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¡Que no se apague el fuego!

¿Alguna vez has intentado mantener una vela encendida con el viento en tu contra? Seguramente has vivido esta experiencia cuando te encontrabas en un día de campo o tenías que cocinar al aire libre. A mí me sucedió hace poco cuando fuimos a la casa de un amigo con una torta a sorprenderlo por su cumpleaños, como el lugar era abierto el viento no permitía que la vela permanezca encendida; necesitamos la ayuda de varias manos para cubrir la vela del viento, fue bastante divertido.

Comparto esta anécdota porque los seres humanos siempre necesitamos del otro, somos seres sociales, una persona que se encierra en las tinieblas de la soledad simplemente está manifestando que no se encuentra bien, tiene un problema y necesita ayuda.

“Y sucedía que cuando alzaba Moisés su mano, Israel prevalecía; más cuando él bajaba su mano, prevalecía Amalec. Y las manos de Moisés se cansaban; por lo que tomaron una piedra, y la pusieron debajo de él, y se sentó sobre ella; y Aarón y Hur sostenían sus manos, el uno de un lado y el otro de otro; así hubo en sus manos firmeza hasta que se puso el sol.” Éxodo 17:11-12

Moisés era un gran líder, un hombre que hacía milagros y prodigios con la autoridad de Dios, pero era humano; es decir, también se cansaba, era inseguro e incrédulo al principio, antes de cumplir el llamado que tenía; además en ocasiones no controlaba su enojo lo que provocó consecuencias negativas en su vida.

Por estas razones, Moisés necesitaba personas a su lado que lo ayudaran a levantar las manos cuando él se cansaba, de lo contrario perdería la guerra.

Los desafíos que enfrentamos en la vida son así, ninguno es autosuficiente. Si deseas vencer, tener éxito, salir victorioso del problema que enfrentas necesitas personas que te alienten y apoyen a salir adelante.

Así mismo, puedes ser tú el apoyo para otros, para que los demás permanezcan con el fuego del Espíritu de Dios encendido en su corazón necesitarán del apoyo de sus hermanos. Te animo a salir de la soledad, a buscar apoyo y apoyar a los demás para que la pasión por el Señor no se apague.

 

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Artículo producido para radio cristiana CVCLAVOZ.

Crepusculario

Quedan en el día algunas grietas aún. Por ahí es posible entrar en busca de un amparo leve. En este mínimo espacio de tiempo disponible se encuentran aún algunas fuerzas para concretar un proyecto pacientemente construido. Queda tiempo quizá para unas palabras finales que den cuenta de cierta madurez adquirida a golpes. Prolífica y persistente, la memoria remite a los días de la ingenuidad y la pasión, aquella época en que las razones y el deber no habían asaltado aún la plaza.

En lo que resta del día se llevan a cabo recurrentes balances y se analizan las cuentas de la vida en el libro del debe y el haber. ¿Se pudo haber hecho aquello que nunca se hizo? ¿Se hizo lo que nunca se debió hacer? Tormentos inútiles porque el pasado es una página sobre la que no se puede volver a escribir. Sólo queda elegir el remordimiento o la paz, el dolor o la esperanza.

Se van reduciendo tranquila y pausadamente las posibilidades. Lo que hasta hace un tiempo era camino abordable devino muro y cerrazón. Los años reclaman inexorablemente los réditos de su inversión. Nos van reduciendo de a poquito el aliento y las ganas. Nos otorgan, tacaños, unos gramos de sabiduría a cambio de la vida que se llevan.

Y sin embargo lo que hasta ayer se pensaba imposible vino a la luz de un modo inesperado. Aprendemos a querer las cosas simples que antes considerábamos vulgares y sin valor: lugares y personas, estados de ánimo y pensamientos, emociones y silencios, soledades y rutinas.

Se convierten en querencias unos sitios en los que nunca antes quisimos estar. Se temperan algunas inclinaciones y otras se resisten. Reflexionar en la suma de los días vividos y la resta de los que quedan por vivir es una matemática inofensiva en tanto sea nada más que un sobrio pasatiempo.

Todo va cambiando. Pero la paradoja es ésta: si uno mira todo desde una cierta altura no hay un cambio esencial. En todos los tiempos y en todas las personas la vida es tal cual. Sólo resta, estoica o militantemente, esperar el inevitable desenlace de la historia.

La palabra petrificada

La palabra, desde el instante mismo en que es pronunciada, se hace temblor definitivo, temor diseminado, inquietante factura pendiente de cobro. Adquiere vida propia, circula por bulevares y callejones, se mete en viejas librerías y aguarda en oscuros desvanes. Se queda grabada en corazones ansiosos y es un eco constante en los recovecos del recuerdo. No tiene fecha de vencimiento, no reconoce fronteras, es implacable.

La palabra dicha en la tibieza de una alcoba, al amor de una piel, en el estertor de la pasión penetra el tiempo y la distancia como la misma simiente de la vida. Al pronunciarla uno se veía como heraldo de buenas noticias. Era ni más ni menos el príncipe encantador, el caballero cruzado, el deshacedor de entuertos, el fin de todas las búsquedas y todos los viajes. Cuando pasó el tiempo, la palabra pronunciada vino a ser promesa rota, discurso estéril, desilusión inconsolable.

La palabra escrita es ícono que identifica, resume, delimita y fija para siempre al escribiente. Es su monumento, su memorial, su testamento. Así como nos irrita cuando nos dicen “Te lo dije”, así nos restriega el alma que nos digan, “Tú escribiste…” No es que dicen que dijiste o que suponen que pudiste haber dicho. Es que está escrito. Es objetivo. No está sólo en el tiempo, sino en el espacio, en papel o en registro digital.

La palabra hablada en plataformas y estrados es más que aire en movimiento; además es sonido grabado, imagen capturada. Semejante a la palabra escrita, gracias a la “magia” de la televisión y el internet, se la puede repetir hasta la náusea y machacar los sentidos de la audiencia para beatificarte o destrozarte hasta la muerte.

Pero para qué estamos con cosas: a veces es maravilloso que la palabra pronunciada viva para siempre. Y capaz que lo sea también el que recibas el crédito por ello, aunque en esto último la experiencia demuestra que las oportunidades son harto más escasas. 

¿Qué hacer cuando uno ya no prestó oído a la vieja admonición: “Sean pocas tus palabras”? Lo dicho es una cárcel: la única esperanza es que un día puedas salir…  bajo palabra.

Tentación del pasado

…Y así seguimos remando contra la corriente empujados sin pausa hacia el pasado. Es una imagen maravillosa, que representa la condición humana. El pasado es un refugio seguro, una tentación constante y, sin embargo, el futuro es el único sitio donde podemos ir.”

(Marcela Serrano, “Natasha” en Diez Mujeres)

Si ustedes han seguido hasta aquí esta serie de artículos que comenzó el año 2012 recordarán varios títulos relacionados con el paso del tiempo, la nostalgia, la infancia, la inocencia; en suma, el pasado. Este pasaje de Marcela Serrano sin duda me ha descubierto. Pienso ahora que no es sólo una condición de las personas que van envejeciendo; tuve nostalgias del tiempo ido aún siendo un adulto recién salido de la adolescencia.

La atracción del pasado se explica, para mí, en el amparo que ofrece. Actúa como un linimento para el dolor del presente. Es la búsqueda de alguna inocencia, el consuelo de algún regazo tibio y sereno en el cual me escondí alguna vez, porque no conocía aún la rugosa y dura superficie de la comunidad humana adulta, con sus reglas y condiciones, con su letra chica, con sus cláusulas que vaporizan de entrada la ilusión de lo bonito. Con su técnica inevitable. Con su crudo realismo: “y, sin embargo, el futuro es el único sitio donde podemos ir”). Y sí. Así es no más…

Hace algunos años, en “Blues bajo la lluvia” hice un anticipo de mi futuro que a más de alguien puede parecer sombrío. Pero está lleno de honestidad (si me permiten la indulgencia de decirlo yo mismo):

“… A la hora del naufragio sólo quedará la razón de la conciencia, el informe lapidario de la realidad vivida; los sueños, las ilusiones, la pasión desbordada tal vez sean consultadas, pero sólo como evidencia circunstancial que difícilmente podrá aligerar el peso del resultado final. Testigo de cargo será la bitácora de los días y la prueba número uno para la fiscalía será sin duda el retrato del cuerpo doliente, triste vestidura de antiguas prestancias y energías disminuidas.

En el momento definitivo no hay manera de pedir perdón. Las palabras finales tienen un dramatismo hasta cierto punto inservible: son sólo palabras. Alivian algo, lo que nos recuerda que para sanar estaba la vida, pero uno la ocupó en el vértigo del yo desbordado, en la intensidad del cuerpo, en los negocios urgentes que demandaba el tiempo.”

Meridiano 64

Esos recuentos dolientes de las cosas idas, de las cosas que no pudimos, que no quisimos retener, de las cosas que nos dolieron demasiado o de aquellas que nos hicieron felices por dos o tres días en un lugar inmaterial, en un territorio de sueños. Esas historias que regresan aunque no queramos; esas historias que no regresan aunque queramos, porque todavía nos conmueve su intensa humanidad, su pasión incontenible. Esas historias que repetimos en voz baja en la plegaria secreta, porque no nos duelen sólo a nosotros y quisiéramos que la herida fuera sólo nuestra. Crónicas de lesa felicidad, susurros en la oscuridad, lágrimas silenciosas en una ventana triste cuando la noche devino cilicio, ceniza, desencanto.
Esos recuentos detallados de las estaciones de la pasión, desde el andén emocionado de la esperanza, al paroxismo inédito del placer, hasta la desoladora comprobación de su adiós desencantado en la terminal del tiempo. Esos relatos que nos contamos cada noche y que vamos introduciendo de a poquito en los entresijos del muro de la memoria como aquellas peticiones enrolladas que ponen los peregrinos en el Muro de los Lamentos. Historias que van cambiando de tonalidades según el tiempo pasa, según sanan las heridas, según se va haciendo más profundo nuestro escepticismo.
Recapitulación de episodios que tienen sentido y razón sólo para uno porque resumen todo lo que uno es, todo lo que uno siente, todo lo que uno espera, todo lo que uno desea, todo lo que se debería y no se debe. Registro de cosas que no se postean porque son sólo de uno y que mal o bien componen nuestra pasada por el mundo, nuestro viaje a medias entre el te quiero y el adiós.
Esas historias vienen a componer el repertorio de los recuerdos a los cuales uno va a echar mano cuando la vida pase la factura y lo recluya en el mínimo espacio entre la senilidad y la muerte, cuando ya no valen las recriminaciones y cuando no tienen sentido las esperanzas. Entonces esas historias serán lo único que nos quede y vamos a llevarlas atrapadas entre pecho y espalda cuando nos vayamos y que apenas dos o tres personas guarden para siempre el otro lado de esos relatos, también callados para siempre.

Por qué te vas

“¿Por qué te vas?”, me suelen preguntar. Debo haber leído en alguna parte que los lobos tienen moradas fijas pero almas errantes – o lo inventé yo, no me acuerdo. Es sólo una simpática frase literaria, obviamente. Tengo domicilio conocido pero siempre me estoy yendo a alguna parte. A los doce años hice mi primer viaje solitario en tren y desde entonces no paré de viajar. Muchas fronteras, todos los continentes, distintos idiomas, culturas diversas, todo quise verlo, sentirlo, olerlo, tocarlo. Tuve la fortuna de trabajar en instituciones que requerían de mi trabajo o de mi vocación en otros sitios y allí estuve. A veces con todas las ganas del mundo. Otras, con el corazón en la mano porque a veces esos universos me quedaban demasiado grandes. O tuve que viajar en circunstancias dolorosas y difíciles. Hubo un tiempo en que pensé que ya no podría volver al camino, tan cansado me sentía. Pero siempre ha habido una razón para hacerlo una vez más.
Va pasando el tiempo y de pronto es inevitable pensar en la eventualidad de un viaje sin retorno, que ya no es tan remota. Y para esa jornada no hay equipaje ni pertrecho alguno que sea útil. Ninguna experiencia de la vida provee indicios de cómo abordarlo, con qué talante y en qué condiciones habrá que embarcar. Siempre que viajo trato de llevar lo menos posible, cosa que a veces impacienta a mis colegas porque hay jornadas en que es imperativo llevar equipajes voluminosos: folletos, literatura, carpetas, materiales, todos esos indispensables abalorios para conducir programas exitosos. Cuando pienso en el viaje final, me consuela comprobar que no se necesita valija alguna; apenas un traje y un silencio eterno. El despojo definitivo, el desprendimiento sin límites, el abandono de todo aquello que antes no queríamos soltar: papeles viejos, fotografías, documentos académicos, libros y cuadernos, todo ese frugal y necesario repertorio de cosas sin las cuales se nos ocurre que no podemos vivir.
Algunas personas se quedarán con esas antiguallas. Conservarán también – posiblemente – la memoria del tiempo compartido, de esos amores eternos que duraron un corto invierno, unas pocas palabras amables y otras no tanto, un diálogo inconcluso, un sueño que deberán completar en nombre del ilustre amigo ausente.
Irse. Un oficio más que un deseo. A veces una pasión. Otras veces ni más ni menos que una urgente necesidad…

Rendido

Es mejor sentarse a observar el partido, que ser un jugador, posiblemente el equipo pierda por culpa mía o no sea capaz de meter un gol y no quiero arriesgarme.”

¿Alguna vez has pensado de esta manera? Estos son los pensamientos de una persona derrotada  que  aún sin haber intentado jugar ya piensa que va a perder.

A veces actuamos como personas derrotadas, no deseamos implicarnos en el problema ni nos arriesgamos a actuar por miedo, preferimos no correr el riesgo, siendo espectadores de los logros de otras personas.

Si no quieres fracasar, simplemente no hagas nada

Las personas que nunca han fracasado, son aquellas que nunca han hecho nada, jamás han corrido riesgos en su vida y, por lo tanto, no conocen lo que es “meter la pata”,  sufrir por haber tropezado; no conocerán el dolor de perder pero tampoco disfrutarán el increíble sentimiento de la victoria.

La vida es corta y creo que uno recuerda más aquellas vivencias que nos han marcado, tanto los fracasos como las victorias, aquellos eventos que nos hicieron tocar el fondo de nuestras emociones ¿Lo has sentido?

Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento. Marcos 12:30

En el camino del Señor, Él desea que le entregues tu vida con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Esto significa que quiere verte en la cancha, sudando la camiseta y no simplemente sentado en la banca de la iglesia; que salgas a predicar, ores por los enfermos, por tus familiares, que apoyes a los que tienen necesidad, que madrugues para buscarlo.

Si estás enfrentando el dolor de no hacer nada, no pierdas más el tiempo y cambia tu mente ¡Vuélvete una persona activa y luchadora! Recuerda que los premios no son para los espectadores, sino por aquellos que se esfuerzan por alcanzar la meta. Si deseas recibir una respuesta o bendición de Dios, tendrás que preguntarte si has entregado tu vida con pasión.

¡Asume el reto y esfuérzate por ganar!

 

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

¿Llegaste donde otros no lograron?

Hace poco vi una película de animación titulada “Ballerine”,  se trata de una niña que anhelaba ser bailarina, por lo que  decide correr riesgos para cumplir su sueño.

A pesar de vivir en escases, logra ser elegida para participar en una obra reconocida que muchas niñas ricas habían deseado, alcanzando la plenitud de su sueño por la pasión que tenía, aquello que sólo puede encontrarse cuando existe amor.

“… a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios.” Efesios 3:17-19

¿Quieres alcanzar la plenitud de Dios? ¿Deseas alcanzar lo que otros no lograron? Sería interesante analizar si tienes pasión por Él. Pablo menciona que para llegar a la plenitud de Dios es preciso que seamos capaces de comprender el amor de Cristo, la anchura, longitud, profundidad y altura, porque esta excede el conocimiento natural.

En proporción a nuestra comprensión del amor de Cristo, seremos llenos de toda la plenitud de Dios.

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.” Juan 3:16

“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.” Romanos 5:8

Mucha gente puede creer que Dios sólo los ama cuando se lo merecen y este es un problema porque esperan hacer méritos para acercarse al Señor, otros piensan que sí lo merecen por ser personas buenas y solidarias, y continúan su vida sin conocer el amor de Cristo, el amor verdadero

El Señor nos amó de tal manera que decidió salvarnos, aunque nadie lo merecía, aun cuando lo traicionamos, aunque no le creímos y lo herimos, costándole lo que tanto amaba, llegando hasta lo inimaginable por amor.

¿Amas a Dios? Moisés, Daniel, David, Elías y otros que son conocidos como grandes hombres del Señor en la Biblia, no fueron personas comunes, sino hombres que tenían pasión por Dios, tanto que arriesgaron su propia vida por cumplir con lo que el Señor les había ordenado.

Si consideras que no has alcanzado la plenitud de Dios, entonces no conoces realmente el amor de Cristo y te animo a asumir el reto de conocerlo; serás una persona diferente y cambiará tu vida, las lágrimas serán inevitables al saber que te amó primero y cuánto lo hizo que te rescato a pesar de todo.

 

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Por qué te vas

“¿Por qué siempre te vas?”, me pregunta alguien que me quiere. Debo haber leído en alguna parte que los lobos tienen moradas fijas pero almas errantes – o lo inventé, ya no me acuerdo. Es sólo una simpática frase literaria, obviamente. Tengo domicilio conocido pero siempre me estoy yendo a alguna parte. A los doce años hice mi primer viaje solitario en tren y desde entonces no paré de viajar. Muchas fronteras, todos los continentes, distintos idiomas, culturas diversas, todo quise verlo, sentirlo, olerlo, tocarlo. Tuve la fortuna de trabajar en instituciones que requerían de mi trabajo o de mi vocación en otros sitios y allí estuve. A veces con todas las ganas del mundo. Otras, con el corazón en la mano porque a veces esos universos me quedaban demasiado grandes. O tuve que viajar en circunstancias dolorosas y difíciles. Hubo un tiempo en que pensé que ya no podría volver al camino, tan cansado me sentía. Pero siempre ha habido una razón para hacerlo una vez más.
Va pasando el tiempo y de pronto es inevitable pensar en la eventualidad del viaje sin retorno, que ya no es tan remota. Y para esa jornada no hay equipaje ni pertrecho alguno que sea útil. Ninguna experiencia de la vida provee indicios de cómo abordarlo, con qué talante y en qué condiciones habrá que embarcar. Siempre que viajo trato de llevar lo menos posible, cosa que a veces impacienta a mis colegas porque hay jornadas en que es imperativo llevar equipajes voluminosos: folletos, literatura, carpetas, materiales, todos esos indispensables abalorios para conducir programas exitosos. Cuando pienso en el viaje final me consuela comprobar que no se necesita valija alguna, apenas un traje y un silencio eterno. El despojo definitivo, el desprendimiento sin límites, el abandono de todo aquello que antes no queríamos soltar: papeles viejos, fotografías, documentos académicos, libros y cuadernos, todo ese frugal y necesario repertorio de cosas sin las cuales se nos ocurre que no podemos vivir.
Algunas personas se quedarán con esas antiguallas. Conservarán también – posiblemente – la memoria del tiempo compartido, de esos amores eternos que duraron un corto invierno, unas pocas palabras amables y otras no tanto, un diálogo inconcluso, un sueño que deberán completar en nombre del ilustre amigo ausente.
Irse. Un oficio más que un deseo. A veces una pasión. Otras veces ni más ni menos que una urgente necesidad…

(Este artículo ha sido escrito especialmente para la radio cristiana CVCLAVOZ)

Búscalo con pasión

Algunas personas, generalmente los hombres, se hacen admiradores de un jugador de fútbol que suele destacar por su destreza al manejar el balón o por ser quien marca los goles.

El hincha, nombre con el que se conoce a la persona que sigue con pasión y entusiasmo a su deportista favorito, ama ver un partido de fútbol y por eso no se pierde ninguno de los días que su equipo va a presentarse: no importa si está lloviendo o nevando,  si está haciendo un temporal que invita a quedarse en casa o si el partido es muy tarde o muy temprano, de hecho existen fanáticos que suspenden actividades familiares con tal de ir al estadio.

Es verdad que hay una transmisión televisiva para que cualquiera pueda ver el encuentro deportivo en la comodidad de su hogar, pero el aficionado verdadero conoce muy bien la diferencia de ver el partido en la tv y gritar los goles en vivo y directo.

¿Alguna vez te hiciste fanático de algún equipo y fuiste a ver un partido de fútbol sin importar la oposición de la naturaleza y hasta suspendiste algunas actividades que ya tenías programadas con tal de estar cerca de tu jugador favorito?

Tal vez te parezca una locura esforzarse tanto sólo por ver a alguien que quizás nunca se entere quien eres, sin embargo la Biblia destaca a un hombre que hizo algo similar.

Lucas 19:1-10, relata la vez que Jesús entraba en Jericó y un hombre rico llamado Zaqueo quería verlo pero no podía porque había mucha gente. Para ese momento la fama de Jesús se había extendido, Lucas 5:15 dice que siempre tenía una gran muchedumbre siguiéndole a todos lados.

Zaqueo desistió de su intento por penetrar la multitud porque era imposible y decidió adelantarse al trayecto que recorría Jesús, y a pesar de tener baja estatura logró subir a un árbol para verlo, entonces cuando el Señor llegó al lugar, levantó la vista y dijo: “Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario que pose yo en tu casa.”

Es increíble lo que muchos fanáticos hacen por ver a sus estrellas de fútbol, pero también son extraordinarias las acciones que muchos hombres hicieron para acercarse a Dios, la diferencia es que el admirador de alguna estrella del deporte quizás nunca pueda darle la mano a su ídolo, pero Jesús sí está dispuesto a dar Gracia a todos los que de corazón humilde lo buscan.

Consideremos: Jesús tenía una muchedumbre siguiéndole y podía escoger a cualquiera para pasar la noche, pero eligió a uno solamente. No lo hizo al azar o porque el publicano sí tenía el dinero para dar un banquete, esos son aspectos irrelevantes que Dios nunca tomó en cuenta para elegir a alguien, lo hizo porque de entre todos los que lo rodeaban el que tuvo más pasión por buscarlo fue ese hombre pecador.

Eso mismo pasó con la mujer que tenía el flujo de sangre: mucha gente lo seguía, pero sólo ella tuvo la audacia para acercarse a Él con fe (Marcos 5:25), en otra ocasión un ciego llamado Bartimeo gritaba y aunque todos le decían que se callara gritó mucho más, y al final terminó recibiendo su milagro (Marcos 10:46-52).

Si la pasión, la determinación y unas ganas verdaderas de conocer a Jesús no acompañan la búsqueda de su presencia, es posible que no podamos encontrarnos con él.

“Dios mío, tú eres mi Dios, con ansias te busco, pues tengo sed de ti; mi ser entero te desea, cual tierra árida, sedienta, sin agua. ¡Quiero verte en tu santuario, y contemplar tu poder y tu gloria, pues tu amor vale más que la vida! Con mis labios te alabaré; toda mi vida te bendeciré, y a ti levantaré mis manos en oración.” Salmos 63:1-4 Versión Dios Habla Hoy

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Lo que no fue

No hay nostalgia peor que añorar aquello que nunca jamás sucedió (Joaquín Sabina, Con la frente marchita)

Los libros, las películas y los sueños embellecen este lado de la vida, empobrecida como está por la desilusión y la maldad. Amparan parcialmente la materia sensible del ser expuesto y aminoran un poco el peso de la realidad. Sin embargo, como la mayoría de las cosas hermosas, tienen un lado oscuro, un correlato en cierto modo contradictorio. Es la constatación de que su propuesta estética crea nostalgias sobre cosas que nunca nos acontecieron.

Una vez vi una película que tenía lugar en Birmania (hoy Myanmar, en el sudeste asiático). Era un viejo filme en blanco y negro que vi alguna noche de invierno a mediados de los setenta. Me introdujo en un mundo singular pero imposible, en el que la vida era todo lo que había y se tenía que vivir con toda intensidad y sin miedo alguno. No recuerdo en mi vida real nada similar.

A veces me hiere la atmósfera de la Rusia de Dostoievsky, de Tolstoi, de Gorki, de Gogol. Me vienen nostalgias de Angulema, del Houmeau de Balzac en Ilusiones Perdidas. Jamás voy a navegar en el Nautilus ni voy a cruzar los hielos antárticos en el Endurance de Ernest Shackleton. Macondo es definitivamente inviable y dormir una siesta en la hamaca de Pilar Ternera es un espejismo como la imagen de Melquíades en la reverberación del sol en la ventana.

Una vez soñé un lago cristalino rodeado de manglares o algo parecido. Había una limpidez, una transparente sensación de paz indescriptible, un mundo azul, dulce y lento, un Nunca Jamás perfecto. A veces tengo unos sueños intensos, llenos de suspenso, pasión, personas y situaciones complejas pero comprensibles que suceden en sitios parecidos a Blade Runner o Matrix.

Lo que no fue no sería doloroso si uno no llevara en la memoria registro alguno de su posibilidad, de su existencia. Pero los libros, el cine y los sueños (dormidos o despiertos) nos han otorgado – y por eso nos hacen añorarlos – universos inmateriales, instantes ingrávidos, sensaciones que sólo son perceptibles en la mente a dolorosa distancia de la piel.

Para empeorar las cosas tenemos otra línea de Sabina: “… al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”.

Otros delirios

El delirio de recordar las cosas antiguas y los episodios recientes. La vida en su máxima plenitud de la mano de los años jóvenes y también de las horas más oscuras. La locura de desear detener el tiempo y estacionarse para siempre en Nunca Jamás. Encerrar el tiempo en una botella y lanzarse con ella a un océano interminable.
El delirio de poder deshacer los entuertos, de hacer todo de nuevo, tal vez ahora bien, o mejor. Desear a veces poder sostenerse en las decisiones hechas y no tener que arrepentirse. Otras, de escribir de nuevo la propia historia con un poco más de luz o de cordura.
El delirio de desear comprender qué es el tiempo. Una ilusión quizá porque somos solo nosotros los que vamos cambiando en un presente que nos envuelve totalmente con un manto invisible. O posiblemente un flujo material de horas que pasan por nuestro andén dejándonos sus heridas y sus caricias indistintamente.
El delirio de alcanzar la paz. Ese sosiego definitivo, esa armonía perenne entre la conciencia y los actos. La quietud de no estar en deuda con nada ni con nadie. El abrazo regocijado entre el ser, el saber y el hacer. La ilusión de dormir o estar en silencio sin culpas ni sobresaltos.
El delirio de querer apaciguar la pasión, el deseo, el sentimiento, la piel alterada. Hallar el agua filosofal que sacie para siempre la sed. Firmar el armisticio que ponga fin al combate fundamental y lo convierta en un crepúsculo, una melodía simple y profunda.
El delirio de preguntar y preguntarse todo el tiempo. El latigazo incesante de la duda. La pregunta del origen, del propósito, del destino. La esperanza de convertir el saber en sabiduría, la experiencia en prudencia, el conocimiento en bien.
El fin, el delirio de los lugares, de las montañas, del río, del helecho, de los aromas y los colores, de las alturas vertiginosas, de la neblina, la lluvia, el trueno, las nubes, el océano infatigable, la roca, la noche, la nieve, el viento.

………………….

El delirio incesante por la voz, por la palabra, por el susurro de Dios…

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