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Se verá que no

Harta de la complacencia y el talante indolente, el alma se subleva.

Escribe la crónica de la sangre, el relato de la injusticia, la historia de los pasillos donde la grey susurra su desamparo.

Pero es en vano.

Como decíamos cuando éramos chicos, “no hay coté”, no está el horno para bollos.

La multitud prefiere la paz de la soberana medianía. Al fin y al cabo, se dice a sí misma, las cosas siempre han sido como son.

Se alinea con las noticias y las tendencias de la red social, se divierte con memes y videos, deposita su voto al mejor postor porque vota al que le dé.

Traga discursos carismáticos, oxidadas consignas setenteras y televisión farandulera.

Transita por las anchas avenidas del sentido y el lugar común.

A la inmensa mayoría le irrita la provocación de la diferencia, la mirada otra, la confrontación del pensamiento y la exigencia de las letras.

Para la gente está bueno que las cosas cambien un poco para que todo siga siendo igual.

(Vive y deja vivir, no te metas, no agites el gallinero, no vayas donde no te llaman, vuelve a tu cubil, lobo estepario, rebelde malagradecido. Aquí las cosas marchan como deben, cada uno cumple su papel, todo marcha viento en popa y al final vamos a ganar y si no lo crees, peor para ti.)

Así que éste no parece ser mi lugar. Es más, a lo mejor no existe tal lugar y lo único que me pasa es que padezco una rara enfermedad que se me contagió una mañana debajo de unos manzanos silvestres.

Me iré entonces acurrucando al amparo de la poesía, compañera fiel igual que los libros. Me voy a apotincar en la temperada caricia del recogimiento y voy a buscar el abrazo cada vez más simpático de la soledad.

A lo mejor habría que hacer caso del consejo “No agites, hermano”.

Entonces, a hacer no más la pega de todos los días, seguir desayunando en Amélie (los domingos en Marzola) y aparentar que me quedo en el molde.

Un día, cuando me vaya, se verá que no.

El conventillo

Una hilera de pequeñas casas bajas, pegadas una a la otra, todas iguales, separadas por un pasillo central. A la entrada, una reja que pretendía impedir que entraran los extraños. Al fondo, un caño de agua potable y una pileta; a ambos lados de la pileta, los sanitarios. El agua y los sanitarios eran de uso común. No, no era un barrio privado: era el conventillo. Había muchos en mi ciudad cuando yo era chico. Posiblemente en otros países estos asentamientos humanos tengan otros nombres. Allí vivían obreros con familias numerosas, mujeres y hombres sin pareja, todos compartiendo el infortunio del subempleo y la pobreza.

El hacinamiento, producto de la estrechez de los espacios, permitía que allí todo se escuchara y todo se supiera (o se supusiera): quién engañaba a quién con quién, el señor aquel que llegaba en auto a visitar a la chica soltera y se retiraba sigilosamente a altas horas de la madrugada, el hombre borracho que amanecía en la puerta de su casa porque su señora no lo dejaba entrar, las peleas y las violencias domésticas. A la hora del uso de los sanitarios comunes o el agua los habitantes de este pequeño universo ventilaban sus versiones de los asuntos vecinales, sus sospechas, sus chismes cotidianos, sus querellas.

Hoy ya casi no existen. Pero su psicología de las relaciones humanas en comunidad persiste porque esa dinámica no es en definitiva una condición exclusiva de la pobreza y del hacinamiento; el conventillo venía a ser sólo un facilitador. La obsesión por enterarse de la vida de los otros, la ansiedad por proyectar una imagen mejorada o con cierto glamour, la angustia de no ser notado y la comezón por leer o hacer circular la última copucha, todo ello se ha trasladado al más inmenso de los conventillos que jamás se hubiera podido concebir: la red social.

En ella se da cita hoy toda especie posible de intenciones, nobles o no, todas las apariencias deseables, todas las reprimidas ansias, todas las inocentes alegrías, las broncas más intensas y las tragedias de la vida, sin las exclusiones de la clase social ni las condiciones de vivienda o la limitada frontera del espacio habitacional que tenía el conventillo.

Aunque considerando que apenas 600 millones de personas componen la red social más extensa en un mundo de 6.000 millones, todavía se la puede mirar como un mundo aparte y respirar con cierto alivio… fuera del conventillo.

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