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Amanecer en Santa Cruz

El sol de la mañana se desmadeja entre el follaje de los mangos que la ventana deja ver. Es demasiado temprano para trabajar y demasiado tarde para las ensoñaciones. En este minuto lo único posible es el silencio.

Una bronquitis persistente apaga un poco el ardor de la palabra. Reservo lo que puedo la voz para la presentación  de esta noche. He pensado tanto en lo que decir al pequeño grupo que se reunirá en el living de la casa de mi amiga.

Persuadir. Interrogar. Provocar a una expectante audiencia a salir a la intemperie porque vivir bajo el paraguas de los paradigmas es cómodo y no hay que pensar casi nada.

El aroma del café y las tostadas me ayudan a reencontrar un poco la paz. Siempre se agita mi cabeza cuando lo que debe ser dicho se tiene que decir.

El cielo se va nublando un poco pero todo está tibio y sereno. La mente se aplaca un poco y entiendo que el camino es largo y entramos a tientas casi en un territorio desconocido.

Hablo en voz baja pero audible, cosa que hago todas las mañanas. Les pregunto imaginariamente a las personas que estarán presentes qué va a pasar si el fin de los tiempos se tarda indefinidamente.

¿Para qué están preparados? ¿Qué orientaciones fundamentales han provisto a las nuevas generaciones? ¿Cómo van a sobrevivir en la vorágine del cambio ya que por siglos se han marginado de la conducción de los procesos sociales?

Mi amiga y anfitriona me envía un mensaje que dice algo como “cosas que ojo nunca vio y oído no oyó”. Lo pienso de un modo distinto, la verdad. Es casi seguro las cosas que estas personas van a oír de mí no las han oído nunca. No me estoy jactando. Sólo me sigue doliendo que así sea.

La dura costra del conocimiento adquirido al entrar en la comunidad de los creyentes es resistente a la pregunta. Concluye que las cosas son como son porque así están escritas desde antes de la fundación del mundo y me entra una como ardiente rebeldía porque no es así.

La verdad tiene la frescura y la versatilidad del encuentro constante. No es estática. Es fibrosa, abismante, sorprendente. Porque como algún viejo profeta dijo, “conoceremos y proseguiremos en conocer”.

Prosigamos. Es la propuesta que pienso en este amanecer en Santa Cruz de la Sierra, aquí en Bolivia…

La cosa

¿Cuál era la cuestión fundamental? ¿En qué consistía aquello que podría explicar los años pasados? Se detuvo un instante y pensó en todos los momentos cruciales de su vida y quiso encontrar el elemento ordenador, la cosa que explicara todo, el factor que pusiera la necesaria perspectiva para entender.
La mañana transcurría plácidamente. Una brisa leve le acariciaba el rostro. Un sol todavía tímido pero tibio le entraba en los huesos. Los ojos reposaron sobre la temblorosa superficie del río. Sus remansos permitían suponer la profundidad que alcanzaba cerca del pueblo. La línea del cerro recortaba un cielo límpido, tan distinto aquí de ese mortecino color gris de la ciudad. Le pareció un buen momento para volver a pensar es las cuestiones esenciales, obsesión que le acompañaba desde la infancia.
Nunca es triste la verdad; lo que no tiene es remedio. Recordó esa frase de una canción de Serrat. No le molestaba tanto que no hubiera alivio para la verdad. Le torturaba más el que costara tanto entenderla. Sobre todo la verdad acerca de uno mismo. Ahí están los hechos de la vida. Nadie tiene que explicárselos a uno: se conocen demasiado bien. Lo que se quiere saber es qué significan, hacia dónde conducen, por qué han ocurrido de esa manera y no de otra, qué hubiera pasado si uno hubiera hecho algo distinto, etc…
Está claro que los antiguos paradigmas, las explicaciones perfectas que encajan en todas las esferas hace tiempo que ya no satisfacen. Las cosas son más complejas que la elaborada estructura de doctrinas y principios aprendidos desde temprano. Los hechos de la vida hablan más fuerte y más claro que discursos y lecturas.
Entonces, ¿cuál es la cosa? ¿Por qué esa reticencia a reclinarse sobre las seguras columnas del conocimiento convencional? ¿De dónde viene esa disposición contraria a meterse en aguas turbulentas? ¿Por qué no quedarse tranquilo y seguir la corriente como todos los demás? ¿No se evitarían problemas y complejos?
No. La cosa no es así. El antiguo dicho es que la vida es más que la comida y el cuerpo es más que el vestido. No puede uno quedarse satisfecho con soluciones superficiales. No parece haber un puerto seguro y definitivo hasta el fin del tiempo.

Es en ese sentido, y no en otro, que comparto la idea de que no somos más que peregrinos en busca de algo más allá de uno mismo.

Volver

Volver a las cuestiones esenciales de la existencia. Sentir otra vez el estremecimiento de la búsqueda. En la propuesta de este blog hemos afirmado que las preguntas son propias de los niños y de aquellos que se rehúsan a ser adultos ahítos de respuestas. Desde el puesto de observación en que me encuentro he visto que la mayoría está firmemente aferrada a ciertas respuestas aprendidas en virtud de la experiencia, la educación y la doctrina. Cuando sin aviso, y a veces sin respeto, los hechos de la vida vienen a desordenar todo, las personas abren apresuradamente sus carpetas en busca de la frase, el pensamiento, el paradigma que conjure esta provocación a la estabilidad conceptual.

Pero la vida es más compleja de lo que parece… Tantas veces las respuestas suenan perfectas, pero se sienten tan resecas, tan incapaces de transmitir el amor que se necesita en ese momento. No son malas respuestas. Lo que pasa es que perdieron la pasión. Perdieron la tibia humedad del sentimiento. En lugar de caricias, reparten estocadas.

Es que es tan cómodo tener todo resuelto: las agendas están en orden, fluye la estabilidad, el discurso se eleva, se agudiza el sermón, se afila el juicio y la sentencia. Pero hay una sutil cosa que las respuestas aprendidas hacen: no dejan hacer más preguntas. Inmovilizan, uniforman, insensibilizan. Es un trágico predicamento. Porque la verdad es fibrosa, palpitante, siempre novedosa, desafiante. Y se pierde uno esa fiesta movible que es la búsqueda y el descubrimiento.

Démonos a nosotros mismos, aunque sea por un momento, el beneficio de la duda y tratemos de convertir nuestra propia vida en la pregunta…” (Hans de Wit, He visto la humillación de mi pueblo). Releer la vida. Releerse uno mismo. Releer los textos tutelares. Inaceptable propuesta para quienes caminan por el bucólico sendero de los conocidos paradigmas. Provocadora tentación para quienes, hartos de oír respuestas a preguntas que jamás se hicieron, anhelan continuamente respuestas que alivien el ardor de sus conciencias sensibles, a ver si alguna vez pueden llegar a entender y a comunicarse significativamente con el mundo en que viven.

Volver a preguntar. Parte de un poema de Mario Benedetti resumirá este sincero llamado: “no te llenes de calma / no reserves del mundo / sólo un rincón tranquilo / no dejes caer los párpados / pesados como juicios / no te quedes sin labios / no te duermas sin sueño / no te pienses sin sangre / no te juzgues sin tiempo”.

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