías 23:13

Si deseas encontrar al Señor entonces debe existir una acción constante de tu parte, en la que lo busques de todo corazón. Muchos no lo encuentran porque simplemente se entregan a medias, quieren seguirlo pero no asumen un compromiso y continúan sumergidos en su propia comodidad.

Ser alguien inactivo, en otras palabras, estar cómodos en la banca de la iglesia, no es algo que el Señor espera de nosotros. Así como nuestros padres quieren nuestro progreso para alcanzar un futuro exitoso ¡también Dios! Él desea que nuestro estado espiritual no se estanque, que seamos cristianos encendidos de oración, obedientes a su palabra y serviciales.

En esta oportunidad deseo animarte a ponerte de pie, decide aplastar el desgano, basta de esperar que otros te empujen a orar, a asistir a la iglesia ¡Muévete! Recuerda que Dios tiene un gran plan para tu vida y no lo cumplirás estando sentado, sal a predicar, ora por tu pastor, por los necesitados y apoya al que necesita una mano o consuelo.

¡Qué las personas conozcan un hijo de Dios activo!

 

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Racconto 2

Racconto

Acompaño a mis amigos a San Antonio, en la costa chilena, para ir a comprar pescado. De pronto, me doy cuenta que estamos entrando a Cartagena. Cada vez que nombro este balneario tengo que aclarar que no es la Cartagena de Indias, aquella perla brillante y antigua de las costas de Colombia, llena de historia y de sugerencias dentro de sus muros coloniales.

Esta Cartagena es un remanso pequeño en medio de la salvaje pronunciación del Pacífico helado, profundo e inmenso. Carece de esa fiebre tropical de la otra Cartagena, por más que esté invadida de sones de bachata y otros ritmos del verano. Con la nariz pegada a la ventanilla en el asiento de atrás, veo la Playa Chica, la Terraza y hacia el cerro, la callecita en subida que llevaba hasta la cercana Residencial Peña (hoy inexistente) donde pasé algunos de los primeros veranos de mi vida.

En cinco minutos retorné a más de cinco décadas atrás, cuando Cartagena era un refugio de veraneantes de la acomodada clase media y de algunas familias más alto en la escala social. Allí llegué una vez en Pullman Bus, con cinco años, parado en el asiento junto a la ventana para ver por primera vez una inmensidad incomprensible y casi aterradora, que parecía apenas tener fin en la línea imperceptible del horizonte en un encuentro imaginario con el cielo más claro.

Apenas instalados en la residencial, mi primer y más intenso deseo era ir a la playa, a sentir el mar. Le insistí al tío Carlos que quería ir a “mojarme las patitas.” Estaba vestido con mi traje de salida, de pantalones cortos, soquetes blancos y zapatos de colegio. Una vez obtenido el permiso, me descalcé lo más rápido que pude y fui a la orilla, llena de bañistas y sonidos desconocidos.

No supe qué paso. Me encontré arrollado y sumergido en un torbellino de agua salada, arena y terror. Me veo sacado de los brazos por una pareja de bañistas y luego subiendo por la callecita empinada hacia la residencial, llorando a grito pelado, sin entender los retos del tío, chorreando agua por todas partes.

El mar me había encontrado. Desde entonces, hasta hoy, no quedamos muy amigos. De lejitos no más…

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