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Poesía y personas

Alguien que escribe poesía no puede ser una mala persona”, le dice una mujer a otra que le cuenta que está viendo a cierto joven.

No recuerdo si lo leí en una novela o lo vi en una película ni qué relación tenían las mujeres. Tampoco sé por qué me acordé de estas palabras hoy.

Crecí en una cultura cristiana que no tenía buena opinión de los artistas. Para mis mayores el arte era la estética de la rebeldía y el desenfreno (bueno, no lo decían con la elegancia que lo expreso aquí, pero ésa era la idea). Así que para un creyente de mi época alguien que escribía poesía difícilmente era una buena persona.

En medio de ambas sentencias transita mi prosa poética. Mis amigas y amigos cercanos juzgarán en la posteridad de qué lado me cayó la moneda: buena persona, mala persona.

Lo que define mejor a la gente es lo que hace en relación con sus semejantes. Si les hacen bien, que escriban o no poesía será perfectamente irrelevante.

Una vez debatí con un joven periodista respecto de la conducta de los personajes públicos, los intelectuales, los artistas o los políticos.

¿Que diríamos de una persona que en su vida privada es un abusador, un mentiroso o una mala persona pero en la esfera pública es brillante, eficiente, exitoso? En cierta manera, en la vida pública “escribe poesía” pero en su vida privada es un impresentable.

No recuerdo a qué orillas arribó nuestro debate. Sólo recuerdo el tema y me ha venido a la mente a propósito del diálogo entre aquellas dos mujeres.

Por cierto, todas las consideraciones acerca de las conductas públicas y privadas a las que he aludido son subjetivas. No es aconsejable sentarse en la silla del juicio tan sueltos de cuerpo. Recordamos la vieja admonición: “No juzguen para que no sean juzgados, porque con el juicio que juzguen serán juzgados.”

Por lo pronto, hago saber a mi estimada audiencia que, a pesar de mi incapacidad para definirme a mí mismo como buena o mala persona, seguiré escribiendo poesía.

Un fragmento les dejo de un viejo poema:

“Tengo la voz callada porque la apagó voraz la academia establecida y el grito general del tiempo. / Mi voz con sentimiento, con verdad estremecida, se la llevó el viento con tanta saña homicida. / Me quedó la pura vida, negándose a morir; todavía quiere parir una pasión escondida.”

Cuaderno de notas

Es  como si toda la vida quisiera entrar en mis cuadernos de notas…

No podría decir cuántos he tenido en mi prolongada travesía por la palabra escrita. Mis preferidos son los de tapas negras y hojas amarillas sin líneas.

Una página en blanco es una tentación, la seducción del lenguaje que siempre busca revivir, revivirse.

Puede ser el principio y el fin de una idea, un cuento, un poema, una anécdota. La crónica de una decepción. El asombro de un recuerdo. La inocencia de una imagen que se desdibuja en el tiempo.

Hoy, como tres veces por semana, es necesario contar una historia, mencionar un hecho, describir un sentimiento.

Por ejemplo, digamos…

El día que me gradué del colegio secundario tuve que pedirle a un tío de mi compañero Alejandro que subiera conmigo al estrado para sacarse la foto de la entrega del diploma por la ausencia de mis padres que ese día “no podían faltar a la iglesia”.

Vania no podía creer que nunca me habían celebrado un cumpleaños y como ese día era también el suyo me invitó a su fiesta para soplar las velitas de la torta. Ella cumplía 15 y yo 18.

La mañana de un lunes en la escuela la señorita Ruth me hizo recitar: “¡Ay!, juguemos hijo mío a la reina con el rey. Este verde campo es tuyo, ¿de quién más podría ser?

El minuto atroz cuando mi jefa, la señora Lucy, me anunció crudamente en la oficina: “Llamaron de tu casa para avisar que tu tío Carlos está muerto”. Habíamos quedado con él de juntarnos ese día a la tarde en la esquina del Banco del Estado.

O cuando me casé en la iglesia con siete parejas más al mismo tiempo en una ceremonia que duraba exactamente cuatro minutos y todo terminaba antes de que te dieras cuenta, lo mismo que treinta y dos años después, pero esta vez sin ceremonias ni celebraciones.

“Todo lo que termina, termina mal”, dice don Andrés Calamaro. Tal vez no, pero es difícil recordar algo que haya terminado bonito, sean amistades, negocios, matrimonios, sueños comunes.

Uno sueña con una vida eterna después de ésta, aunque como es un misterio a veces es difícil animarse con la idea.

En fin, son cosas que encuentro en este viejo cuaderno de notas…

Estados alterados

A fin de sacar algunas frases interesantes para colocar en el estado de WhatsApp releo artículos que he escrito aquí desde octubre de 2012.

Confieso que si alguien lee la totalidad de estas notas, que superan las 650 ediciones, habrá hecho un viaje al fondo de mí.

Esto no es poco decir porque es un viaje complejo. Volver a leerlos ha sido algo revelador porque describen un período de dramáticas decisiones y grandes cambios.

Me di cuenta que los primeros tres años exploraban mucho más los sentimientos que el pensamiento. A este último modo lo he denominado “escritura técnica”, que se dedica a tratar cuestiones de orden, digamos, material.

La mayor parte de ese primer período profundiza en el dolor, la soledad, el redescubrimiento del entorno físico, el cuerpo en transición, la ida al amor y el regreso, los deseos contenidos, la celebración del libro, la escritura y el viaje, otros detalles mínimos como la rosa, el helecho, la buganvilla, la lavanda y el café. También las empanadas del “18” (sólo para chilenos).

Observo estados de gran esperanza y expectante contemplación de las posibilidades junto a otros de gran desapego, casi despedida y sosegado escepticismo, especialmente frente a la convicción de que no parece que las cosas van a cambiar para mejor.

Una de mis colegas del trabajo solía decirme – ahora no, curiosamente – que yo era ciclotímico, es decir, que experimentaba frecuentes altibajos emocionales. Leo que estos estados son menos agresivos que el trastorno bipolar pero se le parecen.

Le explico a mi amiga que son “estados alterados” porque no siempre me someto a los dictados de la justa razón.

A veces la razón no me entiende y no me encuentro dispuesto a entenderla a ella. Es decir, a pesar de lo que dice un amigo mío, en esos momentos simplemente no voy y hago lo correcto.

(Noto algo interesante sobre la gente que siempre hace lo correcto: tiene ese aire de “yo soy más santo que tú” aunque a veces tengo la sospecha de que se sujetan a la razón pero se mueren de ganas de otra cosa).

Tengo preguntas. No tengo todas las respuestas que me hacen falta. No todo está tan clarito. Hay días que en que me asiste, como a Sábato, una demencial esperanza en la gente y otras veces no tengo más ganas de tener esperanza.

Debo parar aquí. Me estoy repitiendo…

¿Alguna vez has sentido envidia?

Una persona siente envidia cuando se compara a otros, teniendo un sentimiento de inferioridad. Por esta razón, algunas características de las personas envidiosas son: autoestima dañada, compararse constantemente, desear el mal de los demás, burlarse de otros, hacer falsos halagos, etc.

La envidia es un sentimiento humano, por lo que es posible que tú lo hayas sentido en alguna oportunidad; sin embargo,  se convierte en un problema cuando te entristeces constantemente por el bien ajeno y sufres como si se tratara de una desgracia ¿Te ha pasado?

Porque antes también nosotros éramos insensatos y rebeldes; andábamos perdidos y éramos esclavos de toda clase de deseos y placeres. Vivíamos en maldad y envidia, odiados y odiándonos unos a otros. 

Pero Dios nuestro Salvador mostró su bondad y su amor por la humanidad, y, sin que nosotros hubiéramos hecho nada bueno, por pura misericordia nos salvó lavándonos y regenerándonos, y dándonos nueva vida por el Espíritu Santo.” (DHH) Tito 3:3-5

Si aún el sentimiento de envidia está gobernando tu vida, es posible que no hayas conocido la nueva vida que el Señor quiere darte. Por esta razón, te animo a pedirle que Dios sane tu corazón, de esta manera puedas disfrutar del propósito que tiene para ti, y dejar de sufrir por lo que otros tienen.

Por último quisiera darte algunos consejos para superar la envidia:

Si un ser querido o amigo tuyo recibiera un premio estarías feliz, así mismo debes mirar a las personas que te rodean: ¡como hermanos!; entonces podrás alegrarte por ellos e incluso felicitarlos por su éxito.

No mires a la persona por la que sientes envidia como un enemigo, de lo contrario querrás ser mejor y competir, produciendo solamente amargura en tu interior. Cambia de mentalidad y míralo como parte necesaria en tu equipo de trabajo; además, declara la admiración que tienes por él o ella.

Si quieres ser feliz deberás superar la envidia, abandonar la competencia y amarte tal como eres  ¡Acércate a Jesús y permite que sane tu interior y te muestre el plan valioso para tu vida!

 

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Artículo producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Scossa

Ha detto che anche un piccola scossa potrebbe farlo crollare…

(Ha dicho que incluso un pequeño temblor lo podía derribar…)

Busca como las mariposas la luz esquiva y golpea inútilmente la ventana cerrada. Araña los muros buscando una salida. El aire espeso de la espera lo ahoga. La noche se ha venido encima con un rosario de pesadillas medievales y espejismos raros. Atrapado sin salida, arropado de miedo y de vergüenza circula por cuartos que cambian de forma y de color. A veces está afuera, otras se ahoga en una maraña de cuerpos y sonidos materializados.

Por los poros se le escapan antiguas energías. Los almanaques se suceden iguales de lunes a lunes y los noviembres se le pasan sin reparar que es primavera. En las mañanas lo convoca la rutina. En la noche se echa en el tedio de las horas. 

Alquila ideas y sostiene compromisos porque quiere detener la fuerza de las cosas con imposibles matemáticos. Disfraza la esperanza pero igual los funcionarios la descubren y tiran a matar. Anuncia el día de la independencia pero los súbditos prefieren la estabilidad y el orden del imperio.

¿Hasta cuándo? ¿Hasta dónde? ¿Para qué? ¿Qué caso tiene? Lo que ayer era conquista hoy es material que se descarta por inútil. Lo que parecía gran pronunciación se reveló literatura de cuarta, panfleto puro. Las formidables historias envejecen en áticos y desvanes. Se oxidan las armas y los huesos. Las mismas cosas, nada más que dichas de distintos modos una y otra vez.

Se preparaba diligentemente la noche anterior. Releía viejos documentos, consultaba libros, buscaba la palabra precisa. Pero no tenía caso. La Inmensa Mayoría está encandilada con espejitos de colores, ama los ditirambos. Adiós profeta-poeta-estafeta…

Los viejos disparos devinieron pobres expresiones del hondero entusiasta. Apenas pasarían el examen de un domingo a la mañana antes de tomar el café en Susana Marzola y leer el suplemento Cero.

………

Qué va a hacer… Hay noches así. Pasan las horas y se habla con el silencio. Se vuelve atrás, se repasa el presente y ni por nada se imagina el futuro. Nos consolamos con lo invisible, porque lo más seguro es que no vamos a ver lo que soñamos. O tal vez lo que soñamos no es más que una obsesión insana – como las  de Arcadio Buendía: imposibles matemáticos.

Hay, por cierto, otras noches. Ahí lo arropa a uno otro sentimiento: tibio, sereno, ingrávido…

Mentira la verdad

La red social Facebook instituyó unos signos que permiten al usuario hacer saber a la audiencia su sentimiento respecto de una publicación: Me gusta, No me gusta. Reflexionemos en estos sentimientos expresados así: Que algo me guste o no me guste no significa que sea verdad; es simplemente una expresión emocional de complacencia o desagrado. Ambas calificaciones serían simplemente un inofensivo inventario de los efectos que un tema puede producir en el plano de los sentimientos.
Pero la época que vivimos es única. Como en ningún otro momento de la historia humana se ha cambiado pensamiento por sentimiento y verdad por opinión. Es uno de los más devastadores genocidios perpetrados por la masa: la destrucción a granel del pensamiento crítico. Si cierta publicación obtiene, digamos, 53.876 Me gusta en las siguientes 24 horas de su aparición en la red adquiere la apariencia de verdad, de hecho de la causa, de evidencia irrebatible. Es una estadística que refleja, a juicio de la clientela social, una verdad sociológica innegable.
Tal es la fuerza de la manito con el pulgar hacia arriba o hacia abajo, que un lector airado por los contenidos de cierto artículo mío escribió al pie del mismo: “¡Le quité el Me gusta a su página!”, enviándome así (a su parecer) al círculo final del infierno de La Divina Comedia. Me hace recordar a aquella gente que oía la radio cristiana de la cual yo era ejecutivo de Relaciones Públicas que “castigaba” a la emisora dejando de pagar su aporte de dinero mensual si colocaba música no agradable a sus oídos.
Si bien el calificativo que comento puede ser útil para graduar la relevancia o interés que cierta publicación tenga en la red, expone a sus usuarios a que un arrollador caudal de estupidez y banalidad se convierta en verdad sociológica por la cantidad de Me gusta que obtiene.
Una buena parte de lo que se encuentra en la red no merece un minuto de serio análisis. Es impresentable que una propuesta consistente, un argumento esmerado, un temperado ejercicio de la palabra quede al veleidoso arbitrio de un pulgar hacia arriba o hacia abajo y que la belleza de pensar y dialogar se vaya al tacho de la basura.

Melodia (en tres tiempos)

En el primer tiempo fue el cataclismo, la ruptura, el dolor diseminado. La arrancada vertiginosa de los hechos de la vida que parecían inmutables, que durarían hasta el fin de todas las cosas. Fue la violencia de las palabras, la rotura del corazón, el grito feroz del desamparo, el fin de todas las promesas y de todas las lealtades. No hubo linimento alguno. Hizo falta el bálsamo que aliviara el escozor de la piel. Escaseó el sueño, se hizo implacable de la tortura de la conciencia. Entonces la soledad fue una compañera indeseable, un estertor de madrugada, un infierno entre las sábanas, el sol que se hacía esperar eternamente.

Con los días vino alguna esperanza, el anhelo que todavía buscaba realidad. Fluyeron la poesía, la creatividad y los proyectos. Tal vez la vida regalaría otra oportunidad de compartir la piel y el sentimiento. ¿Avistaría por fin la luz de los faros lejanos para acercar el alma perdida a las orillas del descanso? No. Los puertos eran sólo estaciones para desestibar el peso de los días. Tenía uno que lanzarse otra vez a mar abierto para proseguir el viaje, porque todavía esperaba que en algún remoto atardecer en llamas las playas de Ítaca anunciaran el fin de todos los viajes y habría valido la pena la promesa hecha un amanecer entre lágrimas y sueños.

Finalmente vino el tiempo de la paz. De a poco entró en el hielo de los huesos el abrigo calentito de la soledad. Rotos todos los lazos comunes, liberado el corazón de los requerimientos del amor y conjuradas las obligaciones inevitables de los pactos permanentes, quedaba uno a disposición de una libertad costosa, definitiva, violenta y atrozmente conquistada. Fue la hora de firmar con sangre la declaración de independencia, instruir a los embajadores para responder vigorosamente a las exigencias del protocolo, anunciar que en este territorio la soberanía estaría desde ahora escondida de la inteligencia de los dictadores y que jamás volvería a someterse a nación alguna ni a extranjero dominio.

Sí, de verdad era el tiempo de la paz. Dolorosa, imperfecta, pero por fin inaccesible a los artificios y pretensiones del sentido común. Alejada para siempre del trajín de las oficinas, las alcobas y los santuarios…

Retrospectiva

Pensemos, por ejemplo, en el Claro de Luna de Beethoven. Dejemos, pese a todo el optimismo y entusiasmo disponible, que nos atrape la melancolía de ese trío de notas que van marcando dulcemente el tránsito del tiempo perdido o de las esperanzas disueltas. Acompañemos ese drama en tono menor que explica lo que nos duele o lo que nunca acontece. Esos lentos y azules compases nos consolarán cuando las explicaciones precisas resuelvan todo, menos el sentimiento.
O reflexionemos en las palabras de Jean Grénier en Las Islas, que comprenden lo que nos pasa, aunque no tengan la respuesta. Son tantas las veces que esperamos nada más comprensión y compañía; las recetas y los procedimientos los necesitamos en otro tiempo, a veces nunca.
Consideremos aquellos tiempos en que los hijos entran por las puertas prohibidas, por los caminos complicados. Recordemos aquellas noches en vela, esas llamadas desesperadas para tratar de saber dónde están. No ha habido palabras que puedan alcanzar nuestros corazones angustiados. Ni las más bienintencionadas pueden aliviar el dolor del no saber, la incertidumbre del futuro, el temor de las malas noticias.
Pero también tengamos en cuenta que ha habido buenos momentos, encuentros desmedidamente alegres. Pláticas preciosas y promesas cumplidas. Lugares inolvidables. Días en que el tiempo vuela pese a que queremos atraparlo con todas las ganas del mundo. Instantes especiales en que todas las esperanzas cristalizan y todos los miedos desaparecen, aunque sea por unas horas. Volvamos por un momento a los días del lindo arco iris, cuando nos sentíamos como flechas de luz, como exploradores en concierto.
Tengamos en cuenta todas las cosas que aprendimos, que descubrimos, que vimos. Con aquellos materiales construimos historias, llevamos adelante proyectos, fuimos parte de empresas colosales o de pequeños intentos personales. Con el tiempo tuvimos dudas, volvimos atrás y nos dimos cuenta que era necesario rehacer todo o buena parte. El mundo era diferente a nuestras formulaciones y quisimos ser consecuentes con esas diferencias. No siempre nos fue bien. Avanzamos, no tanto como queríamos, pero por lo menos no estábamos donde mismo.

Like a rolling stone

Bob Dylan, Premio Nobel de literatura. No de música, de literatura. Entonces hay que ir a las letras de sus canciones porque el premio ha sido dado al poeta Bob Dylan. Un botón basta de muestra:
“¿Cómo se siente estar solo, sin un hogar, como un completo desconocido, como una piedra que rueda?”
Así se lee en una de sus más famosas canciones, “Like a rolling stone” que resume para muchos – no me atrevo a decir todos – la vida. La experiencia, ese fiscal implacable que desmiente el discurso de la inmensa mayoría y que presenta como prueba indesmentible la realidad no nos deja otra opción que reflejarnos en esas palabras brutales.
Nos hacemos friegas y compresas con la esperanza, con la fe, con los artificios del amor para aliviar un poco la crudeza de nuestra soledad. Todos los días, en todas las formas, el optimismo tropieza con la enfermedad, el desengaño, la decepción, la muerte, la miseria, la destrucción de todas las posibles – y precarias – confianzas.
No somos nada. Es posible que más allá de nuestras percepciones humanas sí seamos algo pero eso es aún impreciso, indefinido, nada más una imagen difusa en un espejo imaginario según el decir de San Pablo, pero el sentimiento real, el de la más absoluta intimidad, no arroja mucha sustancia.
Nos aferramos a alguna relación, plagada de luces y sombras. Creemos algo para respirar un poco de aire puro en medio del smog de la ciudad y la contaminación de toda la creación. Inventamos palabras para leer, para cantar, para halagar o distraer a la inmensa mayoría. Practicamos un deporte, leemos, vamos al cine, nos reunimos con amigos para celebrar cualquier cosa, comemos y bebemos, vamos y venimos.
Sustancia. Eso es lo que buscamos, un poco de sustancia que nos dé algún peso real.
Perseveramos, como el hombre imaginario de Nicanor Parra (un Nobel pendiente) hasta que algún día, ojalá, hallemos alguna realidad perdurable:
“Sombras imaginarias vienen por el camino imaginario, entonando canciones imaginarias a la muerte del sol imaginario. Y en las noches de luna imaginaria que le brindó su amor imaginario vuelve a sentir ese mismo dolor [lo único que no es imaginario…], ese mismo placer imaginario y vuelve a palpitar el corazón del hombre imaginario.”

Notas sueltas

(Rasguños en el papel. Pensamientos que aparecieron en la desesperación por hallar una idea para el blog. O simplemente un desahogo sin destino. Encuentros inesperados con un sentimiento, una luz, una sombra, un pena, un deseo. La vida que pasa y deja, de repente, heridas leves)

Tantos lugares vistos, tantos sabores, aromas, sonidos, temblores clandestinos; rincones olvidados, secretos sepultados, caminos desandados; tantos recuerdos con sus ropajes amarillos, papeles viejos y notas de lavanda desvaída.
La memoria, ese latigazo que duele todos los días, despacito y profundo, con su cartografía arrugada y sus canciones antiguas.
Ese vigor que se fue debilitando en proyectos, sueños, abrazos desesperados, porque así se va la vida, poco a poquito, suspiro a suspiro, con humedad de caricias y sonrisas disimuladas.
Ese continuo deseo del desapego, el anhelo del desarraigo, esa parte de mí que se no se rinde, que todavía sueña el mundo ermitaño, a pesar del cuerpo y de las costumbres citadinas, doblegado aún por todas las mañanas del deber.
Ese venirse encima de uno el cerro verde, la geografía hirsuta del bosque, la piedra que se va deshaciendo y se diluye con la espuma, la arena oscura y las algas como cabelleras verdes, el viento que entra en las casas y en el alma desmantelando techos y universos.
Construir un mundo silencioso, disolverse en la ola, estacionar para siempre el dolor de los años perdidos. La renuncia como última valentía posible, el último acto de dignidad para honrar la libertad. Tal vez no sea tan feroz el ostracismo cuando lo que resta del día va apagando las últimas urgencias del cuerpo y de la mente.
….
Quería que las palabras abrieran caminos. No quería terrenos pronunciados ni planos explicativos. Cualquiera, dondequiera, puede llegar a cualquier parte con GPS, diccionarios y wikipedias. Explorar territorio virgen, entrar en mundos desconocidos, ése era el hambre del alma. El mundo no puede ser no más una granja, una colonia establecida. Tenía que haber otros lenguajes, otras nociones que dieran cuenta de lo desconocido, lo inédito, lo inescrutable. Otras esferas donde pudiera entrar lo que no cabe en la cotidianidad.
Era esa incomodidad lo que lo enloquecía. Eso otro, eso que no está explícito pero que se siente todas las horas, como una astilla clavada en el cerebro, imposible de quitar…

Dos voces

Las primeras cosas que escribí y que recuerdo tenían que ver con la luz, el paisaje, el olor de las cosas, el viaje, el llamado “sentimiento trágico de la vida”. Cuando tenía doce años, escribí una conmovedora carta de amor – tenía doce años…
Con el tiempo hubo que aprender a escribir sobre la independencia de Chile, la fotosíntesis y responder preguntas sobre el sujeto y el predicado y el cuadrado del binomio. Luego, los trabajos de investigación de la universidad, la tesis de título, la misión de la iglesia, las claves para el matrimonio exitoso y los medios cristianos de comunicación. En mi lenguaje privado, llamo a esto escritura técnica. Palabras con sentido practico, verbosidad utilitaria: “si hacen esto tendrán mejores resultados”, “esto parece más recomendable que aquello.”
Como no es mucha gente que lee este blog me permito un off the record: no tengo inclinación afectiva por esta palabra técnica. Me obliga, en realidad. Me han hecho ver de diversas maneras y en muchas ocasiones que es una palabra necesaria y hay que seguirla diciendo. Aparte, tiene la facultad de proveer los recursos para solventar los gastos de la vida. Ustedes lo saben tan bien como yo: hay que pagar para vivir.
La otra voz, esa que recoge la angustia, los diversos tonos de la soledad, la contemplación de la luz entre las nubes, el risco manchado de sol, el viaje infinito, los olores de lugares lejanos, la decepción de la raza, el amparo pasajero de un abrazo estremecido, el irse constantemente, el regreso, los zaguanes antiguos, el café interminable, el diario del domingo, el libro de la infancia, la música, las ganas de no tener más ganas, el reclamo de los huesos, el insomnio, la tristeza, la insoportable brutalidad de la muerte (la muerte ridícula más bien), la distancia elegida, la bronca inconfesable, esa voz, esa otra voz sigue pronunciando su nota vital. No muere y sigue allí en paradójico contrapunto con la técnica indispensable…

¿Realmente lo amas?

Si usted ama a alguien seguramente desea que la otra persona manifieste también este sentimiento; y es que el amor no necesita ser comprendido, necesita ser demostrado cada día y a cada instante.

“Cuando hubieron comido, Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que éstos? Le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. Él le dijo: Apacienta mis corderos. Volvió a decirle la segunda vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. Le dijo: Pastorea mis ovejas. Le dijo la tercera vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro se entristeció de que le dijese la tercera vez: ¿Me amas? y le respondió: Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo. Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas.” Juan 21:15-17

Jesús le preguntó tres veces a Pedro si lo amaba y él respondió que sí; lo interesante es lo que el Maestro menciona después de cada respuesta: “Pastorea mis ovejas”. En otras palabras, lo que manifestaba era que si su discípulo lo amaba debía demostrarlo cuidando de las ovejas. Jesús no solamente deseaba escuchar a Pedro decir que lo ama, sino que este amor debía ser demostrado al realizar su servicio.

Las ovejas a las cuales se refería Jesús no eran animales, sino, a las personas que han decidido creer en Él.

Ahora es tiempo de que reflexiones en esta pregunta: ¿Amas a Dios? Es fácil decir en palabras que amamos a alguien, pero el reto está en demostrarlo. El trabajo de un pastor es alimentar, proteger y cuidar a las ovejas, y en este tiempo muchas se han perdido del camino. Si amas a Dios, Él te pide que las busques, que les enseñes y salves sus vidas.

“Respondió Jesús y le dijo: El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él.” Juan 14:23

Si realmente amas a Dios lo demostrarás al estar en constante comunión con Él, estudiando y obedeciendo su palabra. Si no tienes una relación con Dios en la que cada día oras y estudias su palabra, entonces estás lejos de Él  ¿Quieres que Dios more en tu vida y en tu familia? Decide amarlo.

 

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

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